La gente no dejaba de cuchichear.
—Tú —le dijo Clary al Cónsul—. Tú y el Inquisidor encerrasteis a mi amigo Simon.
—¿Tu amigo el vampiro? —inquirió Malachi con una mueca despectiva.
—Me contó que le preguntasteis qué le pasó al barco de Valentine aquella noche en el East River. Creéis que Valentine debió de hacer algo, alguna especie de magia negra. Bien, no lo hizo. Si queréis saber qué destruyó ese barco, la respuesta soy yo. Yo lo hice.
Las carcajadas incrédulas de Malachi encontraron eco entre la multitud. Luke la miraba, sacudiendo la cabeza, pero Clary prosiguió:
—Lo hice gracias a una runa —dijo—. Era una runa tan potente que hizo que el barco se hiciera pedazos. Puedo crear runas nuevas. No tan sólo las que hay en el Libro Gris. Runas que nadie ha visto más… Runas poderosas…
—Es suficiente —rugió Malachi—. Esto es ridículo. Nadie puede crear runas nuevas. Es totalmente imposible. —Se volvió hacia el gentío—. Esta niña no es más que una mentirosa, como su padre.
—No está mintiendo.
La voz surgió de la parte de atrás de la multitud. Era clara, fuerte y resuelta. La gente se volvió y Clary pudo ver quién había hablado; era Alec. Estaba de pie con Isabelle a un lado y Magnus al otro. Simon estaba con ellos, y también Maryse Lightwood. Formaban un grupo pequeño y de aspecto decidido junto a las puertas de la calle.
—Yo la he visto crear una runa. Incluso la usó en mí. Funcionó.
—Mientes —dijo el Cónsul, pero la duda se había deslizado ya hasta sus ojos—. Para proteger a tu amiga…
—Dice la verdad, Malachi —intervino Maryse en tono resuelto—. ¿Por qué tendría mi hijo que mentir sobre algo tan importante, cuando la verdad se puede descubrir tan fácilmente? Proporciónale una estela a la chica y deja que cree una runa.
Un murmullo de asentimiento recorrió el Salón. Patrick Penhallow se adelantó y alzó una estela en dirección a Clary. Ésta la tomó agradecida y se volvió de nuevo hacia todos.
La boca se le secó. La adrenalina seguía allí, pero no era suficiente para sofocar por completo su miedo escénico. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Qué clase de runa podía crear para convencer a aquella muchedumbre de que decía la verdad? ¿Qué les mostraría la verdad?
Miró entonces más allá, por entre la gente, y vio a Simon con los Lightwood, mirándola a través del espacio vacío que los separaba. Era el mismo modo en que Jace le había mirado en la casa solariega. Era el hilo que vinculaba a los dos muchachos que tanto quería, se dijo, lo único que tenían en común: ambos creían en ella incluso cuando ella misma no lo hacía.
Mirando a Simon y pensando en Jace, bajó la estela y dirigió la afilada punta al interior del su propia muñeca, donde latía el pulso. No miró abajo mientras lo hacía sino que dibujó ciegamente, confiando en sí misma y en la estela para crear la runa que necesitaba. La dibujó tenuemente, sin apretar —la necesitaría sólo un momento—pero sin ninguna vacilación. Cuando terminó, alzó la cabeza y abrió los ojos.
Lo primero que vio fue a Malachi. Su rostro había palidecido, retrocedía ante ella con una expresión de horror. Dijo algo —una palabra en un idioma que ella no reconoció—. Detrás de él vio a Luke, mirándola fijamente, con la boca levemente abierta.
—¿Jocelyn? —dijo Luke.
Clary sacudió la cabeza hacia él, muy levemente, y contempló a la multitud. Era una masa borrosa de rostros, que aparecían y desaparecían mientras los miraba fijamente. Algunos sonreían, otros paseaban la mirada por los ahí reunidos con expresión sorprendida, algunos se volvían hacia la persona que tenía al lado. Unos pocos mostraban expresiones de horror o asombro, con las manos apretadas sobre sus bocas. Vio que Alec le echaba un vistazo a Magnus, y luego a ella, con incredulidad, y vio a Simon contemplándola con perplejidad. Luego Amatis se adelantó, apartando de un empujón el corpachón de Patrick Penhallow, y corrió hasta el borde del estrado.
—¡Stephen! —dijo, alzando los ojos hacia Clary con una especie de aturdido asombro—. ¡Stephen!
—¡Ah! —dijo Clary—. ¡Ah, Amatis, no!
Y entonces sintió como la magia de la runa se deslizaba fuera de ella, como si se hubiese despojado de una fina prenda invisible. El rostro ansioso de Amatis se quedó boquiabierto, y la mujer se apartó del estrado, con una expresión entre alicaída y atónita.
Clary contempló a todos. Estaban en absoluto silencio, mirándola.
—Sé lo que acabáis de ver —dijo—. Y sé que sabéis que esa clase de magia está más allá de cualquier glamour o ilusión. Y lo he hecho con una runa, una única runa, una runa que he creado. Existen razones que explican por qué tengo esta habilidad, y sé que podrían no gustaros o que incluso podríais no creerlas, pero no importa. Lo que importa es que puedo ayudaros a ganar esta batalla contra Valentine, si me dejáis.
—No habrá batalla contra Valentine —dijo Malachi, sin mirarla a los ojos al hablar—. La Clave ha decidido. Aceptaremos los términos de Valentine y depondremos las armas mañana por la mañana.
—No podéis hacerlo —replicó ella, con un dejo de desesperación en la voz—. ¿Pensáis que todo irá bien por el mero hecho de ceder? ¿Creéis que Valentine os permitirá seguir viviendo como lo habéis estado haciendo hasta ahora? ¿Creéis que limitará sus matanzas a demonios y subterráneos? —Barrió la habitación con la mirada—. La mayoría de vosotros no ha visto a Valentine en quince años. Tal vez habéis olvidado cómo es en realidad. Pero yo lo sé. Le he oído hablar sobre sus planes. Pensáis que podréis seguir viviendo vuestras vidas bajo el gobierno de Valentine, pero no podréis. Os controlará completamente, porque siempre podrá amenazaros con destruiros mediante los Instrumentos Mortales. Empezará con los subterráneos, desde luego. Pero luego irá a por la Clave. Los matará a ellos primero porque cree que son débiles y corruptos. Luego empezará con cualquiera que tenga un subterráneo en la familia. Tal vez un hermano hombre lobo… —sus ojos se movieron hasta Amatis—, o una rebelde hija adolescente que sale de vez en cuando con un caballero hada… —y entonces miró a los Lightwood—, o cualquiera que haya tenido una simple amistad con un subterráneo. Y luego irá tras cualquiera que haya contratado jamás los servicios de un brujo. ¿A cuántos de vosotros incluye eso?
—Eso es una estupidez —dijo Malachi en tono seco—. Valentine no está interesado en destruir a los nefilim.
—Pero cree que nadie que se relacione con subterráneos es digno de ser llamado nefilim —insistió Clary—. Mirad, vuestra guerra no es contra Valentine. Es contra los demonios. Mantener a los demonios fuera de este mundo es vuestro mandato, un mandato divino. Y no podéis ignorar un mandato divino así sin más. Los subterráneos también odian a los demonios. También los destruyen. Si Valentine se sale con la suya, pasará tanto tiempo intentando asesinar a cualquier subterráneo, y a todo cazador de sombras que se haya asociado alguna vez con ellos, que se olvidará de los demonios, y lo mismo haréis vosotros, porque estaréis muy ocupados sintiendo miedo de Valentine. Y ellos invadirán el mundo, y así se acabará todo.
—Veo adónde quiere ir a parar —dijo Malachi entre dientes—. No pelearemos junto a los subterráneos en una batalla que no podemos ganar…
—Pero podéis ganarla —dijo Clary—. Claro que podéis.
Tenía la garganta seca, le dolía la cabeza, y los rostros de la multitud parecían fusionarse en una masa borrosa sin rasgos característicos, puntuada aquí y allí por suaves estallidos luminosos. «Pero no puedes detenerte ahora. Tienes que seguir adelante. Tienes que intentarlo.»
—Mi padre odia a los subterráneos porque les tiene celos —prosiguió; las palabras tropezaban unas con otras—. Está celoso y tiene miedo de todas las cosas que ellos pueden hacer y él no. Aborrece que en ciertos aspectos sean más poderosos que los nefilim, y apuesto a que a muchos os pasa igual. Es fácil sentir miedo de aquello que uno no comparte. —Tomó aire—. Pero ¿y si pudierais compartirlo? ¿Y si yo fuera capaz de crear una runa que os conectara a cada uno de vosotros, a cada cazador de sombras, con un subterráneos que estuviese luchando a vuestro lado, y pudierais compartir vuestros poderes: si vosotros sanarais tan de prisa como un vampiro, fuerais tan resistentes como un hombre lobo o tan veloces como un caballero hada, y ellos, por su parte, pudiesen compartir vuestro adiestramiento, vuestras habilidades para el combate? Seríais una fuerza invencible… si dejáis que os ponga la Marca y peleáis junto a los subterráneos. Porque si no peleáis a su lado, las runas no funcionarán. —Hizo una pausa—. Por favor —dijo, pero la palabra surgió casi inaudible de su garganta reseca—. Por favor, dejad que os haga la Marca.