—¿Te marchas?
—Bueno, no planeaba quedarme para toda la eternidad —respondió Simon—. Quiero decir, anoche fue… diferente. Me pediste…
—Bien —le cortó ella en un tono inusualmente animado—. Bueno, al menos puede llevarte Jordan. Por cierto, ¿te has fijado en Maia y él?
—¿Fijarme en qué?
Isabelle bajó la voz.
—Sin duda, entre ellos ha pasado algo durante su viajecito. Ahora parecen una pareja.
—Bueno, eso está bien.
—¿Tienes celos?
—¿Celos? —repitió Simon, confuso.
—Bueno, Maia y tú… —Agitó una mano, mirándolo con los ojos entornados—. Erais…
—Oh, no, no, en absoluto. Me alegro por Jordan. Eso le hará muy feliz. —Y lo decía de corazón.
—Bien. —Entonces, Isabelle alzó el rostro, y él vio que tenía las mejillas arreboladas, y no sólo por el frío—. ¿Te quedarás aquí esta noche, Simon?
—¿Contigo?
Ella asintió, sin mirarlo.
—Alec va a ir al Instituto a buscar más ropa. Me ha preguntado si quería ir con él, pero prefiero… prefiero quedarme aquí contigo. —Alzó la barbilla y lo miró directamente—. No quiero dormir sola. Si me quedo aquí, ¿te quedarás conmigo?
Simon notó lo mucho que le molestaba pedirlo.
—Claro —contestó él, dándole toda la poca importancia que pudo, y al mismo tiempo, se sacó la idea del hambre de la cabeza, o al menos lo intentó. La última vez que había tratado de olvidar beber, había acabado con Jordan apartándolo de una Maureen semiinconsciente.
Pero aquello había sido cuando llevaba días sin comer. Esa vez era diferente. Conocía sus límites. Estaba seguro.
—Claro —repitió—. Me encantará.
Camille sonrió sarcástica mirando a Alec desde el diván.
—¿Y dónde cree Magnus que estás ahora?
Alec, que había colocado una tabla de madera sobre dos ladrillos para hacer una especie de banco, estiró las largas piernas y se miró las botas.
—En el Instituto, cogiendo ropa. Iba a ir por Spanish Harlem, pero al final he venido por aquí.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Y por qué?
—Porque no puedo hacerlo. No puedo matar a Raphael.
Camille echó las manos al cielo.
—¿Y por qué no puedes? ¿Acaso tienes algún tipo de lazo personal con él?
—Casi ni lo conozco —contestó Alec—. Pero matarlo es violar deliberadamente la Ley de los Acuerdos. No es que no haya roto Leyes antes, pero hay una diferencia entre romperlas por una buena razón o romperlas por una razón egoísta.
—Oh, Dios santo. —Camille comenzó a ir de un lado a otro—. ¡Líbrame de los nefilim con conciencia!
—Lo siento.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Lo sientes? Ya te daré yo… —Se interrumpió—. Alexander —continuó en una voz más calmada—, ¿y qué hay de Magnus? Si continúas como hasta ahora, lo perderás.
Alec la observó mientras paseaba inquieta, felina y compuesta, con el rostro carente de cualquier expresión excepto de una curiosa compasión.
—¿Dónde nació Magnus?
Camille se echó a reír.
—¿Ni siquiera sabes eso? Dios. En Batavia, si quieres saberlo. —Ella soltó un bufido burlón al ver la cara de incomprensión de Alec—. Indonesia. Claro que entonces eran la Indias Orientales Neerlandesas. Su madre fue una nativa, me parece, y su padre, algún aburrido colono. Bueno, no su auténtico padre. —Los labios se le curvaron en una sonrisa.
—¿Quién era su auténtico padre?
—¿El padre de Magnus? Bueno…, un demonio, claro.
—Sí, pero ¿qué demonio?
—¿Y qué puede importar eso, Alexander?
—Tengo la sensación —continuó Alex, terco—, que es un demonio muy poderoso y de gran rango. Pero Magnus no quiere hablar de él.
Camille se dejó caer en el diván, suspirando.
—Bueno, claro que no. En una relación se debe conservar cierto misterio, Alexander Lightwood. Un libro que aún no se ha leído es siempre más atractivo que uno que te sabes de memoria.
—¿Quieres decir que le explico demasiado? —Alec se abalanzó sobre esa especie de consejo. En algún lugar, dentro de la cáscara fría y hermosa de una mujer, estaba alguien que había compartido una experiencia única con éclass="underline" la de amar y ser amado por Magnus. Sin duda, ella debía de saber algo, algún secreto, alguna clave que evitaría que él lo fastidiara todo.
—Casi sin duda. Aunque llevas viviendo tan poco tiempo que no puedo imaginar cuánto tendrás para contarle. Sin duda te debes de haber quedado ya sin anécdotas.
—Bueno, a mí me parece que tu política de no contarle nada tampoco funcionó.
—No estaba tan interesada en conservarlo como tú.
—Bueno, si hubieras estado interesada en conservarlo —preguntó Alec, sabiendo que era una mala idea, pero incapaz de evitarlo—, ¿qué habrías hecho diferente?
Camille suspiró con gesto teatral.
—Lo que tú eres demasiado joven para comprender, es que todos ocultamos cosas. Se las ocultamos a nuestros amantes porque queremos mostrarles lo mejor de nosotros mismos, pero también porque si el amor es auténtico, esperamos que nuestro amado lo entienda, sin necesidad de preguntar. En una verdadera pareja, de las que duran años, siempre hay una comunión tácita.
—Pe… pero —tartamudeó Alec—, creía que le gustaría que fuera abierto con él. Quiero decir, me cuesta mucho abrirme con la gente, incluso con las personas a quienes conozco de toda la vida, como Isabelle o Jace…
Camille resopló con desprecio.
—Eso es otra cosa —repuso—. Cuando has encontrado a tu verdadero amor, no necesitas a más gente en tu vida. No me sorprende que Magnus crea que no puede ser abierto contigo, cuando te apoyas tanto en esa otra gente. Cuando el amor es verdadero, deberías satisfacer todos los deseos del otro, todas sus necesidades… ¿Me estás escuchando, joven Alexander? Porque mi consejo es muy valioso y no lo doy a menudo…
La sala estaba llena de la luz traslúcida del amanecer. Clary se sentó y observó cómo dormía Jace. Él estaba de lado, su cabello se veía de color bronce claro en el aire azulado. Tenía la mejilla sobre la mano, como un niño. La cicatriz en forma de estrella en su hombro estaba al descubierto, y también los dibujos de viejas runas a lo largo de los brazos, la espalda y los costados.
Clary se preguntó si otra gente consideraría esas cicatrices tan hermosas como ella, o si sólo las veía así porque lo amaba y eran parte de él. Cada una contaba la historia de un momento. Algunas hasta le habían salvado la vida.
Él murmuró algo en su sueño y se volvió de espaldas. Tenía mano con la runa de visión clara y negra sobre el dorso abierta sobre el vientre, y por encima de ella se hallaba la única runa que Clary no encontraba hermosa: la runa de Lilith, la que lo había unido a Sebastian.
Parecía latir, como el rubí del collar de Isabelle, como un segundo corazón.
Silenciosa como un gato, Clary se puso de rodillas sobre la cama. Extendió el brazo y cogió la daga Herondale de la pared. La foto de Jace y ella se soltó y revoloteó en el aire antes de caer boca abajo en el suelo.
Clary tragó saliva y volvió a mirar a Jace. Incluso en ese momento, estaba tan vivo, parecía resplandecer desde dentro como iluminado por un fuego interior. La cicatriz del pecho palpitaba con un latido continuo.
Clary alzó el cuchillo.
Clary se despertó sobresaltada, con el corazón golpeándole el pecho. La habitación le dio vueltas como un carrusel; aún era de noche, y el brazo de Jace la rodeaba; notaba su aliento cálido contra su nuca, podía notar los latidos de su corazón contra la espalda. Cerró los ojos y tragó el sabor amargo que notaba en la boca.
Había sido un sueño. Sólo un sueño.
Pero ya no podría volver a dormirse. Se incorporó con cuidado, apartó despacio el brazo de Jace y bajó de la cama.