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El suelo estaba helado, y Clary hizo una mueca cuando lo tocó con los pies descalzos. En la media luz, encontró el pomo de la puerta del dormitorio y la abrió. Y se quedó helada.

Aunque no había ventanas en el pasillo, estaba iluminado por arañas colgantes. Charcos de algo que parecía oscuro y pegajoso manchaban el suelo. A lo largo de una de las paredes blancas se veía la clara marca de una mano ensangrentada. La sangre salpicaba la pared a intervalos, dirigiéndose hacia la escalera, donde había una única mancha larga y negra.

Clary miró hacia el dormitorio de Sebastian. Estaba en silencio, con la puerta cerrada, y no se veía ninguna luz por la rendija de abajo. Pensó en la chica rubia con el top cogido al cuello que contemplaba a Sebastian. De nuevo miró la huella de la mano ensangrentada. Era como un mensaje, una mano alzada, que le dijese «Detente».

Y entonces, se abrió la puerta de su hermano.

Él salió del cuarto. Llevaba una camiseta térmica sobre unos pantalones negros, y el cabello, blanco plata, estaba revuelto. Bostezaba; se sobresaltó cuando la vio, y una expresión de auténtica sorpresa le cruzó el rostro.

—¿Qué haces levantada?

Clary tragó aire. Sabía metálico.

—¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estás haciendo tú?

—Ir abajo a buscar unas toallas para limpiar este estropicio —dijo como lo más normal del mundo—. Vampiros y sus jueguecitos…

—Esto no parece el resultado de ningún juego —replicó Clary—. Y a la chica, la chica humana que estaba contigo, ¿qué le ha pasado?

—Se asustó un poco al ver los colmillos. A veces pasa. —Al ver la expresión de Clary, se puso a reír—. Vino ella. Quería más. Ahora esta durmiendo en mi cama, si quieres comprobar que está viva.

—No… no es necesario. —Clary bajó la mirada. Le gustaría haberse acostado con algo más que con el camisón de seda. Se sentía desnuda—. ¿Y tú qué?

—¿Me estás preguntando si estoy bien? —inquirió Sebastian. No era ésa la intención de Clary, pero él parecía complacido. Se apartó el cuello de la camisa, y Clary vio dos marcas limpias de pinchazos junto a la clavícula—. Me iría bien un iratze.

Clary no dijo nada.

—Ven abajo —repuso él, y mientras pasaba ante ella, descalzo, le hizo un gesto para que lo siguiera por la escalera de vidrio. Al cabo de un instante, ella hizo lo que le pedía. Al pasar, él encendió las luces, y cuando llegaron a la cocina, estaba iluminada por una luz cálida—. ¿Vino? —preguntó él, mientras abría la puerta de la nevera.

Ella se sentó en uno de los taburetes junto a la barra de la cocina, alisándose el camisón.

—Sólo agua.

Lo observó servir dos vasos de agua mineral, uno para ella y otro para él. Su elegante economía de movimientos era igual que la de Jocelyn, pero el control con el que se movía debía de haberle sido inculcado por Valentine. Le recordaba la forma en que se movía Jace, como un bailarín muy bien entrenado.

Él le acercó el agua con una mano y con la otra se llevó el vaso a los labios. Cuando hubo bebido, dejó el vaso sobre la barra con un golpe.

—Probablemente ya lo sabes, pero hacer el tonto con vampiros da mucha sed.

—¿Y por qué voy a saberlo? —La pregunta le salió más seca de lo que pretendía.

Sebastian se encogió de hombros.

—Me imaginaba que habrías jugado un poco a los mordiscos con ese vampiro diurno.

—Simon y yo nunca hemos «jugado a los mordiscos» —replicó ella en un tono gélido—. Lo cierto es que no me puedo imaginar que alguien quiera que un vampiro se alimente de él a propósito. ¿Tú no odias y desprecias a los subterráneos?

—No —contestó él—. No me confundas con Valentine.

—Sí —masculló ella—. Un error difícil de cometer.

—No es culpa mía que yo sea igual que él y tú seas igual que ella. —Curvó la boca en un gesto de desprecio al pensar en Jocelyn. Clary lo miró con el ceño fruncido—. ¿Ves?, ahí estás. Siempre me estás mirando así.

—¿Así, cómo?

—Como si quemara refugios de animales para divertirme y le ofreciera tabaco a los huerfanitos. —Se sirvió otro vaso de agua. Cuando él volvió la cabeza, Clary vio que las marcas de pinchazos en el cuello ya estaban comenzando a sanar.

—Mataste a un niño —dijo ella con sequedad, y al momento de decirlo supo que debería haberse quedado con la boca cerrada y seguir fingiendo que no pensaba que Sebastian era un monstruo. Max estaba vivo en su cabeza como si fuera la primera vez que lo veía, dormido en un sofá del Instituto con un libro en el regazo y las gafas torcidas en su pequeño rostro—. Eso es algo que no podré perdonarte nunca.

Sebastian respiró hondo.

—Así que es eso —repuso—. ¿Pones tan pronto las cartas sobre la mesa, hermanita?

—¿Qué pensabas? —Su voz le sonó débil y cansada incluso a ella misma, pero él se encogió como si ella le hubiera gritado.

—¿Me creerías si te dijera que eso fue un accidente? —preguntó, mientras dejaba el vaso en la barra—. No quería matarlo. Sólo dejarlo inconsciente, para que no pudiera contar…

Clary lo hizo callar con una mirada. Sabía que no podría ocultar el odio en sus ojos; sabía que debía hacerlo; sabía que era imposible.

—Lo digo en serio. Sólo pretendía dejarlo inconsciente, como hice con Isabelle. Juzgué mal mi propia fuerza.

—¿Y Sebastian Verlac? ¿El auténtico? Lo mataste, ¿verdad?

Su hermano se miró las manos como si no se las reconociera: en la muñeca derecha llevaba una cadena de plata que sujetaba una placa plana de metal, como un nomeolvides; ocultaba la cicatriz por donde Isabelle le había cortado la mano.

—Se suponía que no iba a resistirse…

Asqueada, Clary comenzó a bajar del taburete, pero Sebastian la cogió por la muñeca y tiró de ella hacia sí. Le notó la piel, caliente contra la de ella, y recordó, en Idris, la vez que su tacto la había quemado.

—Jonathan Morgenstern mató a Max. Pero ¿y si no soy la misma persona? ¿No has notado que ni uso el mismo nombre?

—Suéltame.

—Crees que Jace es diferente —continuó diciendo Sebastian a media voz—. Crees que no es la misma persona, y que mi sangre lo ha cambiado. ¿No es cierto?

Ella asintió sin hablar.

—Entonces, ¿por qué es tan difícil de creer que pueda pasar al revés? Quizá su sangre me haya cambiado a mí. Tal vez ya no sea la misma persona que era.

—Apuñalaste a Luke —replicó ella—. Alguien que me importa. Alguien a quien quiero…

—Estaba a punto de hacerme pedazos con esa escopeta —respondió Sebastian—. Tú lo quieres, y yo no lo conozco. Estaba salvándome la vida, y la de Jace. ¿De verdad que no lo entiendes?

—Y tal vez sólo estás diciendo lo que crees que tienes que decir para que confíe en ti.

—¿A la persona que yo era antes le importaría que confiaras en mí o no?

—Si quisieras algo…

—Quizá sólo quiera a mi hermana.

Al oír eso, Clary lo miró a los ojos, involuntariamente, con gesto de incredulidad.

—No sabes lo que es la familia —replicó ella—. O qué hacer con una hermana, si tuvieras una.

—Tengo una —dijo él en voz baja. Había manchas de sangre en el cuello de su camisa, donde le rozaba la piel—. Te estoy dando una oportunidad. Para que veas que lo que estamos haciendo Jace y yo es lo correcto. ¿Puedes darme tú una oportunidad?

Ella pensó en el Sebastian que había conocido en Idris. Había sido divertido, amable, distante, irónico, intenso, enfadado. Pero nunca había sido de los que rogaban nada.

—Jace confía en ti —continuó él—. Pero yo no. Cree que lo amas lo suficiente para tirar por la borda todo lo que alguna vez has valorado o en lo que alguna vez has creído para venir y estar con él. Sin importar el qué.

Ella tensó el mentón.

—¿Y cómo sabes tú si no lo haría?

Él se puso a reír.

—Porque eres mi hermana.