—La mitad de ellos piensan que el Praetor es un cuento de hadas —repuso Maia, y luego añadió—: señor.
Praetor Scott parecía molesto, pero antes de que pudiera decir nada, sonó el teléfono de su mesa. Pareció vacilar, luego se llevó el auricular a la oreja.
—Scott —dijo, y luego, pasado un momento—: Sí…, sí, eso creo. —Colgó; su boca se curvó en una sonrisa no del todo agradable—. Praetor Kyle —dijo—. Me alegro de que te hayas pasado por aquí justamente hoy. Espera un momento. En cierto modo, este asunto te concierne.
A Maia le sorprendió esa afirmación, pero no tanto como se sorprendió un momento después, cuando comenzó a verse un resplandor trémulo en el rincón del despacho y lentamente fue apareciendo una silueta (era como ver las imágenes aparecer en la película en un cuarto oscuro) que fue tomando la forma de un joven. Tenía el cabello castaño, corto y liso, y un collar de oro le relucía contra la oscura piel del cuello. Se le veía pequeño y etéreo, como un niño del coro, pero había algo en sus ojos que le hacía parecer mucho más viejo.
—Raphael —exclamó Maia, al reconocerlo. Por la ligera transparencia se dio cuenta de que era una proyección. Había oído hablar de ellas, pero nunca había visto una de cerca.
Praetor Scott la miró sorprendido.
—¿Conoces al jefe del clan de vampiros de Nueva York?
—Nos vimos una vez, en el bosque de Brocelind —contestó Raphael, mirándola sin demasiado interés—. Es amiga del vampiro diur no.
—Tu misión —le dijo Praetor Scott a Jordan, como si éste pudiera haberlo olvidado.
Jordan frunció el cejo.
—¿Le ha pasado algo a Simon? —preguntó—. ¿Está bien?
—Esto no se refiere a él —respondió Raphael—, sino a la vampira renegada, Maureen Brown.
—¿Maureen? —exclamó Maia—. Pero si sólo tiene… ¿cuántos?, ¿trece años?
—Un vampiro renegado es un vampiro renegado —sentenció Raphael—. Y Maureen ha ido dejando todo un rastro por TriBeCa y el Lower East Side. Múltiples heridos y al menos seis muertos. Hemos conseguido cubrirlo, pero…
—Es la misión de Nick —informó Praetor Scott frunciendo el ceño—. Pero ha sido incapaz de localizarla. Quizá tengamos que enviar a alguien con más experiencia.
—Te insto a que lo hagas —repuso Raphael—. Si en este momento los cazadores de sombras no estuvieran tan concentrados en su propia… emergencia, sin duda ya se habrían implicado. Y lo que menos necesita el clan después del asunto con Camille son más críticas de los cazadores de sombras.
—¿Debo suponer que Camille también sigue sin aparecer? —preguntó Jordan—. Simon nos contó todo lo que había pasado la noche que Jace desapareció, y Maureen parecía estar cumpliendo la voluntad de Camille.
—Camille no ha sido creada recientemente, y por lo tanto no es de nuestra incumbencia —dijo Scott.
—Lo sé, pero… encontradla a ella y tal vez encontréis a Maureen, eso es lo único que digo —repuso Jordan.
—Si estuviera con Camille, no estaría matando al ritmo que lo hace —replicó Raphael—. Camille se lo impediría. Es sanguinaria, pero conoce al Cónclave y la Ley. Mantendría a Maureen y sus actividades lejos de su vista. No, el comportamiento de Maureen tiene todas las señales de un vampiro salvaje.
—Entonces, creo que tienes razón. —Jordan se apoyó en el respaldo de la silla—. Nick debería tener refuerzos para ocuparse de ella, o…
—¿O algo podría pasarle a él? En ese caso, quizá eso te ayude a centrarte más en el futuro —dijo Praetor Scott—. En tu propia misión.
Jordan se quedó boquiabierto.
—Simon no fue el responsable de transformar a Maureen —replicó—. Te dije…
Praetor Scott lo cortó con un gesto de la mano.
—Sí, ya lo sé, o te habríamos apartado de tu misión, Kyle. Pero tu sujeto la mordió, y durante tu vigilancia. Y fue su relación con el vampiro diurno, por distante que fuera, la que condujo finalmente a su transformación.
—El diurno es peligroso —dijo Raphael, con ojos brillantes—. Eso es lo que llevo diciendo desde siempre.
—No es peligroso —replicó Maia ferozmente—. Tiene buen corazón. —Vio que Jordan la miraba de reojo, pero fue tan rápido que se preguntó si lo habría imaginado.
—Bla, bla, bla —soltó Raphael, desdeñoso—. Vosotros, los licántropos, no podéis centraros en el asunto que nos ocupa. Confiaba en ti, Praetor, porque los subterráneos nuevos son tu departamento. Pero permitir que Maureen corra por ahí hace quedar mal a mi clan. Si no la encontráis pronto, llamaré a todos los vampiros de que pueda disponer. A fin de cuentas —sonrió y sus delicados incisivos refulgieron—, nos corresponde a nosotros matarla.
Una vez acabada la cena, Clary y Jace regresaron andando hacia el apartamento a través de una noche cubierta de niebla. Las calles estaban desiertas y el agua del canal brillaba como el cristal. Al torcer una esquina, se encontraron junto a un silencioso canal, flanqueado por casas cerradas. Las barcas cabeceaban suavemente sobre las ondas del agua, una media luna negra cada una.
Jace rió en silencio y avanzó, soltando la mano de la de Clary. Sus ojos se veían grandes y dorados bajo la luz de las farolas. Se arrodilló junto al canal, y ella vio un destello de plata blanca, una estela; una de las barcas se soltó de sus amarras y comenzó a ir hacia el centro del canal. Jace se volvió a guardar la estela en el cinturón, saltó y aterrizó suavemente sobre el asiento de madera en la proa de la barca. Le tendió la mano a Clary.
—Ven.
Ella le miró a él y luego a la barca, y negó con la cabeza. Sólo era un poco mayor que una canoa, pintada de negro, aunque la pintura estaba húmeda y levantada. Parecía tan ligera y frágil como un juguete. Se imaginó volcándola y acabando ambos en el canal.
—No puedo. La volcaré.
Jace meneó la cabeza con impaciencia.
—Sí que puedes —insistió—. Yo te he entrenado. —Para demostrarlo dio un paso atrás. Y se quedó de pie sobre el fino borde de la barca, al lado del soporte del remo. Miró a Clary con una sonrisa de medio lado. Según todas las leyes de la física, pensó ella, la barca, desequilibrada, debería estar volcándose de lado hacia el agua. Pero Jace se equilibraba allí, con la espalda recta, como si estuviera hecho de humo. Tras él estaba el fondo de agua y piedra, canales y puentes, ni un solo edificio moderno a la vista. Con su brillante cabello y su pose, podría haber sido algún príncipe del Renacimiento.
Le volvió a tender la mano.
—Recuerda. Eres tan ligera como quieras serlo.
Ella recordó. Horas de entrenamiento en cómo caer, cómo mantener el equilibrio, cómo aterrizar como había hecho Jace, igual que si fueras un poco de ceniza descendiendo suavemente. Clary tragó aire y saltó; el agua verdosa volaba bajo ella. Cayó sobre la proa de la barca, y se bamboleó un poco sobre el asiento de madera, pero se mantuvo firme.
Soltó el aire con un soplido de alivio y oyó a Jace reír mientras saltaba al fondo plano de la barca. Hacía agua. Una fina capa de agua cubría la madera. Él era como un palmo más alto que ella, y al estar ella sobre el asiento de la proa, sus cabezas estaban al mismo nivel.
Él le puso las manos en la cintura.
—¿Y adónde quieres ir? —le preguntó Jace.
Ella miró alrededor. Se habían alejado del margen del canal.
—¿Estamos robando una barca?
—Robar es una palabra muy fea —repuso él.
—¿Y cómo quieres llamarlo?
Él la alzó y le dio una vuelta antes de bajarla de nuevo.
—Un caso extremo de ir de tiendas.
Él la acercó más, y ella se tensó. Resbaló, y ambos acabaron sobre el fondo de la barca, que era plano y mojado, y olía a agua y madera mojada.
Clary se encontró sobre Jace, con una rodilla a cada lado de sus caderas. El agua empapaba la camisa del chico, pero a él no parecía importarle. Le rodeó el cuello con los brazos, y la camisa se le subió.