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—Eso fue entonces. Ahora eres diferente. —Isabelle lo miró fijamente—. No me tienes miedo.

Él le acarició el rostro.

—Y tú no tienes miedo a nada.

—No lo sé. —El cabello le cayó hacia delante—. Quizá tú me rompas el corazón. —Antes de que él llegara a decir nada, ella lo besó, y él se preguntó si ella notaría el sabor de su propia sangre—. Ahora, calla. Quiero dormir —le ordenó ella; se acurrucó contra él y cerró los ojos.

Esa vez, de alguna manera, cupieron donde antes no habían cabido. Nada era torpe, nada se le clavaba, nada le molestaba en la pierna. No era una sensación de infancia, de sol y de suavidad. Era extraño, intenso, excitante, poderoso y… diferente. Simon se quedó despierto, con los ojos clavados en el techo, mientras acariciaba el sedoso cabello negro de Isabelle. Se sentía como si lo hubiera atrapado un tornado y lo hubiera depositado en algún lugar muy lejano, donde todo resultaba desconocido. Al final, volvió la cabeza y besó a Izzy, con mucha suavidad, en la frente; ella se removió y murmuró, pero no abrió los ojos.

Cuando Clary se despertó por la mañana, Jace seguía durmiendo, hecho un ovillo, con el brazo estirado lo justo para tocarle el hombro. Ella lo besó en la mejilla y se levantó. Estaba a punto de entrar en el cuarto de baño para ducharse cuando le pudo la curiosidad. Fue en silencio hasta la puerta del dormitorio, la entreabrió y miró afuera.

La sangre del pasillo había desaparecido; el enlucido estaba intacto. Estaba tan limpio que se preguntó si todo habría sido un sueño: la sangre, la conversación en la cocina con Sebastian, todo aquello. Dio un paso saliendo al corredor; puso la mano en la pared, donde había estado la huella de la mano ensangrentada…

—Buenos días.

Se volvió en redondo. Era su hermano. Había salido de su dormitorio sin hacer ningún ruido y estaba en mitad del pasillo, mirándola con una sonrisa de medio lado. Parecía recién duchado; húmedo, su cabello claro era del color de la plata, casi metálico.

—¿Estás pensando en ir vestida con eso todo el rato? —le preguntó, mirando el camisón.

—No, sólo estaba… —No quería decirle que había salido a comprobar si aún había sangre en el pasillo. Él se la quedó mirando, divertido y superior. Clary retrocedió—. Voy a vestirme.

Él dijo algo a su espalda, pero ella no se detuvo para escucharlo, corrió a la habitación de Jace y cerró la puerta. Al cabo de un instante, oyó voces en el pasillo: Sebastian de nuevo, y una chica, hablando en un italiano musical. La chica de la noche anterior, pensó Clary. La que él había dicho que estaba durmiendo en su cuarto. Sólo en ese momento se dio cuenta de que había estado casi segura de que Sebastian le había mentido.

Pero le había dicho la verdad.

«Te estoy dando una oportunidad —le había dicho él—. ¿No puedes darme tú una oportunidad?

¿Podía? Era Sebastian. Le dio vueltas febrilmente mientras se duchaba y se vestía con cuidado. La ropa del armario, que había sido elegida para Jocelyn, se apartaba tanto de su estilo habitual que le costó elegir qué ponerse. Encontró unos vaqueros que, por el precio de la etiqueta, debían de ser de diseño, y una camisa de seda estampada con puntos y un lazo en el cuello, que tenía un aspecto vintage que le gustó. Se puso encima su propia chaqueta de terciopelo y volvió a la habitación de Jace, pero él ya no estaba, aunque no le resultó difícil encontrarlo. El ruido de platos, el sonido de risas y el olor de comida flotaban desde el piso de abajo.

Clary bajó los escalones de vidrio de dos en dos, pero se detuvo al pie de la escalera, mirando hacia la cocina. Sebastian estaba apoyado en la nevera con los brazos cruzados, y Jace estaba haciendo algo en una sartén con cebolla y huevos. Iba descalzo, tenía el cabello revuelto y la camisa abrochada de cualquier manera y, al verlo, el corazón de Clary dio un vuelco. Nunca lo había visto así, recién levantado, aún con el aura dorada del sueño rodeándolo, y sintió una penetrante tristeza de que todas esas primeras veces estuvieran sucediendo con un Jace que no era realmente su Jace.

Incluso parecía feliz, sin ojeras, riendo mientras daba la vuelta a los huevos en la sartén y pasaba una tortilla a un plato. Sebastian le dijo algo; Jace miró hacia Clary y sonrió.

—¿Revueltos o fritos?

—Revueltos. No sabía que fueras capaz de preparar huevos. —Se apartó de la escalera y se encaminó hacia la barra de la cocina. El sol entraba a raudales por las ventanas (aunque no había relojes en la casa, supuso que era alrededor de mediodía) y la cocina relucía de vidrio y cromo.

—¿Y quién no es capaz de preparar huevos? —se preguntó Jace en voz alta.

Clary alzó la mano, y Sebastian lo hizo también, al mismo tiempo. La chica no pudo evitar un cierto sobresalto, y bajó la mano rápidamente, pero no antes de que Sebastian la hubiera visto y le sonriera de medio lado. Siempre estaba sonriendo de medio lado. Clary deseó poder borrarle esa sonrisa de un tortazo.

Apartó la mirada de él y se ocupó en prepararse un plato de desayuno con lo que había en la mesa: pan, mantequilla, mermelada y beicon. También había zumo y té. Pensó que no comían nada mal. Claro que si podía guiarse por Simon, los chicos adolescentes siempre tenían hambre. Miró hacia la ventana y se quedó parada. La vista ya no era de un canal sino de una colina que se alzaba en la distancia, coronada por un castillo.

—¿Dónde estamos ahora? —preguntó.

—Praga —contestó Sebastian—. Jace y yo tenemos que hacer un recado aquí. —Miró por la ventana—. Lo cierto es que deberíamos ir saliendo.

Ella le sonrió con dulzura.

—¿Puedo ir con vosotros?

—No —contestó Sebastian, negando con la cabeza.

—¿Por qué no? —Clary cruzó los brazos sobre el pecho—. ¿Acaso es algún tipo de colegueo de tíos en el que no puedo participar? ¿Os vais a cortar el pelo igual?

Jace le pasó un plato con huevos revueltos, pero estaba mirando a Sebastian.

—Quizá pueda venir —dijo—. Quiero decir…, este recado en concreto… no es peligroso.

Los ojos de Sebastian eran como los bosques del poema de Frost, oscuros y profundos. No revelaban nada.

—Cualquier cosa puede volverse peligrosa.

—Bueno, la decisión es tuya. —Jace se encogió de hombros, cogió una fresa, se la metió en la boca y se lamió el jugo de los dedos. Eso, pensó Clary, sí que era una diferencia clara y absoluta entre ese Jace y el suyo. Su Jace tenía una curiosidad feroz y avasalladora por todo. Nunca se encogería de hombros y aceptaría el plan de otro. Era como el mar, lanzándose constantemente contra la orilla rocosa, y ese Jace era… un río tranquilo, reluciendo bajo el sol.

«¿Porque es feliz?»

Clary apretó el tenedor con fuerza, y los nudillos se le pusieron blancos. Odiaba esa vocecita en su cabeza. Como la reina Seelie, le sembraba dudas donde no debería haberlas y hacía preguntas que no tenían respuesta.

—Voy a buscar mis cosas. —Después de coger otra fresa, Jace se la metió en la boca y subió por la escalera. Clary torció la cabeza hacia arriba. Los escalones transparentes parecían invisibles, y daba la impresión de que Jace estuviera volando, no corriendo.

—¿No te comes los huevos? —dijo Sebastian. Había rodeado la barra sin hacer ningún ruido (maldito fuera), y la miraba con las cejas arqueadas. Tenía un ligerísimo acento, una mezcla del acento de la gente que vivía en Idris y algo más británico. Se preguntó si antes lo habría estado disimulando, o simplemente ella no lo había notado.

—La verdad es que no me gustan los huevos —confesó Clary.

—Pero no has querido decírselo a Jace, porque él parecía encantado de prepararte el desayuno.

Como eso era correcto, ella no dijo nada.

—Curioso, ¿verdad? —comentó Sebastian—. Las mentiras que dice la gente buena. Probablemente te preparará huevos todos los días durante el resto de tu vida, y tendrás que tragártelos porque no puedes decirle que no te gustan.