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—¿Y el anillo Morgenstern?

Ahí parecía adecuado decir la verdad.

—Se lo di a Magnus para que tratara de localizarte por medio de él.

—Magnus —repitió Jace como si el nombre le resultara desconocido, y exhaló—. ¿Aún sigues creyendo que venir conmigo ha sido la decisión correcta?

—Sí. Me alegro de estar contigo. Y… bueno, siempre he querido visitar Italia. Nunca he viajado mucho. Nunca había salido del país…

—Estuviste en Alacante —le recordó él.

—Sí, vale, aparte de visitar tierras mágicas que nadie más puede ver, no he viajado mucho. Simon y yo teníamos planes. Íbamos a viajar de mochileros por Europa después de graduarnos en el Instituto… —Clary fue bajando la voz—. Ahora parece una tontería.

—No, no lo parece. —Le puso un mechón de pelo tras la oreja—. Quédate conmigo. Podemos ver el mundo entero.

—Estoy contigo. No me voy a ninguna parte.

—¿Hay algún lugar especial que quieras ver? ¿París? ¿Budapest? ¿La torre inclinada de Pisa?

«Sólo si se le cae a Sebastian a la cabeza», pensó Clary.

—¿Podemos ir a Idris? Quiero decir, supongo, ¿puede ir allí el apartamento?

—No puede traspasar las salvaguardas. —Le acarició la mejilla—. ¿Sabes?, te he echado mucho de menos.

—¿Quieres decir que no has salido en citas románticas con Sebastian mientras estabas lejos de mí?

—Lo intenté —contestó Jace—, pero por mucho que lo emborraches, no acaba de colaborar.

Clary cogió su copa de vino. Estaba comenzando a gustarle. Lo notaba ardiéndole por la garganta, calentándole las venas, añadiendo una calidad de sueño a la noche. Estaba en Italia con su guapo novio, en una hermosa noche, comiendo alimentos deliciosos que se le deshacían en la boca. Ésos eran la clase de momentos que se recordaban toda la vida. Pero se sentía como si sólo consiguiera rozar la felicidad; siempre que miraba a su amado, la felicidad se le volvía a escapar. ¿Cómo podía a la vez ser Jace y no ser Jace? ¿Cómo se podía tener el corazón roto y ser feliz al mismo tiempo?

Yacían en la estrecha cama que era sólo para una persona, abrazados bajo la sábana de franela de Jordan. Maia apoyaba la cabeza en el brazo de él; el sol que entraba por la ventana le calentaba el rostro y los hombros. Jordan estaba apoyado en el codo. Inclinado sobre ella, con la mano libre acariciándole el cabello, estirándole los rizos y dejándolos escapar de nuevo de entre los dedos.

—He echado de menos tu cabello —dijo él, y la besó en la frente.

La risa surgió de algún lugar dentro de Maia, esa clase de risa que da cuando uno se siente atontado por el amor.

—¿Sólo mi cabello?

—No. —Él sonreía, con sus ojos avellana iluminados de verde y su cabello castaño totalmente revuelto—. Tus ojos. —Los besó, uno después de otro—. Tu boca. —La besó también, y ella enganchó los dedos en la cadena que le caía sobre el pecho desnudo y sujetaba el colgante de Praetor Lupus—. Todo de ti.

Maia se enredó la cadena en el dedo.

—Jordan… Lamento lo de antes. Molestarme por lo del dinero, y Stanford. Fue todo demasiado para mí.

Los ojos del chico se oscurecieron y agachó la cabeza.

—No es que no me guste lo independiente que eres. Es que… quería hacer algo bueno por ti.

—Lo sé —susurró ella—. Sé que te preocupa que te necesite, pero no debería estar contigo porque te necesite. Debería estar contigo porque te amo.

A Jordan se le iluminaron los ojos, incrédulos y esperanzados.

—¿Quieres… quieres decir que crees que es posible que puedas sentir eso por mí de nuevo?

—Nunca he dejado de amarte, Jordan —contestó ella, y él la besó con tal intensidad que fue casi doloroso. Ella se acercó más a él, y seguramente las cosas habrían ido como en la ducha de no ser por una seca llamada a la puerta.

—¡Praetor Kyle! —gritó una voz desde el otro lado de la puerta—. ¡Despierte! Praetor Scott desea verlo en su despacho.

Abrazado a Maia, Jordan maldijo por lo bajo. Riendo, ella le pasó lentamente la mano por la espalda y le metió los dedos por el cabello.

—¿Crees que Praetor Scott puede esperar? —susurró ella.

—Creo que tiene una llave de esta habitación y que la usará si le parece.

—No pasa nada —repuso ella, rozándole la oreja con los labios—. Tenemos mucho tiempo, ¿verdad? Todo el tiempo que podamos necesitar.

Presidente Miau estaba tumbado en la mesa frente a Simon, profundamente dormido, con las cuatro patas estiradas hacia arriba. Eso, pensó Simon, era una especie de logro. Desde que se había convertido en vampiro, solía no agradar a los animales; le evitaban si podían, y se erizaban o ladraban si se acercaba demasiado. Para Simon, al que siempre le habían gustado los animales, era una gran pérdida. Pero suponía que si ya eras la mascota de un brujo, quizá no te costaría aceptar a criaturas extrañas en tu vida.

Resultó que Magnus no había estado bromeando sobre las velas. Simon estaba descansando un momento y tomándose un café; lo aceptaba bien y la cafeína le aliviaba el incipiente aguijoneo del hambre. Durante toda la tarde, habían estado ayudando a Magnus a preparar el escenario para invocar a Azazel. Habían recorrido las tiendas de la zona buscando velas calientaplatos y cirios, que habían colocado cuidadosamente formando un círculo. Isabelle y Alec estaban salpicando las planchas del suelo con una mezcla de sal y belladona seca mientras Magnus les daba instrucciones, leyendo en voz alta de Ritos prohibidos. Manual del nigromante del siglo XV.

—¿Qué le has hecho a mi gato? —preguntó el brujo, que volvía al salón cargado con una cafetera y un círculo de tazas flotando alrededor de la cabeza, como un modelo de los planetas alrededor del sol—. Te has bebido su sangre, ¿no? ¡Has dicho que no tenías hambre!

Simon se indignó.

—No me he bebido su sangre. ¡Está bien! —Le apretó el estómago a Presidente. El gato bostezó—. Además, me has preguntado si tenía hambre cuando estabas pidiendo pizzas, así que he dicho que no, porque no puedo comer pizza. Estaba siendo educado.

—Eso no te da derecho a comerte a mi gato.

—¡A tu gato no le pasa nada! —Simon fue a coger al gato, que saltó enfadado sobre sus patas y se fue de la mesa—. ¿Lo ves?

—Lo que tú digas. —Magnus se dejó caer sobre la silla a la cabecera de la mesa; las tazas cayeron en sus sitios mientras Alex e Izzy se incorporaban, acabada su tarea. El brujo dio una palmada—. ¡Venid aquí todos! Es hora de reunirnos. Os voy a enseñar a invocar a un demonio.

Praetor Scott los estaba esperando en la biblioteca, aún en la misma silla giratoria, con una pequeña caja de bronce sobre el escritorio, entre ellos. Maia y Jordan se sentaron frente a él. Y Maia no pudo evitar preguntarse si se le notaría en la cara lo que Jordan y ella habían estado haciendo. Aunque tampoco era que el Praetor los estuviera mirando con mucho interés.

Éste empujó la caja hacia Jordan.

—Es un ungüento —dijo—. Aplicado sobre la herida de Garroway, debería filtrarle el veneno de la sangre y permitir que el acero demoníaco salga de él. Debería sanar en unos días.

A Maia le dio un brinco el corazón; al fin buenas noticias. Cogió la caja antes que Jordan y la abrió. Estaba llena con un ungüento oscuro y ceroso con un penetrante olor a hierbas, como hojas de laurel chafadas.

—Yo… —comenzó Praetor Scott, mirando a Jordan.

—Ella debe cogerlo —dijo el chico—. Es más cercana a Garroway y forma parte de su manada. Confían en ella.

—¿Estás diciendo que no confían en el Praetor?