Выбрать главу

—Brujo —dijo—. Sé quién eres.

Magnus arqueó las cejas.

—¿Lo sabes?

—Invocador. Represor. Destructor del demonio Marbas. Hijo de…

—Bueno —lo interrumpió el otro rápidamente—. No hace falta entrar en todo eso.

—Pero ahí está. —Azazel parecía razonable, incluso divertido—. Si lo que requieres es asistencia infernal, ¿por qué no invocas a tu padre?

Alec miró a su novio boquiabierto. Simon se compadeció de él. No creía que ninguno hubiera pensado que Magnus supiera quién era su padre, aparte de que habría sido algún demonio que habría engañado a su madre haciéndole creer que era su esposo. Era evidente que Alec no sabía más de eso que el resto de ellos, lo que, según suponía el vampiro, probablemente era algo que no le hacía mucha gracia.

—Mi padre y yo no nos llevamos muy bien —repuso Magnus—. Preferiría no implicarlo.

Azazel alzó las manos.

—Como digas, «amo». Me dominas con el sello. ¿Cuál es tu petición?

Magnus no dijo nada, pero por la expresión del rostro de Azazel resultaba evidente que el brujo le estaba hablando en silencio, de mente a mente. Las llamas saltaban y bailaban en los ojos del demonio, como niños ansiosos escuchando un cuento.

—Muy lista, Lilith —dijo el demonio al final—. Alzar a un chico de la muerte, y asegurar su vida ligándolo a alguien a quien no soportaríais matar. Siempre fue mejor manipulando las emociones humanas que la mayoría de nosotros. Quizá porque una vez fue algo casi humano.

—¿Existe alguna manera? —Magnus parecía impaciente—. ¿Es posible romper el lazo que los une?

Azazel negó con la cabeza.

—No sin matarlos a los dos.

—Entonces, ¿no hay manera de matar a Sebastian sin matar a Jace? —Era Isabelle, ansiosa; el brujo le lanzó una mirada para que callara.

—No con ninguna arma que yo pueda crear, o que tenga a mi disposición —contestó Azazel—. Sólo puedo fabricar armas cuya adscripción sea demoníaca. Un rayo lanzado por la mano de un ángel tal vez podría quemar la maldad que hay en el hijo de Valentine y, o bien romper su unión, o bien hacer que sea de una carácter más benevolente. Si puedo sugerir algo…

—Oh —dijo Magnus, entrecerrando los ojos—. Hazlo, por favor.

—Se me ocurre una solución más simple que separará a los dos chicos, mantendrá vivo al vuestro y neutralizará el peligro del otro. Y pediré muy poco a cambio.

—Eres mi sirviente —replicó el brujo—. Si deseas abandonar este pentagrama, harás lo que te diga, sin pedir favores a cambio.

Azazel siseó, y salieron llamas de sus labios.

—Si no estoy atado aquí, estoy atado allí. Para mí hay muy poca diferencia.

—«Porque esto es el Infierno, no he salido de él» —dijo Magnus, con el aire de alguien que citara un viejo proverbio.

Azazel mostró una sonrisa metálica.

—Quizá no seas tan orgulloso como el viejo Fausto, brujo, pero eres impaciente. Estoy seguro de que mi disposición a permanecer en este pentagrama superará con mucho tu deseo de vigilarme dentro de él.

—Oh, no lo sé —replicó Magnus—. Siempre he sido muy atrevido en lo que se refiere a decoración, y tenerte aquí añade un pequeño toque extra a esta sala.

—¡Magnus! —soltó Alec, a quien le desagradaba de manera ostensible la idea de que un demonio inmortal se aposentara en el loft de su novio.

—¿Celos, pequeño cazador de sombras? —Azazel sonrió malicioso—. Tu brujo no es mi tipo, y además, no querría para nada ha cer enfadar a su…

—Basta —le cortó Magnus—. Dinos qué «muy poco» pides a cambio de tu plan.

Azazel juntó las puntas de los dedos, dedos de artesano, del color de la sangre, acabados en uñas negras.

—Un recuerdo feliz —contestó—. Uno de cada uno. Algo para entretenerme mientras estoy atado como Prometeo a su roca.

—¿Un recuerdo? —exclamó Isabelle perpleja—. ¿Quieres decir que se desvanecerá de nuestras cabezas? ¿Que no lo podremos recordar nunca más?

Azazel la miró a través de las llamas, entrecerrando los ojos.

—¿Qué eres, pequeña? ¿Una nefilim? Sí, cogeré vuestro recuerdo y será mío. No seguiréis sabiendo que os ocurrió a vosotros. Aunque, por favor, evitad darme recuerdos de los demonios que habéis masacrado a la luz de la luna. No es la clase de cosa que me guste. No, quiero que esos recuerdos sean… personales. —Sonrió, y sus dientes destellaron como una verja de hierro.

—Soy viejo —dijo Magnus—. Tengo muchos recuerdos. Renunciaré a uno si hace falta. Pero no puedo hablar por vosotros. Nadie debería verse obligado a renunciar a algo así.

—Lo haré —repuso Isabelle al instante—. Por Jace.

—Yo también, claro —indicó Alec.

Y entonces le llegó el turno a Simon. De repente pensó en Jace, cortándose la muñeca para darle su sangre en la pequeña cabina del bote de Valentine. Arriesgando su propia vida por la de Simon. Quizá en el fondo lo hiciera por Clary pero, aun así, estaba en deuda con él.

—Me apunto.

—Bien —dijo Magnus—. Tratad de pensar en recuerdos felices. De ben ser realmente felices. Algo que os guste recordar. —Echó una agria mirada al satisfecho demonio dentro del pentagrama.

—Estoy lista —avisó Isabelle. Tenía los ojos cerrados y la espalda tensa como si se preparara para algo doloroso. Magnus se acercó a ella y le puso los dedos en la frente, murmurando en voz muy baja.

Alec observó a su novio con su hermana, apretando la boca, y luego cerró los ojos. Simon también los cerró, deprisa, y trató de buscar un recuerdo feliz, ¿algo que tuviera que ver con Clary? Pero tantos de sus recuerdos estaban teñidos con su preocupación por su bienestar… ¿Algo de cuando era muy pequeño? Una imagen se le vino a la cabeza: un día caluroso de verano en Coney Island, él sobre los hombros de su padre, Rebecca corriendo tras ellos, con un puñado de globos en la mano. Mirando al cielo, tratando de buscar formas en las nubes, y el sonido de la risa de su madre.

«No —pensó—, eso no. No quiero perder ése…»

Notó un frío tacto en la frente. Abrió los ojos y vio a Magnus bajando la mano. Simon lo miró parpadeando; de repente tenía la mente en blanco.

—Pero no estaba pensando en nada —protestó.

Los ojos de gato de el brujo eran tristes.

—Sí, sí que pensabas.

Simon miró por la sala, un poco mareado. Los otros parecían estar igual, como si acabaran de despertarse de un sueño extraño; su mirada se encontró con la de Isabelle, vio el oscuro parpadeo de sus pestañas, y se preguntó en qué habría pensado ella, a qué alegría habría renunciado.

Un grave retumbo en el centro del pentagrama le hizo apartar la mirada de Izzy. Azazel se hallaba tan cerca del borde del pentagrama como podía, y un lento rugido de ansia le salía del cuello. Magnus se volvió hacia él y lo miró con desprecio. Cerró el puño, y algo pareció brillarle entre los dedos, como si sujetara una piedra de luz mágica. Lo lanzó, rápido y ladeado, hacia el centro del pentagrama. La visión de vampiro de Simon pudo seguirlo. Era una gota de luz que se extendió al volar, y que formó un círculo que contenía múltiples imágenes. Simon vio un trozo de océano azul, el borde de un vestido de satén que se acampanaba al girar quien lo llevaba, un destello del rostro de Magnus, un niño de ojos azules, y luego Azazel abrió los brazos y el círculo de imágenes se desvaneció en su cuerpo, como un resto de basura suelto absorbido por el fuselaje de un jet.

Azazel ahogó un grito. Sus ojos, que habían estado despidiendo lenguas de llamas rojas, ardieron como hogueras, y su voz crepitó al hablar.

—Ahhhh. Delicioso.

—Ahora tu parte del trato —exigió Magnus con firmeza.

El demonio se lamió los labios.

—La solución a vuestro problema es ésta. Me dejáis libre por el mundo, y me llevo al hijo de Valentine vivo al infierno. No morirá, y por lo tanto vuestro Jace vivirá, pero habrá dejado atrás este mundo, y la conexión irá consumiéndose lentamente. Recuperaréis a vuestro amigo.