Jordan miró la foto y luego a ella, y se sonrojó. Dejó su mochila en la cama y se sacó la chaqueta, de espaldas a la chica.
—¿Cuándo regresará tu compañero de cuarto? —preguntó Maia después de un silencio, repentinamente incómodo. No estaba segura de por qué ambos se sentían violentos. Juntos en la camioneta, no lo habían estado en absoluto, pero allí, en el espacio de Jordan, los años que habían pasado sin hablarse parecían apartarlos.
—¿Quién sabe? Nick está en una misión. Son peligrosas. Podría no volver. —Jordan parecía resignado. Dejó la chaqueta en el respaldo de una silla—. ¿Por qué no te acuestas? Yo me voy a duchar. —Se dirigió al cuarto de baño, el cual, como Maia vio con alivio, estaba adosado a la habitación. No le habría gustado tener que emplear uno de eso baños compartidos situados al final del pasillo.
—Jordan… —comenzó, pero él ya había cerrado la puerta tras de sí.
Maia oyó correr el agua. Suspirando, se sacó los zapatos y se tumbó sobre la cama del ausente Nick. La manta era de cuadros azul oscuro y olía a piñas. Miró hacia arriba y vio que el techo estaba empapelado de fotos. El mismo chico rubio simpático, que aparentaba unos diecisiete años, le sonreía en todos los retratos. Nick, supuso. Parecía feliz. ¿Habría sido Jordan feliz allí, en la Casa Praetor?
Ella estiró el brazo y volvió hacia sí la foto de ellos dos juntos. Se la habían tomado hacía años, cuando Jordan era delgado, con unos grandes ojos castaños que le dominaban en el rostro. Estaban cogidos, y parecían bronceados y felices. El verano les había oscurecido la piel a ambos y había puesto mechas en el cabello de Maia; Jordan tenía la cabeza ligeramente vuelta hacia ella, como si fuera a decirle algo o a besarla. Maia no podía recordar qué. Ya no.
Pensó en el chico en cuya cama estaba tumbada, el chico que podría no regresar. Pensó en Luke, muriendo lentamente, y en Alaric, Gretel, Justine, Theo y todos los demás de la manada que habían perdido la vida en la guerra contra Valentine. Pensó en Max y en Jace; dos Lightwood perdidos, porque, tenía que admitirlo aunque sólo fuera para sí, no creía que llegaran a recuperar a Jace. Y al final, curiosamente, pensó en Daniel, el hermano al que nunca había llorado, y para su sorpresa, notó que las lágrimas le ardían en los ojos.
Se sentó de golpe. Notaba como si el mundo estuviera tambaleándose y ella estuviera aferrándose a él impotente, tratando de impedir que se hundiera en un abismo negro. Notaba las sombras cubriéndolo. Con Jace perdido y Sebastian por ahí, las cosas sólo podían empeorar. Sólo habría más pérdidas, más muerte. Tenía que admitir que lo más viva que se había sentido en semanas había sido durante esos momento del amanecer, besando a Jordan en la camioneta.
Como si fuera un sueño, se encontró poniéndose en pie. Cruzó la habitación y abrió la puerta del cuarto de baño. La ducha era un rectángulo de vidrio empañado; podía distinguir la silueta de Jordan a través de él. Dudó que pudiera oírla bajo el agua, mientras se sacaba el jersey, y dejaba caer los pantalones y la ropa interior. Respiró hondo, atravesó la estancia, abrió la mampara de la ducha y se metió dentro.
Jordan se dio la vuelta, apartándose el cabello mojado de los ojos. La ducha estaba caliente, y él tenía el rostro arrebolado y los ojos brillantes, como si el agua se los hubiera pulido. O tal vez sólo era el agua haciendo que le corriera la sangre bajo la piel mientras la miraba, a toda ella. Maia lo miró fijamente, sin vergüenza, observando la forma en que el medallón de Praetor Lupus le relucía en el hueco del cuello y cómo le caía la espuma por los hombros y el pecho mientras él seguía mirándola, parpadeando para que no le entrara el agua en los ojos. Era hermoso, pero eso ella ya lo había pensado siempre.
—¿Maia? —dijo él inseguro—. ¿Estás…?
—Shhh. —Ella le puso un dedo sobre los labios mientras cerraba la mampara de la ducha con la otra mano. Luego se acercó más a él, lo rodeó con los brazos y dejó que el agua les limpiara a los dos la oscuridad—. No hables. Sólo bésame.
Y él lo hizo.
—En el nombre del Ángel, ¿qué quieres decir con que Clary no está? —exigió saber Jocelyn, pálida—. ¿Cómo lo sabes, si te acabas de despertar? ¿Adónde ha ido?
Simon tragó saliva. Había crecido con Jocelyn siendo como una segunda madre para él. Estaba acostumbrado a que fuera muy protectora con su hija, pero la mujer siempre lo había visto como un aliado en aquello, alguien que se interpondría entre Clary y los peligros del mundo. Sin embargo, en ese momento lo miraba como a un enemigo.
—Me envió un mensaje anoche… —comenzó Simon, pero calló al ver que Magnus le hacía un gesto para que se acercara a la mesa.
—Más vale que te sientes —le dijo. Isabelle y Alec lo miraban asombrados, uno a cada lado del brujo, pero éste no parecía especialmente sorprendido—. Explícanos qué está pasando. Tengo la sensación de que nos va a llevar un rato.
Y así fue, aunque no tanto como Simon habría deseado. Cuando acabó de explicarse, encorvado en la silla y mirando la rascada mesa de Magnus, alzó la cabeza y vio a Jocelyn clavándole una mirada verde más fría que el agua ártica.
—¿Has dejado que mi hija se fuera… con Jace… a algún lugar inidentificable e ilocalizable adonde ninguno de nosotros puede acceder?
Simon se miró las manos.
—Yo puedo contactar con ella —contestó, y alzó la mano derecha con el anillo de oro en el dedo—. Ya te lo he dicho. He hablado con ella esta mañana. Me ha dicho que estaba bien.
—Para empezar, ¡nunca deberías haberla dejado marchar!
—No la dejé. Pero iba a ir de todas maneras. Pensé que sería mejor que tuviera algún tipo de contacto, ya que tampoco podía detenerla.
—Para ser justos —intervino Magnus—, dudo que nadie hubiera podido. Clary hace lo que quiere. —Miró a Jocelyn—. No puedes tenerla en una jaula.
—Confiaba en ti —le replicó Jocelyn—. ¿Y cómo salió de aquí?
—Abrió un Portal.
—Pero me dijiste que había palabras…
—Para impedir que entren las amenazas, no para mantener dentro a los invitados. Jocelyn, tu hija no es estúpida, y hace lo que cree correcto. No puedes detenerla. Nadie puede detenerla. Se parece muchísimo a su madre.
La mujer miró a Magnus durante un momento, con la boca ligeramente entreabierta, y Simon se dio cuenta de que el mago debía de haber conocido a la madre de Clary cuando ésta era joven, cuando había traicionado a Valentine y al Círculo, y casi había muerto en el Levantamiento.
—Sólo es una niña —replicó ella, y se volvió hacia Simon—. ¿Has hablado con ella? ¿Con esos anillos? ¿Desde que se fue?
—Esta mañana —contestó el vampiro—. Ha dicho que estaba bien. Que todo iba bien.
En vez de tranquilizarse, Jocelyn sólo pareció más enfadada.
—Estoy segura de que eso es lo que ella dijo. Simon, no puedo creer que le hayas permitido hacerlo. Deberías haberla retenido…
—¿Cómo, atándola? —replicó el chico sin poder creérselo—. ¿Esposándola a la mesa?
—Si eso era lo que hacía falta. Eres más fuerte que ella. Me has decepcionado…
Isabelle se levantó.
—Bien, ya basta. —Miró enfadada a Jocelyn—. Es total y completamente injusto que le grites a Simon por algo que Clary ha decidido hacer por su cuenta. Y si él la hubiera atado, ¿qué? ¿La ibas a dejar atada eternamente? En algún momento la tendrías que soltar, y entonces, ¿qué? Ya nunca volvería a confiar en Simon, y no confía en ti porque le robaste los recuerdos. Y eso, si no me equivoco, fue porque estabas tratando de protegerla. Quizá si no la hubieras protegido tanto, sabría mejor lo que es peligroso y lo que no, ¡y tampoco se lo callaría todo, ni sería tan temeraria!