—Lo sé. —Clary arrancó una brizna de hierba en la tierra, retorciéndola entre sus dedos—. Supongo que no puedo evitar pensar que si hubiese sabido la verdad, no habría conocido a Jace del modo en que lo hice. No me habría enamorado de él.
Simon permaneció en silencio un momento.
—No creo haberte oído decir eso antes.
—¿Qué le amo? —Clary rió, pero sonó deprimente incluso a sus oídos—. Parece inútil fingir que no a estas alturas. A lo mejor no importa. Probablemente no volveré a verle jamás, de todos modos.
—Regresará.
—Quizá.
—Regresará —repitió Simon—. Por ti.
—No lo sé.
Clary negó con la cabeza. La temperatura descendía a medida que el sol se hundía para tocar la línea del horizonte. Entornó los ojos, inclinándose al frente y mirándolo con fijeza.
—Simon. Mira.
Él siguió su mirada. Más allá de las salvaguardas, en la Puerta Norte de la ciudad, cientos de figuras oscuras se congregaban, algunas apelotonadas, otras manteniéndose aparte: los subterráneos a los que Luke había convocado en auxilio de la ciudad aguardaban pacientemente la noticia de que la Clave los dejaba entrar. Un escalofrío chisporroteó por la columna vertebral de Clary. No se hallaba tan sólo en la cresta de aquella colina, contemplando en una inclinada pendiente la ciudad a sus pies, sino en el filo de una crisis, un acontecimiento que cambiaría el funcionamiento de todo el mundo de los cazadores de sombras.
—Están aquí —dijo Simon, medio para sí—. Me pregunto si eso significa que la Clave se ha decidido.
—Eso espero. —La brizna de hierba con la que Clary había estado jugueteando era una destrozada masa verde; la arrojó a un lado y arrancó otra—. No sé qué haré si deciden rendirse a Valentine. A lo mejor puedo crear un Portal que nos lleve a todos lejos a algún lugar donde él no nos encuentre nunca. Una isla desierta o algo así.
—Vale, ahora soy yo quien tiene una pregunta estúpida —dijo Simon—. Puedes crear runas nuevas, ¿verdad? ¿Por qué no puedes crear una que destruya a todos los demonios del mundo? ¿O que mate a Valentine?
—No funciona así —respondió ella—. Sólo puedo crear runas que soy capaz de visualizar. La imagen tiene que aparecer en mi cabeza, como un cuadro. Cuando intento visualizar «mata a Valentine» o «gobierna el mundo» o algo así, no obtengo ninguna imagen. Sólo veo blanco.
—Pero, ¿de dónde crees que provienen las imágenes de las runas?
—No lo sé —dijo Clary—. Todas las runas de los cazadores de sombras proceden del Libro Gris. Es por eso que sólo se pueden colocar sobre nefilim; es su finalidad. Pero existen otras runas más antiguas. Magnus me lo contó. Como la Marca de Caín. Era una marca de protección, pero no procede del Libro Gris. Así que cuando pienso en estas runas, como la runa para no tener miedo, no sé si es algo que estoy viendo, o algo que recuerdo; runas más antiguas que los cazadores de sombras. Runas tan antiguas como los ángeles mismos.
Pensó en la runa que Ithuriel le había mostrado, la que era tan sencilla como un nudo. ¿Había surgido de su mente o de la del ángel? ¿O era algo que siempre había existido, como el mar o el cielo? Ese pensamiento la hizo tiritar.
—¿Tienes frío? —preguntó Simon.
—Sí… ¿tú no?
—Yo ya no siento frío.
La rodeó con los brazos, frotándole la espalda con la mano en lentos círculos. Lanzó una risita pesarosa.
—Imagino que esto probablemente no sirve de mucho; como no poseo calor corporal ni todo eso…
—No —dijo Clary—. Quiero decir… sí, claro que sirve. Quédate así.
Le dirigió una ojeada. Tenía la vista fija en la Puerta Norte, alrededor de la cual las figuras de los subterráneos todavía se amontonaban, casi inmóviles. La luz roja de las torres de los demonios se reflejaba en sus ojos; parecía alguien en una fotografía tomada con un flash. Pudo ver las tenues venas azules extendiéndose como una telaraña justo por debajo de la superficie de la piel allí donde era más fina: en las sienes, en la base de la clavícula. Ella conocía lo suficiente sobre los vampiros para saber que significaba que había transcurrido un cierto tiempo desde la última vez que se había alimentado.
—¿Tienes hambre?
Ahora fue él quien la miró.
—¿Temes que vaya a morderte?
—Ya sabes que puedes tomar mi sangre siempre que lo desees.
Un escalofrío, que no era de frío, le recorrió, y la apretó más contra su costado.
—Jamás haría eso —dijo, y luego, en tono más ligero—: Además, ya he bebido la sangre de Jace… Ya me he cansado de vivir a costa de mis amigos.
Clary pensó en la cicatriz plateada que tenía Jace en un lado de la garganta. Lentamente, con la mente todavía ocupada por la imagen de Jace, dijo:
—¿Crees que es por eso que…?
—¿Por eso qué?
—Que el sol no te daña. Quiero decir, antes de aquello sí te dañaba, ¿verdad? ¿Antes de aquella noche en el barco?
Él asintió de mala gana.
—¿Cambió alguna otra cosa? ¿O es simplemente porque bebiste su sangre?
—¿Te refieres a que es debido a que él es un nefilim? No. Hay algo más. Tú y Jace… vosotros no sois del todo normales, ¿verdad? Me refiero a que no sois cazadores de sombras normales. Hay algo especial en vosotros dos. Como la reina seelie dijo, sois experimentos. —Sonrió ante su expresión sobresaltada—. No soy estúpido. Puedo sumar dos más dos. Tú con poderes para crear runas, y Jace, bueno… nadie podría ser tan irritante sin alguna clase de ayuda sobrenatural.
—¿Realmente te desagrada tanto?
—Jace no me desagrada —protestó Simon—. Quiero decir, le odiaba al principio, claro. Parecía tan arrogante y seguro de sí mismo, y tú actuabas como si él fuese la cosa más maravillosa del mundo…
—No es verdad.
—Déjame terminar, Clary.
Había un trasfondo entrecortado en la voz de Simon. Daba la impresión de correr hacia algo.
—Me daba cuenta de lo mucho que te gustaba, y pensaba que te estaba utilizando, que no eras más que una estúpida chica mundana a la que podía impresionar con sus trucos de cazador de sombras. Primero me dije que nunca te lo tragarías, y luego que, incluso aunque lo hicieses, él se acabaría cansando de ti y tu regresarías a mi lado. No estoy orgulloso de eso, pero cuando estás desesperado creerías cualquier cosa, supongo. Y luego, cuando resultó que era tu hermano, me pareció como un indulto de última hora… y me alegré. Incluso me alegré al ver lo mucho que parecía sufrir, hasta esa noche en la corte seelie cuando le besaste. Pude ver…
—¿Ver qué? —preguntó Clary, incapaz de soportar la pausa.
—El modo en que te miraba. Lo comprendí entonces. Nunca te estuvo utilizando. Te amaba, y eso le estaba matando.
—¿Por eso fuiste al Dumort? —susurró ella.
Era algo que siempre había querido saber pero que nunca había sido capaz de preguntar.
—¿Por vosotros? No, en realidad no. Desde aquella noche en el hotel, había deseado regresar. Soñaba con ello. Y me despertaba fuera de la cama, vistiéndome, o ya en la calle, y sabía que quería regresar al hotel. De noche, era siempre peor, y mucho peor cuanto más cerca me encontraba del hotel. NO se me ocurrió siquiera que fuese algo sobrenatural; pensaba que era estrés postraumático o algo así. Esa noche estaba tan agotado y furioso, y estábamos tan cerca del hotel, y era de noche… Apenas recuerdo siquiera lo sucedido. Sólo recuerdo que me marché del parque, y luego… nada.
—Pero si no hubieras estado enojado conmigo…si no te hubiésemos disgustado…
—NO podías evitar lo que sentías —dijo Simon—. Y yo, de hecho, lo sabía. Sólo puedes reprimir la verdad durante un tiempo limitado, y luego vuelve a borbotear a la superficie. El error que cometí fue no decirte lo que me estaba pasando, no hablarte de mis sueños. Pero no lamento haber salido contigo. Me alegro de que lo intentásemos. Y te quiero por probarlo, incluso aunque no fuese a funcionar jamás.