«Jace. Limpio, en vaqueros y una camisa gris; el cabello recién lavado, un halo de oro húmedo. Los hematomas de su rostro ya pasando del morado a un tenue gris, y las manos a la espalda.»
—Hola —saludó él. En esta ocasión tenía las manos a la vista y llevaba un jersey suave del color del bronce que resaltaba el dorado de sus ojos. No tenía morados en el rostro, y las ojeras que casi se había acostumbrado a verle bajo los ojos habían desaparecido.
«¿Él es feliz así? ¿Realmente feliz? Y si lo es, ¿de qué lo estás salvando?»
Clary apartó la vocecita de su cabeza y se obligó a sonreír.
—¿Qué pasa?
Él sonrió. Era una sonrisa pícara, de las que hacían que la sangre se le acelerara a Clary.
—¿Quieres que tengamos una cita?
—¿Una qu… qué? —tartamudeó ella, pillada desprevenida.
—Una cita —repitió Jace—. A menudo «una cosa aburrida que tienes que memorizar en una clase de literatura», pero, en este caso, «una oferta de una noche de romance al rojo vivo con un servidor».
—¿De verdad? —Clary no estaba muy segura de cómo tomárselo—. ¿Al rojo vivo?
—Soy yo —repuso Jace—. Verme jugar al Scrabble es suficiente para que algunas mujeres se desmayen. Así que imagínate si hago un pequeño esfuerzo.
Clary se incorporó y se miró. Vaqueros, blusa de seda verde. Pensó en los cosméticos que había en la especie de santuario que era el dormitorio de arriba. No podía evitarlo; estaba deseando ponerse un poco de pintalabios.
Jace le tendió la mano.
—Estás fabulosa —le dijo—. Vámonos.
Ella le cogió la mano y le dejó que la pusiera en pie.
—No sé…
—Vamos. —La voz de Jace tenía ese tono seductor y como burlándose de sí mismo que ella recordaba de cuando empezaban a conocerse, cuando él la había llevado al invernadero para enseñarle la flor que florecía a medianoche—. Estamos en Italia. Venecia. Una de las ciudades más hermosas del mundo. Sería una vergüenza no verla, ¿no te parece?
Jace tiró de ella, que chocó contra su pecho. La tela de su camisa era suave, y él olía a su jabón y champú de siempre. El corazón de Clary latía fuerte.
—O podríamos quedarnos —propuso él, en un tono ligeramente entrecortado.
—¿Para que me desmaye viéndote hacer una palabra que puntúe triple? —Con un esfuerzo, se apartó de él—. Y evítame los chistes sobre marcarte tantos.
—Maldita sea, me lees el pensamiento —replicó él—. ¿Es que no hay ningún juego de palabras guarro que no puedas prever?
—Es mi magia especial. Cuando tienes malos pensamientos, te los puedo leer.
—O sea, el noventa y cinco por ciento del tiempo.
Ella alzó la cabeza para mirarlo a los ojos.
—¿Noventa y cinco por ciento? ¿Y qué pasa con el otro cinco por ciento?
—Oh, ya sabes, lo normaclass="underline" demonios que tengo que matar, runas que debo aprender, gente que me ha cabreado recientemente, gente que me ha cabreado no tan recientemente, patos.
—¿Patos?
Él le quitó importancia con un gesto.
—Muy bien. Ahora mira eso.
La cogió por los hombros y la hizo volverse para que ambos miraran hacia el mismo lado. Un momento después, y sin que Clary supiera cómo, las paredes de la habitación parecieron deshacerse alrededor de ellos, y se encontró encima de unos adoquines. Soltó un grito ahogado de sorpresa mientras se volvía para mirar hacia atrás, y sólo vio una pared vacía con ventanas en lo alto, de un viejo edificio de grandes carreos. Filas de casas similares se alineaban por el canal junto al que se hallaban. Si inclinaba la cabeza hacia la izquierda, conseguía ver a lo lejos que el canal se abría hacia otro más grande, flanqueado por grandiosos edificios. Por todas partes olía a agua y piedra.
—Guay, ¿eh? —dijo Jace con orgullo.
Ella lo miró.
—¿Patos? —repitió.
Una sonrisa tironeó de los labios de Jace.
—Odio los patos. No sé por qué; siempre los he odiado.
Por la mañana temprano, Maia y Jordan llegaron a la Mansión Praetor, el cuartel general del Praetor Lupus. La camioneta traqueteó y botó sobre el largo camino blanco entre jardines recortados hasta dar a una enorme casa que se alzaba en la distancia como la proa de un barco. Tras ella, Maia veía filas de árboles, y más atrás aún, el agua azul del Sound en la distancia.
—¿Fue aquí donde te entrenaste? —preguntó—. Este lugar es maravilloso.
—No te dejes engañar —repuso Jordan sonriendo—. Es un campo de entrenamiento.
Ella lo miró de reojo. Él seguía sonriendo. Lo había estado haciendo, casi sin parar, desde que ella lo había besado junto a la playa al amanecer. En parte, Maia se sentía como si una mano la hubiera lanzado volando al pasado, cuando amaba a Jordan más de lo que se podía imaginar, pero por otra parte se sentía totalmente a la deriva, como si se hubiera despertado en medio de un paraje totalmente desconocido, lejos de la cotidianeidad de su vida normal y del calor de la manada.
Resultaba muy peculiar. No malo, pensó. Sólo… peculiar.
Jordan detuvo la camioneta en la plazoleta circular que se abría ante la casa que, de cerca, Maia pudo ver que estaba construida con bloques de piedra dorada, del color de la piel del lobo. Una puerta doble negra se hallaba en lo alto de una enorme escalera de piedra. En el centro de la plazoleta había un gran reloj de sol, y en su esfera vio que eran las siete de la mañana. Alrededor del borde del reloj había unas palabras grabadas: «SÓLO MARCO LAS HORAS QUE BRILLAN».
Maia abrió la puerta y saltó de la cabina justo cuando las puertas de la casa se abrían.
—¡Praetor Kyle! —se oyó decir a una voz.
Jordan y Maia alzaron la mirada. Por la escalera descendía un hombre maduro en un traje negro carbón; tenía el rubio cabello mechado de gris. Jordan eliminó toda expresión de su rostro y se dirigió a él.
—Praetor Scott —saludó—. Te presento a Maia Roberts, de la manada de Garroway. Maia, éste es Praetor Scott. Él dirige el Praetor Lupus.
—Desde 1800, los Scott siempre han dirigido el Praetor —explicó el hombre, mirando a Maia, que inclinó la cabeza en señal de sumisión—. Jordan, debo admitir que no te esperaba tan pronto de vuelta. La situación con el vampiro diurno en Manhattan…
—Está controlada —se apresuró a decir el chico—. Pero no es por eso que estamos aquí. Esto tiene que ver con algo totalmente diferente.
Praetor Scott arqueó las cejas.
—Ahora me has picado la curiosidad.
—Es un asunto bastante urgente —intervino Maia—. Luke Garroway, el líder de nuestra manada…
Praetor Scott la miró con dureza, silenciándola. Aunque no tuviera manada, era un macho dominante; eso resultaba evidente en todo él. Los ojos, bajo unas espesas cejas, eran gris verdoso; en el cuello, bajo la camisa, destellaba el colgante de bronce de los Praetor, con sus marcas de patas de lobo.
—El Praetor decide qué asuntos considera urgentes —replicó él—. Y tampoco estamos en un hotel, abierto a huéspedes que no han sido invitados. Jordan ha cometido un atrevimiento al traerte aquí, y de no ser porque es uno de nuestros graduados más prometedores, os podría haber dicho que os fuerais.
Jordan se colgó los pulgares de la cintura de los vaqueros y miró al suelo. Un momento después, Praetor Scott le puso la mano en el hombro.
—Pero —continuó éste— eres uno de nuestros graduados más prometedores. Y parecéis agotados; veo que os habéis pasado toda la noche en vela. Entrad, y discutiremos este asunto tranquilamente en mi despacho.
El despacho resultó estar al fondo de un pasillo largo y sinuoso, forrado de elegante madera oscura. En la casa se oían animadas voces, y un letrero, donde ponía REGLAS DE LA CASA, estaba clavado en la pared junto a la escalera.