—¿Y luego qué? —preguntó Magnus midiendo sus palabras—. Te dejamos libre por el mundo…, ¿y luego vuelves y te dejas atar de nuevo?
Azazel rió.
—Claro que no, brujo estúpido. El precio por el favor es mi libertad.
—¿Libertad? —exclamó Alec, incrédulo—. ¿Un Príncipe del Infierno libre por el mundo? Ya te hemos dado nuestros recuerdos…
—Los recuerdos eran el precio que habéis pagado por oír mi plan —contestó Azazel—. Mi libertad es lo que pagaréis para que lo lleve a cabo.
—Esto es un engaño, y lo sabes —replicó Magnus—. Pides lo imposible.
—Y tú también —repuso Azazel—. Por derecho, vuestro amigo está perdido para siempre. «Porque cuando un hombre hiciere voto al Señor, o hiciere juramento ligando su alma con obligación, no violará su palabra: hará conforme a todo lo que salió de su boca.» Y según el hechizo de Lilith, sus almas están unidas, y ambos lo aceptaron.
—Jace nunca lo habría aceptado… —comenzó Alec.
—Dijo las palabras —afirmó Azazel—. De propia voluntad o bajo coacción, eso no importa. Me estáis pidiendo que rompa un lazo que sólo el Cielo puede romper. Pero el Cielo no os ayudará; lo sabéis tan bien como yo. Por eso los hombres invocan a los demonios y no a los ángeles, ¿no es cierto? Ése es el precio que pagaréis por mi intervención. Si no queréis pagarlo, entonces debéis aceptar que lo habéis perdido.
El rostro de Magnus estaba pálido y tenso.
—Conversaremos entre nosotros y discutiremos si tu oferta es aceptable. Mientras tanto: Desaparece. —Agitó la mano, y Azazel desapareció, dejando detrás el olor a madera quemada.
Las cuatro personas de la habitación se quedaron mirándose incrédulas.
—Lo que está pidiendo no es posible, ¿verdad? —preguntó Alec por fin.
—En teoría, cualquier cosa es posible —contestó Magnus, mirando al frente como si contemplara el abismo—. Pero soltar a un Demonio Mayor en el mundo, y no sólo un Demonio Mayor sino un Príncipe del Infierno, sólo por debajo del propio Lucifer… la destrucción que causaría…
—¿No es posible —inquirió Isabelle— que Sebastian pudiera causar una destrucción igual?
—Como ha dicho Magnus —intervino Simon en un tono amargo—, todo es posible.
—No podría haber crimen peor a ojos de la Clave —indicó—. Quien soltara a Azazel por el mundo se convertiría en un criminal buscado.
—Pero si fuera para destruir a Sebastian… —empezó Isabelle.
—No tenemos ninguna prueba de que Sebastian esté planeando nada —repuso Magnus—. Por lo que sabemos, todo lo que quiere es vivir tranquilamente en una casita de campo cerca de Idris.
—¿Con Clary y Jace? —dijo Alec, incrédulo.
Magnus se encogió de hombros.
—¿Quién sabe lo que quiere de ellos? Tal vez se sienta solo.
—Es imposible que se llevara a Jace de aquel tejado sólo porque necesita desesperadamente un amigo íntimo —afirmó Isabelle—. Está planeando algo.
Todos miraron a Simon.
—Clary está tratando de averiguar qué. Necesita tiempo, Y no me digáis: «No tenemos tiempo» —añadió—. Ella ya lo sabe.
Alec se pasó una mano por el cabello oscuro.
—Bien, pero hemos perdido todo un día. Un día que no tenemos. Basta de ideas estúpidas. —Su voz era extrañamente cortante.
—Alec —dijo Magnus. Le puso una mano en el hombro; Alec estaba quieto, mirando enfadado al suelo—. ¿Estás bien?
El chico lo miró.
—¿Y quién eres tú?
El brujo lanzó un grito ahogado; parecía realmente nervioso. Simon nunca recordaba haberlo visto así. Sólo duró un momento, pero ahí estaba.
—¡Alexander! —exclamó Magnus.
—Supongo que es demasiado pronto para hacer bromas sobre eso del recuerdo feliz —respondió Alec.
—¿Te parece? —Su novio alzó la voz.
Pero antes de que pudiera decir nada más, la puerta se abrió, y Maia y Jordan entraron. Tenían las mejillas enrojecidas por el frío, y ella llevaba la chaqueta de cuero de él, lo que sorprendió a Simon.
—Venimos directamente de la comisaría —explicó ella excitada—. Luke aún no ha despertado, pero parece que se va a poner bien… —Calló de golpe al ver el pentagrama, aún brillante, las nubes de humo negro y los trozos requemados del suelo—. Vale, ¿qué habéis estado haciendo vosotros?
Con un pequeño glamour y la habilidad de Jace para subirse a un viejo puente curvo con sólo un brazo, Clary y él escaparon corriendo de la policía italiana sin ser arrestados. Cuando se detuvieron, se dejaron caer contra una pared, riendo, hombro con hombro, con las manos entrelazadas. Clary sintió un momento de felicidad pura y simple, y tuvo que ocultar el rostro en el hombro de Jace, recordándose, con su dura vocecilla interna, que «ése no era él», antes de que su risa se trasformara en silencio.
Jace pareció interpretar su súbito mutismo como señal de que estaba cansada. Le cogió la mano con suavidad mientras regresaban a la calle desde donde habían comenzado su paseo, con el estrecho canal con puentes a ambos extremos. Entre ellos, Clary reconoció la casa sin ningún rasgo destacable de la que habían salido. Sintió un escalofrío por todo el cuerpo.
—¿Frío? —Jace la acercó a él y la besó; era mucho más alto que ella, y o bien tenía que inclinarse o bien alzarla; en ese caso hizo esto último, y ella contuvo un grito ahogado cuando él la alzó y la pasó a través de la pared de la casa.
La dejó en el suelo y de una patada cerró la puerta, que había aparecido de repente detrás de ellos, y estaba a punto de sacarse la chaqueta cuando se oyó una risita apagada.
Clary se apartó de Jace mientras se encendían luces alrededor. Sebastian estaba sentado en el sofá, con los pies sobre la mesita de centro. Tenía el cabello revuelto y los ojos de un negro vidrioso. Tampoco estaba solo. Había dos chicas, una a cada lado de él. Una era rubia e iba ligera de ropa, con sólo una falda muy corta y reluciente, y un top cogido al cuello. Tenía la mano abierta sobre el pecho de Sebastian. La otra era más joven, con un aspecto más dulce; el cabello corto y negro, una cinta de terciopelo negro en la cabeza y un vestido negro de encaje.
Clary se puso tensa.
«Vampira», pensó.
No sabía cómo lo sabía, pero lo sabía; si era por el brillo ceroso de la blanca piel de la chica morena o la infinita profundidad de sus ojos, o quizá Clary estuviera aprendiendo a notar esas cosas, como se suponía que las notaban los cazadores de sombras. La chica supo que ella lo sabía; Clary lo notó. La chica sonrió, mostrando sus dientecitos puntiagudos, y luego se inclinó para pasárselos a Sebastian por la clavícula. Él parpadeó, con las pestañas claras cubriendo los ojos oscuros. Miró a Clary, sin prestar atención a Jace.
—¿Has disfrutado de tu cita?
Ella deseó poderle replicar con algo grosero, pero sólo asintió con la cabeza.
—Bueno, entonces ¿te gustaría unirte a nosotros? —preguntó, abarcando a las chicas y a él con un gesto—. ¿Para una copa?
La chica morena rió y le preguntó algo a Sebastian en italiano.
—No —contestó éste—. Lei è mia sorella.
La chica se recostó en el asiento, decepcionada. Clary tenía la boca seca. De repente, notó la mano de Jace contra la suya, sus callosos dedos.
—Creo que no —contestó él—. Nos vamos arriba. Nos vemos por la mañana.
Sebastian agitó los dedos, y el anillo Morgenstern que llevaba en la mano destelló como una señal de fuego.
—Ci vediamo.
Jace condujo a Clary fuera de la sala y por la escalera de vidrio; sólo cuando se hallaron en el pasillo, ella notó que había recuperado el aliento. Ese Jace diferente era una cosa. Sebastian, otra totalmente distinta. La sensación de amenaza que emanaba era como el humo de un fuego.