—Jace está enamorado de la idea de morir —repuso Isabelle—. Yo no.
Ella le colgó una pierna sobre las caderas (era sorprendentemente flexible) y se deslizó hacia él hasta que pudo rozarle los labios con los suyos. Simon quería besarla, lo quería tanto que todo el cuerpo le dolía. Abrió la boca de manera tentadora, le tocó la lengua con la suya, y notó un dolor agudo. Había pasado la lengua por el afilado borde de sus colmillos. Notó el sabor de su propia sangre y se apartó de golpe, volviendo el rostro al otro lado.
—Isabelle, no puedo. —Cerró los ojos. La notaba cálida y suave sobre su regazo, tentadora, torturante. Los colmillos le dolían mucho; notaba todo el cuerpo como si le estuvieran retorciendo afilados alambres por las venas—. No quiero que me veas así.
—Simon. —Isabelle le tocó la mejilla con suavidad, haciéndole volver la cara—. Tú eres así…
Los colmillos se le habían escondido, lentamente, pero aún le dolían. Escondió el rostro tras las manos y habló entre los dedos.
—Es imposible que quieras esto. Es imposible que me quieras a mí. Tu propia madre me echó de la casa. Mordí a Maureen; era sólo una niña. Quiero decir, mírame, mira lo que soy, dónde vivo, y lo que hago. No soy nada.
Isabelle le acarició el cabello. Él la miró a través de los dedos. De cerca, pudo ver que los ojos de la chica no eran negros, sino de un marrón muy oscuro, salpicados de dorado. Estaba seguro de ver lástima en ellos. No sabía lo qué esperaba que ella le dijera. Isabelle usaba a los chicos y los tiraba. Isabelle era hermosa, dura y perfecta, y no necesitaba nada. Y menos aún a un vampiro que ni siquiera sabía muy bien cómo ser vampiro.
Notaba su respiración. Ella olía dulce: a sangre, mortalidad y gardenias.
—No es cierto que seas nada —le dijo ella—. Simon. Por favor. Déjame verte la cara.
A regañadientes, él bajó las manos. Pudo contemplarla con más claridad. Se la veía suave y encantadora bajo la luz de la luna, la piel blanca y cremosa, y el cabello como una cascada negra. Ella le sacó las manos de alrededor del cuello.
—Míralas —dijo, tocando las cicatrices blancas de las Marcas sanadas, que le salpicaban la piel en el cuello, en los brazos y en la curva del pecho—. Feas, ¿verdad?
—Nada de ti es feo, Izzy —respondió Simon, sinceramente sorprendido.
—Se supone que las chicas no deben estar cubiertas de cicatrices —dijo Isabelle como si nada—. Pero a ti no te molestan.
—Son parte de ti… No, claro que no me molestan.
Ella le rozó los labios con los dedos.
—Ser vampiro es parte de ti. No te pedí que vinieras aquí anoche porque no se me ocurría a quién más pedírselo. Quiero estar contigo, Simon. Me da un miedo de muerte, pero así es.
Los ojos de Isabelle resplandecían, y antes de que él pudiera preguntarse más de un segundo si eran lágrimas, ya se había inclinado y la besaba. Esa vez no fue difícil. Esa vez, ella se apoyó en él, y de repente él estaba debajo de ella, y se le subía encima. El largo cabello negro los rodeaba como una cortina. Ella le susurró con suavidad mientras él le acariciaba la espalda. Notaba las cicatrices de ella bajo los dedos, y quiso decirle que para él eran como adornos, testimonios de su valentía que sólo la hacían más hermosa. Pero eso habría significado que dejara de besarla, y no quería hacerlo. Ella gemía y se removía entre sus brazos; ella le metió los dedos en el cabello mientras ambos rodaban hacia un lado, y entonces ella se quedó debajo de él; los brazos de Simon sentían la suavidad y el calor de Isabelle; su boca, el sabor de ella, y el olor de su piel, sal y perfume y… sangre.
Simon se tensó de nuevo, todo él, e Isabelle lo notó. Ella lo cogió por los hombros. En la oscuridad, ella brillaba.
—Hazlo —le susurró. Él le notaba como el corazón le golpeaba dentro del pecho—. Quiero que lo hagas.
Él cerró los ojos, apoyó la frente en la de ella y trató de calmarse. Los colmillos le habían vuelto a salir, apretándole el labio inferior, dolorosamente.
—No.
Las piernas largas y perfectas de Isabelle lo rodeaban, y tenía los pies enganchados por los tobillos, sujetándolo contra ella.
—Quiero que lo hagas. —Los pechos se le aplastaron contra él cuando ella se arqueó alzando el cuello hacia él. El olor de su sangre estaba por todas partes, rodeándolo, y llenaba la habitación.
—¿No tienes miedo? —susurró él.
—Sí. Pero aun así quiero que lo hagas.
—Isabelle… No puedo…
La mordió.
Sus colmillos, afilados como agujas, se hundieron en la vena del cuello de Isabelle como un cuchillo que cortara la piel de una manzana. La sangre estalló en su boca. Nunca había experimentado nada igual. Con Jace, Simon apenas había estado vivo; con Maureen, la culpabilidad lo había destrozado incluso mientras bebía de ella. Lo cierto era que nunca había tenido la sensación de que la persona a la que mordía disfrutara con ello.
Pero Isabelle ahogó un grito, abrió los ojos de golpe y su cuerpo se apretó contra el de él. Ronroneó como un gato; le acarició el cabello, la espalda, con cortos movimientos de las manos que le decían: «No pares, no pares». El calor manaba de ella, entraba en él, iluminando su cuerpo; Simon nunca había sentido, ni imaginado, nada igual. Notaba el fuerte y constante palpitar del corazón de Isabelle, latiéndole desde las venas de ella, y en ese momento fue como si estuviera vivo de nuevo, y el corazón se le contrajo de pura euforia…
Se apartó. No estaba seguro de cómo, pero se apartó y se tumbó de espaldas. Clavó los dedos con fuerza en el colchón. Aún se estremecía mientras los colmillos se le escondían. La habitación relucía a su alrededor, de la manera que lo hacía todo durante unos momentos después de beber sangre humana viva.
—Izzy… —susurró. Le daba miedo mirarla, temiendo que ahora que ya no le estaba clavando los colmillos en el cuello, ella lo mirara con repulsión y horror.
—¿Qué?
—No me has hecho parar —repuso él. Era mitad acusación, y mitad esperanza.
—No quería hacerlo.
Simon la miró. Ella estaba boca arriba; el pecho le bajaba y subía acelerado, como si hubiera estado corriendo. Tenía dos marcas de pinchazos en el costado del cuello, y dos hilillos de sangre el caían por el cuello hasta la clavícula. Obedeciendo un instinto que parecía surgir de lo más profundo de su ser, Simon se inclinó hacia ella y le lamió la sangre del cuello; notaba el sabor a sal, a Isabelle. Ella se estremeció, y agitó los dedos en su cabello.
—Simon…
Él se echó hacia atrás. Ella lo miraba con sus grandes ojos oscuros, muy seria, con las mejillas arreboladas.
—Yo…
—¿Qué? —En un momento de locura, Simon pensó que le iba a decir: «Te quiero», pero, en vez de eso, Isabelle meneó la cabeza, bostezó y le enganchó los dedos en una de las trabillas de los vaqueros. Ella le acarició la piel desnuda de la muñeca.
En algún sitio, Simon había oído que bostezar era señal de pérdida de sangre. Sintió pánico.
—¿Estás bien? ¿He bebido demasiado? ¿Te notas cansada? ¿Estás…?
Ella se apretó contra él.
—Estoy bien. Has parado. Y soy una cazadora de sombras. Producimos sangre a un ritmo tres veces mayor que una persona normal.
—¿Te ha…? —Casi ni se atrevía a preguntarlo—. ¿Te ha gustado?
—Sí. —Su voz era ahogada—. Me ha gustado.
—¿De verdad?
Ella soltó una risita.
—¿No lo has notado?
—He pensado que igual estabas fingiendo.
Ella se alzó sobre un hombro y lo miró desde arriba con sus brillantes ojos oscuros; ¿cómo podían unos ojos ser brillantes y oscuros al mismo tiempo?
—Yo no finjo, Simon —afirmó ella—. Y no miento, y no hago ver.
—Eres una rompecorazones, Isabelle Lightwood —dijo él, con tanta normalidad como pudo con su sangre aún corriéndole por las venas como fuego—. Una vez, Jace le dijo a Clary que me pisotearías con los tacones de tus zapatos de aguja.