Lo estaban. Alec, Magnus, Jocelyn e Isabelle estaban sentados alrededor de la mesa del salón del brujo. Mientras que Alec y Magnus iban en vaqueros, tanto Jocelyn como Isabelle llevaban el uniforme; la chica con el látigo enrollado en el brazo derecho. Alzó la mirada cuando él entró, pero no le sonrió; tenía los hombros tensos y la boca apretada en una fina línea. Todos tenían tazas de café delante.
—Hay una razón para que el ritual de los Instrumento Mortales fuera tan complicado. —Magnus se acercó el azucarero haciéndolo flotar y se echó azúcar en el café—. Los ángeles actúan a instancias de Dios, no de los humanos, ni siquiera de los cazadores de sombras. Invoca a uno, y lo más fácil es que caiga sobre ti la ira divina. La idea del ritual de los Instrumentos Mortales no era permitir a alguien invocar a Raziel. Era proteger al invocador de la ira del Ángel una vez apareciera.
—Valentine… —comenzó Alec.
—Sí, Valentine también invocó a un ángel menor. Y nunca le habló, ¿no? Nunca le dio ninguna ayuda, aunque recolectara su sangre. E incluso así, debía de estar empleando hechizos increíblemente poderosos para retenerlo. Según lo entiendo, enlazó su vida a la mansión Wayland, de forma que cuando el ángel murió, la mansión se convirtió en ruinas. —Tamborileó su taza con una uña pintada de azul—. Y se condenó a sí mismo. Tanto si crees en el Cielo y en el Infierno como si no, seguro que se condenó. Cuando invocó a Raziel, éste lo mató. En parte como venganza por lo que Valentine había hecho a su hermano ángel.
—¿Por qué estáis hablando de invocar a ángeles? —preguntó Simon, sentándose en el extremo de la larga mesa.
—Isabelle y Jocelyn han ido a ver a las Hermanas de Hierro —explicó Alec—. En busca de una arma que se pueda usar contra Sebastian sin que afecte a Jace.
—¿Y no hay ninguna?
—Nada en este mundo —contestó Isabelle—. Una arma celestial podría servir, o algo con una gran adscripción demoníaca. Estábamos considerando la primera opción.
—¿Invocar a un ángel para que os dé una arma?
—Ha pasando antes —dijo Magnus—. Raziel le dio la Espada Mortal a Jonathan Cazador de Sombras. En las viejas historias, la noche antes de la batalla de Jericó apareció un ángel y le dio una espada a Josué.
—Uh —masculló Simon—. Habría pensado que los ángeles se dedicaban a la paz, no a las armas.
Magnus resopló.
—Los ángeles no son sólo mensajeros. Son soldados. Se dice que Miguel levantó ejércitos. Los ángeles no son pacientes. Sobre todo, con las vicisitudes de los seres humanos. Si alguien tratara de invocar a Raziel sin los Instrumentos Mortales para protegerse, seguramente caería muerto al instante. Los demonios son más fáciles de invocar. Hay más, y muchos son débiles. Pero claro, un demonio débil no puede ayudarte mucho…
—No podemos invocar a un demonio —exclamó Jocelyn, horrorizada—. La Clave…
—Creía que hacía años que había dejado de importarte lo que la Clave pensara de ti —replicó Magnus.
—No es lo mismo —repuso Jocelyn—. El resto de vosotros. Luke. Mi hijo. Si la Clave supiera…
—Bueno, pues no lo sabrán, ¿verdad? —dijo Alec, con un cierto tono cortante en su voz, normalmente amable—. A no ser que se lo digas.
Jocelyn pasó la mirada del serio rostro de Isabelle al inquisitivo de Magnus, y luego a los obstinados ojos azules de Alec.
—¿Lo estáis pensando en serio? ¿Invocar a un demonio?
—Bueno, no a cualquier demonio —contestó Magnus—. Azazel.
Jocelyn sacó chispas por los ojos.
—¿Azazel? —Miró a todos los otros, como si buscara apoyo, pero Izzy y Alec miraban sus tazas, y Simon sólo se encogió de hombros.
—No sé quién es Azazel —dijo éste—. ¿No es el gato de Los pitufos? —Miró alrededor, pero Isabelle lo miró poniendo los ojos en blanco.
«¿Clary?», pensó.
Su voz le llegó, teñida de alarma.
«¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? ¿Ha descubierto mi madre que no estoy?»
«Aún no —pensó él, respondiendo—. ¿Azazel es el gato de Los pitufos?»
Un largo silencio.
«Eso es Azrael, Simon. Y no vuelvas a usar los anillos mágicos para preguntar por Los pitufos.»
Se fue. Simon alzó la mirada de su mano y vio a Magnus mirándolo inquisitivo.
—No es un gato, Silvestre —respondió—. Es un Demonio Mayor. Teniente del Infierno y Forjador de Armas. Era el ángel que enseñó a los humanos a hacer armas, cuando antes había sido un conocimiento que sólo los ángeles poseían. Eso causó su caída, y ahora es un demonio. «Y toda la Tierra se corrompió por las obras que Azazel enseñó. Impútale todo pecado.»
Alec miró asombrado a su novio.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Es amigo mío —contestó Magnus, y al ver sus expresiones, suspiró—. De acuerdo, no es cierto. Pero está en el Libro de Enoc.
—Parece peligroso. —Alec frunció el ceño—. Incluso suena como si fuera más que un Demonio Mayor. Como Lilith.
—Por suerte, ya está sometido —explicó Magnus—. Si lo invocas, su forma espiritual vendrá a ti, pero su yo corpóreo permanecerá atado a las quebradas rocas de Duduael.
—La quebradas rocas de… O, lo que sea —replicó Isabelle, mientras se recogía su larga cabellera en un moño—. Es un demonio de armas. Muy bien. Yo digo que lo intentemos.
—No puedo creer que ni os lo estéis planteando —protestó Jocelyn—. Viendo a mi esposo, aprendí lo que puede pasar si se juega a invocar demonios. Clary… —Se calló de golpe, como si notara la mirada de Simon sobre ella, y se volvió—. Simon, ¿sabes si ya está despierta? La he dejado dormir, pero son casi las once.
Simon vaciló un instante.
—No lo sé. —Eso, razonó, era cierto. Dondequiera que se hallara, Clary podría estar durmiendo. Aunque acababa de hablar con ella.
Jocelyn pareció desconcertada.
—Pero ¿no estabas en la habitación con ella?
—No. Estaba… —Simon se interrumpió, al darse cuenta de que había metido la pata. Había tres habitaciones de invitados. Jocelyn había dormido en una. Clary en la otra. Por lo tanto, él debía de haber dormido en la tercera con…
—¿Isabelle? —preguntó Alec, alzando las cejas—. ¿Has dormido en el cuarto de mi hermana?
Isabelle agitó una mano.
—No te preocupes, hermano mayor. No ha pasado nada. Por supuesto —añadió mientras Alec relajaba los hombros—. Yo tenía una borrachera de miedo, así que él podría haber hecho lo que quisiera y yo ni me habría despertado.
—Oh, por favor —exclamó Simon—. Lo único que hice fue contarte toda la trama de La guerra de las galaxias.
—Pues creo que no la recuerdo —repuso Isabelle, y cogió una galleta del plato que había sobre la mesa.
—Ah, ¿sí? ¿Quién era el mejor amigo de la infancia de Luke Skywalker?
—Biggs Darklighter —contestó Isabelle de inmediato, y luego dio una fuerte palmada en la mesa—. ¡Eso es trampa! —Aun así, le sonrió, con la galleta ya en la boca.
—Ah —repuso Magnus—. Amor friki. Es algo muy hermoso, al mismo tiempo que un objeto de burla e hilaridad para los que somos más sofisticados.
—Muy bien, ya basta. —Jocelyn se puso en pie—. Voy a buscar a Clary. Si vais a invocar a un demonio, no quiero seguir aquí, y tampoco quiero que esté mi hija. —Fue hacia el pasillo.
Simon le cortó el paso.
—No lo hagas —advirtió.
Jocelyn lo miró muy seria.
—Sé que vas a decir que éste es el lugar más seguro para nosotras, Simon, pero si invocan a un demonio, yo…
—No es eso. —El vampiro respiró hondo, lo que no le sirvió de nada, puesto que su sangre ya no procesaba el oxígeno. Se notó ligeramente mareado—. No puedes ir a despertarla porque… porque no está.
10
La cacería extraña
La antigua habitación de Jordan en la Casa Praetor era igual que el dormitorio de cualquier universidad. Había dos camas de hierro, cada una en una pared. Por la ventana que las separaba se veían los campos verdes tres pisos más abajo. El lado de Jordan estaba bastante vacío; parecía que se había llevado la mayoría de las fotos y los libros a Manhattan con él, pero aún quedaban algunas fotos de playas y del mar clavadas con chinchetas, y una tabla de surf apoyada contra una pared. Maia se sobresaltó un poco al ver que en la mesilla de noche había una foto de Jordan y de ella en un marco dorado, tomada en Ocean City, con el paseo y la playa tras ellos.