Alcanzó una de las ventanas, se encaramó al alféizar y atisbó por el empañado cristal. Vio una habitación grande y ligeramente polvorienta con una especie de banco de trabajo que ocupaba el largo de una pared. Las herramientas que había sobre él no era de las que uno usaría para trabajos artesanales; eran las herramientas de un brujo: montones de pergaminos tiznados, velas de cera negra; gruesos cuencos de cobre con un líquido oscuro seco pegado a los bordes; una variedad de cuchillos, algunos tan finos como punzones, algunos con amplias hojas cuadradas. Había un pentagrama dibujado con una tiza en el suelo, con los contornos borrosos, cada una de las cinco puntas decorada con una runa diferente. A Jace se le hizo un nudo en el estómago… Las runas se parecían a las que habían estado grabadas alrededor de los pies de Ithuriel. ¿Podía Valentine haber hecho esto…? ¿Podían ser éstas sus cosas? ¿Era éste su escondite… un escondite que Jace no había visitado nunca y del cual no había conocido la existencia?
Se deslizó fuera del alféizar, aterrizando en un pedazo de hierba seca… justo cuando una sombra pasaba sobre la faz de la luna. Pero allí no había pájaros, se dijo, y alzó la vista justo a tiempo de ver un cuervo que describía círculos en lo alto. Se quedó paralizado, luego se sumergió a toda prisa en las sombras de un árbol y atisbó arriba por entre las ramas. A medida que el cuervo descendía en picado más cerca del suelo, Jace supo que su primer instinto había sido correcto. No se trataba de un cuervo cualquiera: se trataba de Hugo, el cuervo que en una ocasión había pertenecido a Hodge; Hodge lo había usado de vez en cuando para transportar mensajes fuera del Instituto. Desde entonces, Jace había averiguado que Hugo había pertenecido originalmente a su padre.
Jace se apretó más contra el tronco del árbol. El corazón volvía a latirle con fuerza, esta vez con entusiasmo. Si Hugo estaba allí, sólo podía significar que transportaba un mensaje, y en esta ocasión el mensaje no sería para Hodge. Sería para Valentine. Tenía que serlo. Si Jace pudiese apañárselas para seguirlo…
Posándose en un alféizar, Hugo atisbó a través de una de las ventanas de la casa. Aparentemente, advirtió que la casa estaba vacía, él remontó el vuelo con un graznido y aleteó en dirección al arroyo.
Jace salió de las sombras e inició la persecución del cuervo.
—Así que técnicamente —dijo Simon—, incluso aunque Jace no está emparentado contigo, sí que has besado a tu hermano.
—¡Simon! —Clary estaba consternada—. ¡CÁLLATE!
Giró sobre su asiento para ver si alguien escuchaba, pero, por suerte, nadie parecía hacerlo. Estaba sentada en una silla de respaldo alto sobre el estrado del Salón de los Acuerdos, con Simon a su lado. Su madre estaba de pie en el borde del estrado, inclinada hacia abajo para hablar con Amatis.
A su alrededor, el Salón era un caos mientras los subterráneos que habían llegado procedentes de la Puerta Norte entraban en tropel, franqueando las puertas y apelotonándose contra las paredes. Clary reconoció a varios miembros de la manada de Luke, incluida Maia, que le sonrió ampliamente desde el otro extremo de la habitación. Había hadas pálidas, frías y bellas como carámbanos, y brujos con alas de murciélago y pies de macho cabrío, e incluso uno con astas, con fuego azul chisporroteando en las puntas de los dedos mientras se movían por la habitación. Los cazadores de sombras daban vueltas de un lado a otro entre ellos, con aspecto nervioso.
Aferrando su estela con ambas manos, Clary paseó la mirada ansiosamente. ¿Dónde estaba Luke? Había desaparecido entre la multitud. Lo divisó al cabo de un instante, hablando con Malachi, que sacudía la cabeza violentamente. Amatis permanecía a poca distancia, lanzando al Cónsul miradas asesinas.
—No me hagas lamentar jamás haberte contado nada de esto, Simon —dijo Clary, mirándole furiosa.
Había hecho todo lo posible por proporcionarle una versión reducida del relato de Jocelyn, en su mayor parte siseada por lo bajo mientras él la ayudaba a abrirse paso penosamente por entre el gentío hasta el estrado y tomaba asiento allí. Resultaba fantástico estar allí arriba, contemplado la sala como si fuese la reina de todo lo que veía. Pero una reina no sería presa del pánico hasta ese punto.
—Además, besaba fatal.
—O quizás simplemente fue asqueroso, porque él era, ya sabes, tu hermano. —Simon parecía más divertido por todo el asunto de lo que Clary consideraba que tenía derecho a estar.
—No digas eso donde mi madre pueda oírte o te mataré —dijo ella con una segunda mirada iracunda—Ya me siendo como si estuviera a punto de vomitar o desmayarme. No lo empeores.
Jocelyn regresó del borde del estrado a tiempo de oír las últimas palabras de Clary —aunque, por suerte, no lo que ella y Simon habían estado hablado—y le asestó una palmada tranquilizadora en el hombro a su hija.
—No estés nerviosa, pequeña. Estuviste tan magnífica antes. ¿Necesitas algo? Una manta, un poco de agua caliente…
—No tengo frío —respondió ella en tono paciente—, y no necesito un baño, tampoco. Estoy perfectamente. Sólo quiero que Luke suba aquí y me diga qué está pasando.
Jocelyn hizo señas en dirección a Luke para atraer su atención, articulando en silencio algo que Clary no consiguió descifrar del todo.
—Mamá —soltó—, no.
Pero ya era demasiado tarde. Luke alzó la mirada… y lo mismo hicieron otros cazadores de sombras. La mayoría de ellos desviaron la mirada igual de rápido, pero Clary percibió la fascinación en sus miradas fijas. Resultaba inverosímil pensar que su madre era algo parecido a una figura legendaria en aquel sitio. Podía decirse que casi todo el mundo presente en la sala había oído su nombre y tenía alguna clase de opinión sobre ella, buena o mala. Clary se preguntó cómo evitaba su madre que eso la molestara. No parecía molesta… parecía impasible, serena y peligrosa.
Al cabo de un momento, Luke se había reunido con ellos sobre el estrado, con Amatis a su lado. Todavía tenía aspecto cansado, pero también alerta e incluso un poco agitado. Dijo:
—Sólo aguardad un segundo. Todo el mundo viene hacia aquí.
—Malachi —dijo Jocelyn, sin mirar del todo directamente a Luke mientras hablaba—. ¿te estaba causando problemas?
Luke efectuó un gesto displicente.
—Piensa que deberíamos enviar un mensaje a Valentine, rechazando sus condiciones. Yo digo que no deberíamos ponerlo sobre aviso. Que Valentine aparezca con su ejército en la llanura Brocelind esperando una rendición. Malachi parecía pensar que eso no sería deportivo, y cuando le dije que la guerra no era un partido de criquet escolar, respondió que si alguno de los subterráneos que hay aquí se desmandaba, intervendría y pondría fin a todo el asunto; como si los subterráneos no pudiesen dejar de pelear aunque sea durante cinco minutos.
—Eso es exactamente lo que piensa —dijo Amatis—. Es Malachi. Probablemente le preocupa que empecéis a comeros unos a otros.
—Amatis —dijo Luke—; alguien podría oírte.
Se dio la vuelta entonces, cuando dos hombres ascendieron los peldaños detrás de éclass="underline" uno era un alto y esbelto caballero hada con largos cabellos oscuros que caían en capas a ambos lados del estrecho rostro. Llevaba una túnica de blanco blindaje: pálido metal resistente compuesto por diminutos círculos que se superponían, como las escamas de un pez. Sus ojos eran de color verde hoja.
El otro hombre era Magnus Bane. Se colocó junto a Luke. Llevaba un abrigo largo y oscuro abotonado hasta el cuello, y sus cabellos negros estaban echados hacia atrás, fuera de la cara.