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—Hermana Dolores —dijo Cleophas, y le entregó las notas de Magnus a la recién llegada. Ésta se parecía mucho a Cleophas; la misma constitución alta y estrecha, el mismo vestido blanco, el mismo cabello largo, aunque en su caso era gris y sujeto al final de sus dos trenzas por un hilo de oro. A pesar del cabello gris, su rostro no mostraba ninguna arruga; sus ojos, del color del fuego, eran brillantes—. ¿Puedes entender esto?

Dolores echó un vistazo a las páginas.

—Un hechizo de unión —contestó—. Muy parecido a nuestra propia ceremonia de parabatai, pero su adscripción es demoníaca.

—¿Qué lo hace demoníaco? —preguntó Isabelle—. Si el hechizo de parabatai es inocuo…

—¿Lo es? —intervino Cleophas, pero Dolores le lanzó una mirada para acallarla.

—El ritual de parabatai une a dos individuos pero deja libres sus voluntades independientes —explicó Dolores—. Éste une a dos, pero subordina uno a otro. Lo que crea el primario, el otro lo creerá; lo que quiere el primero, el otro lo querrá. Básicamente elimina el libre albedrío del socio secundario del hechizo, y por eso es demoníaco. Porque el libre albedrío es lo que nos convierte en criaturas del Cielo.

—También parece querer decir que cuando se hiere a uno, el otro también resulta herido —dijo Jocelyn—. ¿Podemos presumir lo mismo respecto a la muerte?

—Sí. Ninguno sobrevive a la muerte del otro. Esto tampoco forma parte de nuestro ritual de parabatai, porque es demasiado cruel.

—La pregunta que queremos plantearos es ésta —continuó Jocelyn—. ¿Existe alguna arma forjada, o que podáis crear, que pueda dañar a uno sin dañar al otro? ¿O que pueda separarlos?

La hermana Dolores volvió a mirar las notas, y luego se las devolvió a Jocelyn. Sus manos, como las de su colega, eran largas y delgadas, y tan blancas como la nieve.

—Ninguna arma que hayamos forjado o podamos forjar jamás tiene ese poder.

Isabelle apretó los puños en los costados, clavándose las uñas.

—¿Quieres decir que no hay nada?

—Nada en este mundo —respondió Dolores—. Una hoja del Cielo o del Infierno tal vez lo hiciera. La espada del Arcángel Miguel, con la que Josué luchó en Jericó, porque está insuflada con el fuego celestial. Y hay hojas forjadas en la oscuridad del Pozo que podrían ayudaros, aunque cómo se podría obtener alguna, es algo que desconozco.

—Y la Ley nos impediría decíroslo si lo supiéramos —añadió Cleophas con aspereza—. Comprenderéis, naturalmente, que también tendremos que informar a la Clave de vuestra visita…

—¿Y qué hay de la espada de Josué? —la interrumpió Isabelle—. ¿Podéis conseguirla? ¿O podemos nosotras?

—Sólo un ángel puede donaros esa espada —contestó Dolores—. Y convocar a un ángel representa ser condenado con el fuego celestial.

—Pero Raziel… —comenzó Isabelle.

Los labios de Cleophas se convirtieron en una delgada línea.

—Raziel nos dejó los Instrumentos Mortales para que pudiéramos llamarlo en un momento de gran necesidad. Esa única oportunidad se perdió cuando Valentine lo invocó. Nunca seremos capaces de emplear su poder de nuevo. Fue un crimen emplear los Instrumentos de esa manera. La única razón por la que Clarissa Morgenstern evita la culpabilidad es porque fue su padre quien lo invocó, no ella.

—Mi esposo también invocó a otro ángel —repuso Jocelyn. Habló en voz baja—. El ángel Ithuriel. Lo mantuvo prisionero durante muchos años.

Ambas Hermanas vacilaron antes de que Dolores hablara.

—Hacer caer a un ángel en una trampa es el más negro de los delitos —afirmó—. La Clave no lo aprobaría nunca. Incluso si invocaras a alguno, nunca podrías obligarlo a cumplir tu voluntad. No existe ningún hechizo para eso. Nunca conseguirías que un ángel te diera la espada del Arcángeclass="underline" Puedes arrebatarle algo a un ángel a la fuerza, pero no hay crimen mayor. Es mejor que tu Jonathan muera antes que mancillar así a un ángel.

Ante eso, Isabelle, que se había ido enfureciendo, estalló.

—Ése es el problema que tenéis vosotros, todos vosotros, las Hermanas de Hierro y los Hermanos Silenciosos. Sea lo que sea que os hagan para cambiaros de cazadores de sombras a lo que sois, os elimina todo sentimiento. Podemos ser en parte ángeles, pero también somos humanos. Vosotros no entendéis el amor, o lo que la gente hace por amor, por la familia…

La llama saltó en los ojos naranja de Dolores.

—Tuve una familia —dijo—. Un esposo e hijos, todos asesinados por los demonios. No me quedó nada. Siempre había sido hábil formando cosas con las manos, así que me convertí en una Hermana de Hierro. La paz que eso me ha proporcionado es una paz que no creo que hubiera hallado en ningún otro lugar. Por esa razón elegí el nombre de Dolores. Así que no quieras decirnos lo que sabemos o no sabemos sobre el dolor, o sobre la humanidad.

—No sabéis nada —soltó Isabelle—. Sois tan duras como la piedra demoníaca. No me sorprende que os rodeéis de ella.

—El fuego templa el oro, Isabelle Lightwood —dijo Cleophas.

—Oh, cierra el pico —replicó Isabelle—. Ambas habéis sido una pésima ayuda.

Se volvió sobre los talones y volvió a cruzar el puente, casi sin fijarse en los cuchillos que convertían el camino en una trampa mortal, dejándose guiar por su entrenamiento. Llegó al otro lado y cruzó la puerta; sólo cuando estuvo fuera se dejó vencer por el pesar. Cayó de rodillas sobre el musgo y las rocas volcánicas, bajo el enorme cielo gris, y tembló en silencio, aunque ninguna lágrima acudió.

Le pareció que pasaban siglos hasta que oyó un suave paso a su lado y Jocelyn se arrodilló junto a ella, rodeándola con los brazos. Curiosamente, Isabelle descubrió que no le importaba. Aunque nunca le había caído muy bien Jocelyn, había algo tan universalmente maternal en ella que Isabelle se dejó llevar, casi contra su voluntad.

—¿Quieres saber qué han dicho después de que te fueras? —le preguntó Jocelyn, cuando Isabelle dejó de temblar.

—Estoy segura de que algo sobre que soy una deshonra para los cazadores de sombras de todas partes, etcétera.

—Lo cierto es que Cleophas ha dicho que serías una excelente Hermana de Hierro, y que si alguna vez estás interesada, se lo hagas saber. —Jocelyn le acarició el cabello.

A pesar de todo, Isabelle contuvo una carcajada. Miró a Jocelyn.

—Dímelo.

La mano de la mujer se detuvo.

—¿Que te diga qué?

—Quién fue. Con quién tuvo mi padre una aventura. No lo entiendes. Siempre que veo a una mujer de la edad de mi madre, me pregunto si fue con ella. La hermana de Luke. La Cónsul. Tú…

Jocelyn suspiró.

—Fue con Annamarie Highsmith. Murió durante el ataque de Valentine a Alacante. Dudo que la hayas conocido.

Isabelle abrió la boca, luego la cerró de nuevo.

—Ni siquiera había oído su nombre nunca.

—Bien. —Jocelyn le sujetó un mechón suelto—. ¿Te sientes mejor, ahora que lo sabes?

—Claro —mintió Izzy, mirando al suelo—. Me siento mucho mejor.

Después de la comida, Clary había vuelto al dormitorio de abajo con la excusa de que estaba muy cansada. Con la puerta bien cerrada, había tratado de conectar con Simon de nuevo, aunque se dio cuenta de que, dada la diferencia horaria entre donde se hallaba, Venecia, y Nueva York, era muy posible que estuviera durmiendo. Al menos, rogó por que estuviera dormido. Era mucho más preferible esperar eso que considerar la posibilidad de que los anillos no funcionaran.

Sólo llevaba una media hora en el dormitorio cuando llamaron a la puerta. Dijo: «Entra», mientras se apoyaba sobre las manos, con los dedos doblados como si así pudiera esconder el anillo.

La puerta se abrió despacio, y Jace la miró desde el umbral. Clary recordó otra noche, el calor de verano y una llamada en la puerta.