—Literalmente me has tumbado con la fuerza de tu pasión —observó él—. Buen trabajo, Fray.
—Sólo te has caído porque has querido. Te conozco —repuso ella. La luna brillaba sobre ellos como un foco, como si fueran las únicas personas bajo su luz—. No resbalas nunca.
Él le acarició el rostro.
—Quizá no resbale, pero caigo.
A Clary, el corazón le saltaba dentro del pecho, y tuvo que tragar antes de poder contestar, como si estuviera bromeando.
—Ésa puede ser tu peor chorrada de todos los tiempos.
—¿Y quién dice que sea una chorrada?
La barca cabeceó, y Clary se inclinó hacia delante, apoyando las manos en el pecho de Jace. Su cadera presionaba contra la de él, y le miró a los ojos, que perdieron su pícaro brillo dorado y se oscurecieron, al tiempo que la pupila se tragaba el iris. Podía verse a sí misma y el cielo nocturno en ellos.
Él se alzó apoyándose en un codo y le puso la otra mano en la nuca. Clary lo notó arquearse contra ella, rozándole los labios con los suyos, pero ella se apartó, sin aceptar el beso. Lo deseaba, lo deseaba tanto que sentía un agujero en su interior, como si el deseo la hubiera consumido por dentro. Por mucho que su cabeza dijera que ése no era Jace, no era su Jace, su cuerpo lo recordaba, su forma y su tacto, el olor de su piel y su cabello, y lo quería recuperar.
Ella sonrió contra la boca de él, como si lo estuviera tentando, y se movió de lado, acurrucándose junto a él sobre el fondo mojado de la barca. Él no protestó. La rodeó con un brazo. El balanceo de la barca bajo ellos era suave y arrullador. Clary tuvo ganas de apoyarle la cabeza en el hombro, pero no lo hizo.
—Vamos a la deriva —dijo.
—Lo sé. Quiero que veas una cosa.
Jace estaba mirando al cielo. La luna era una gran nube blanca, como una vela. El pecho de Jace subía y bajaba acompasadamente; enredó los dedos en el cabello de Clary. Ella estaba a su lado, esperando y observando mientras las estrellas se movían como un reloj astrológico, y se preguntó a qué estarían esperando. Al final lo oyó: un largo y lento ruido fluido, como el agua manando de un dique roto. El cielo se oscureció y se arremolinó mientras unas siluetas lo cruzaban a gran velocidad. Clary casi no podía distinguirlas a través de las nubes y la distancia, pero parecían hombres, con largos cabellos como cirros, montando caballos cuyos cascos relucían con el color de la sangre. El sonido de un cuerno de caza resonó en la noche, las estrellas temblaron y el cielo se plegó sobre sí mismo mientras los hombres se desvanecían tras la luna.
Clary dejó escapar el aliento lentamente.
—¿Qué ha sido eso?
—La Cacería Salvaje —contestó Jace. Su voz parecía distante y soñadora—. Los Sabuesos de Gabriel. La Multitud Furiosa. Tiene muchos nombres. Son hadas que desdeñan las cortes terrenales. Cabalgan por el cielo, en una cacería eterna. Una noche al año, un mortal puede unirse a ellos, pero una vez te has unido a la Cacería, no puedes dejarla.
—¿Y por qué querría alguien hacer eso?
Jace rodó sobre sí y de repente estuvo sobre Clary, presionándola contra el fondo de la barca. Ella casi ni se fijó en la humedad; notaba el calor manando de él en oleadas y vio que le ardían los ojos. Tenía una manera de apoyarse sobre ella que no la aplastaba, pero que al mismo tiempo le permitía notar todas las partes de él contra sí: la forma de las caderas, las costuras de los vaqueros y la marca de las cicatrices.
—Hay algo muy atractivo en esa idea —respondió él—. En perder totalmente el control, ¿no te parece?
Ella abrió la boca para responder, pero él ya la estaba besando. Clary lo había besado muchas veces, con besos suaves, intensos y desesperados, leves roces de labios que decían adiós, y besos que parecían durar horas, y ése no era diferente. De la misma manera que el recuerdo de alguien que ha vivido en una casa puede permanecer después de que esa persona se haya ido, como una especie de huella psíquica, su cuerpo «recordaba» a Jace. Recordaba su sabor, el ángulo de su boca sobre la de ella, las cicatrices de él bajo sus dedos y la forma del cuerpo bajo sus manos. Ella se olvidó de sus dudas y lo cogió para apretarlo contra sí.
Él rodó hacia un lado, sujetándola, al tiempo que la barca se balanceaba bajo ellos. Clary oía la salpicadura del agua mientras las manos de Jace le bajaban por el costado hasta la cintura y le acariciaba suavemente la sensible piel del final de la espalda. Trascurrieron infinitas eras, y sólo existía la boca de Jace sobre la de ella, el movimiento arrullador de la barca, las manos de él sobre su piel. Finalmente, después de lo que podrían haber sido horas o minutos, ella oyó a alguien gritar, una voz italiana enfadada, alzándose en la noche y cortando el silencio.
Jace se apartó, con una mirada perezosa y pesarosa.
—Será mejor que nos vayamos.
Clary lo miró, despistada.
—¿Por qué?
—Porque ése es el tipo al que le hemos robado la barca. —Jace se sentó y se bajó la camisa—. Y va a llamar a la policía.
11
Impútale todo pecado
Magnus dijo que no se podía utilizar electricidad durante la invocación de Azazel, así que el loft estaba iluminado únicamente con velas. Éstas ardían en un círculo en el centro de la sala, con diferentes alturas y brillos, aunque compartían una llama azul clara similar.
Dentro del círculo, Magnus había dibujado un pentagrama usando un palo de serbal, con el que había quemado triángulos solapados en el suelo. Entre los espacios formados por el pentagrama había símbolos diferentes de todos los que Simon había visto antes; no eran letras exactamente, ni tampoco runas, pero exudaban una fría sensación de amenaza, a pesar del calor de las llamas de las velas.
En el exterior había oscurecido, la clase de oscuridad que producían los atardeceres tempranos del inminente invierno. Isabelle, Alec, Simon y finalmente Magnus, que estaba salmodiando en alto lo que leía en Ritos prohibidos, se hallaban cada uno situado en un punto cardinal alrededor del círculo. La voz de Magnus subía y bajaba, y las palabras en latín parecían una plegaria, pero invertida y siniestra.
Las llamas se alzaron y los símbolos tallados en el suelo comenzaron a arder negros. Presidente Miau, que había estado observando desde un rincón de la habitación, se erizó y huyó entre las sombras. Las llamas azul claro crecieron, y Simon casi no podía ver a Magnus a través de ellas. La sala se estaba calentando; el brujo salmodiaba más de prisa, el cabello oscuro se le rizaba con el calor húmedo, el sudor le brillaba en los pómulos.
—Quod tumeraris: per Jehovam, Gehennam, et consecratam aquam quam nunc spargo, signumque crucis quod nunc facio, et per vota nostra, ipse nunc surgat nobis dicatus Azazel!
Hubo un estallido de fuego en el centro del pentagrama, y se alzó una espesa columna de humo negro, que se fue disipando lentamente por la sala, haciendo que todos menos Simon tosieran y se atragantaran. Giró como un torbellino, y se fue fusionando lentamente en el centro del pentagrama hasta que adoptó la forma de un hombre.
Simon parpadeó. No estaba seguro de qué se esperaba, pero no era eso. Un hombre alto de cabello de color caoba, ni joven ni viejo; un rostro sin edad, inhumano y frío. De espalda ancha, vestido con un traje negro de buen corte y lustrosos zapatos negros. Alrededor de cada muñeca tenía un surco rojo oscuro, las marcas de algún tipo de sujeción, cuerda o metal, que le había ido mordiendo la piel durante muchos años. En sus ojos danzaban llamas rojas.
Habló.
—¿Quién invoca a Azazel? —Y su voz era como de metal que rascase contra metal.
—Yo. —El brujo cerró con firmeza el libro que sujetaba—. Magnus Bane.
Azazel inclinó lentamente la cabeza hacia él. La cabeza pareció girarle de una forma antinatural sobre el cuello, como la de una serpiente.