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Todos se quedaron mirando a Isabelle, y Simon recordó algo que Clary le había dicho una vez: que Izzy soltaba discursos pocas veces, pero que cuando lo hacía, tenían peso. Jocelyn tenía los labios blancos de tan apretados.

—Me voy a la comisaría para estar con Luke —dijo finalmente—. Simon, espero que me informes cada veinticuatro horas de que mi hija está bien. Si no me dices algo todas las noches, acudiré a la Clave.

Salió furiosa del apartamento, dando un portazo tan fuerte que apareció una grieta en el yeso junto a la puerta.

Isabelle volvió a sentarse, esta vez junto a Simon. Él no dijo nada, pero le tendió la mano, y ella se la cogió, entrelazando los dedos.

—¿Y bien? —dijo Magnus finalmente, rompiendo el silencio—. ¿Quién se apunta a invocar a Azazel? Porque vamos a necesitar un montón de velas.

Jace y Clary se pasaron el día paseando por las estrechas calles laberínticas que corrían junto a los canales, cuyas aguas iban desde el verde oscuro hasta el azul sucio. Se metieron entre los turistas de la plaza de San Marcos, pasaron por el Puente de los Suspiros y bebieron tacitas de café fuerte en el Café Florian. El confuso laberinto de calles le recordó a Clary un poco a Alacante, aunque Alacante carecía de la sensación de elegante decadencia de Venecia. Ahí no había calzadas ni coches, sólo pequeños callejones retorcidos y puentes que se arqueaban sobre canales con agua tan verde como la malaquita. Mientras el cielo se oscurecía con el profundo azul del ocaso de finales de otoño, las luces comenzaron a encenderse en pequeñas boutiques, en bares y restaurantes que parecían salir de ninguna parte y volver a desaparecer después de que Jace y ella los sobrepasaran, dejando detrás luz y risas.

Cuando Jace preguntó a Clary si quería cenar, ella asintió con firmeza. Empezaba a sentirse culpable porque no había conseguido extraerle ninguna información y, además, lo cierto era que se estaba divirtiendo. Mientras cruzaban el puente hacia el Dorsoduro, una de las zonas más tranquilas de la ciudad, lejos de la multitud de turistas, Clary decidió que esa noche iba a sacarle algo que valiera la pena comunicar a Simon.

Jace le cogía la mano con firmeza mientras pasaban por el último puente y la calle se abría a una gran plaza junto a un enorme canal del tamaño de un río. La cúpula de una basílica se alzaba a la derecha. Al otro lado del canal, otra parte de la ciudad iluminaba la tarde, reflejando los destellos de luz en el agua. Las manos de Clary ansiaban el carboncillo y los lápices, para dibujar la luz mientras se apagaba en el cielo, el agua al oscurecerse, las quebradas siluetas de los edificios, y sus reflejos atenuados por el canal. Todo parecía lavado con un tono azul acerado. Las campanas de algunas iglesias tocaban.

Tensó la mano que cogía la de Jace. Allí se sentía muy lejos de todo lo que era su vida, distante de una manera que no se había sentido en Idris. Venecia compartía con Alacante la misma sensación de ser un lugar fuera del tiempo, arrancado del pasado, como si hubiera entrado en el dibujo de las páginas de un libro. Pero también era un lugar real, uno del que Clary había oído hablar toda su vida, que había deseado visitar. Miró de reojo a Jace, que estaba contemplando el canal. La luz azul acerada también estaba sobre él, oscureciéndole los ojos, las sombras bajo los pómulos y las líneas de la boca. Cuando él se dio cuenta de que lo miraba, le devolvió la mirada y le sonrió.

Él la guió alrededor de la iglesia y por una escalera de peldaños mohoso hasta un sendero junto al canal. Todo olía a piedra mojada, a agua, a humedad y a años. Mientras el cielo se oscurecía, algo cortó la superficie del agua a unos pasos de Clary. Oyó la salpicadura y miró a tiempo de ver a una mujer de pelo verde alzarse del agua y sonreírle; tenía un rostro hermoso, pero dientes de tiburón y ojos amarillos de pez. Llevaba el cabello entrelazado de perlas. Se volvió a hundir en el agua, sin hacer ninguna onda.

—Sirena —explicó Jace—. Hay varias viejas familias que viven en Venecia desde hace mucho, mucho tiempo. Son un poco raras. Por lo general, viven mejor en el agua limpia, mar adentro, alimentándose de peces en vez de basura. —Miró hacia el sol poniente—. Toda la ciudad apesta —comentó—. Estará bajo el agua en cien años. Imagínate nadar y tocar la punta de la basílica de San Marcos. —Señaló sobre el agua.

Clary sintió un destello de tristeza al pensar en la pérdida de tanta belleza.

—¿No pueden hacer nada?

—¿Para alzar toda la ciudad? ¿O para detener el mar? No mucho —contestó Jace. Habían llegado a unos escalones que subían. El viento soplaba desde el mar y le alzaba el cabello dorado oscuro de la frente y la nuca—. Todo tiende hacia la entropía. El propio universo se expande, las estrellas se separan unas de otras, y sólo Dios sabe lo que cae por las grietas que se abren entre ellas. —Calló un momento—. De acuerdo, eso ha sonado un poco raro.

—Quizá sea todo el vino del almuerzo.

—Aguanto bien el alcohol. —Torcieron una esquina, y un paisaje encantado de luces destelló ante ellos. Clary parpadeó, ajustando la visión. Era un pequeño restaurante con mesas fuera y dentro, con focos de calor rodeados de luces de Navidad como un bosque de árboles mágicos entre las mesas. Jace se soltó de ella el tiempo justo para conseguir una mesa, y en seguida estuvieron sentados junto al canal, oyendo al agua salpicar contra la piedra y el ruido de las barcas cabeceando con la marea.

Clary comenzaba a sentir oleadas de cansancio, semejantes a las del agua rompiendo contra los costados del canal. Le dijo a Jace lo que quería y dejó que él lo pidiera en italiano; se sintió aliviada cuando el camarero se marchó y ella pudo apoyar los codos en la mesa y la cabeza en las manos.

—Creo que tengo jet lag —comentó—. Jet lag interdimensional.

—¿Sabes?, el tiempo es una dimensión —repuso Jace.

—Pedante. —Le lanzó una miga de pan de la cestita que tenía delante.

Él sonrió.

—El otro día estaba tratando de recordar todos los pecados capitales —dijo él—. Avaricia, envidia, gula, ironía, pedantería…

—Estoy segura de que la ironía no es un pecado capital.

—Estoy seguro de que sí.

—Lujuria —dijo ella—. La lujuria es un pecado capital.

—Y azotar.

—Creo que eso forma parte de la lujuria.

—Creo que debería tener su propia categoría —repuso Jace—. Avaricia, envidia, gula, ironía, pedantería, lujuria y azotes. —Las luces navideñas blancas se le reflejaban en los ojos. Estaba más guapo que nunca, pensó Clary, y por lo tanto más distante, más difícil de tocar. Pensó en lo que había dicho sobre que la ciudad se hundía y sobre los espacios entre las estrellas, y recordó la letra de una canción de Leonard Cohen de la que el grupo de Simon solía hacer una versión no demasiado buena. «Hay una grieta en todo / Así es como entra la luz.» Tenía que haber una grieta en la calma de Jace, alguna manera en que ella pudiera acceder al Jace real que creía que aún estaba ahí dentro.

Los ojos ambarinos la observaron. Le tocó la mano, y sólo un momento después, Clary se dio cuenta de que él tenía los dedos sobre el anillo de oro.

—¿Qué es esto? —preguntó—. No recuerdo que tuvieras un anillo hecho por las hadas.

Lo dijo en un tono neutro, pero a Clary el corazón le dio un vuelco. Mentirle a Jace a la cara era algo en lo que no tenía demasiada práctica.

—Era de Isabelle —contestó encogiéndose de hombros—. Estaba tirando todo lo que le había regalado su ex novio hada, Meliorn, y me gustó, así que me dijo que podía quedármelo.