El hermano Zachariah se apartó de ella y examinó el mapa.
«¿Cuál ha sido el resultado de tu experimento?»
—Jace la tiene —contestó Maryse, pero no parecía ni complacida ni triunfal—. Le he visto en el mapa. Cuando aparece, el mapa se ilumina, como una chispa de luz, en el lugar donde se halla, y al mismo tiempo se ilumina la muñequera. Por eso sé que es él y no Jonathan Morgenstern. Jonathan no aparece nunca en el mapa.
«¿Y dónde está? ¿Dónde está Jace?»
—Lo he visto aparecer, sólo durante unos segundos cada vez, en Londres, Roma y Shanghái. Hace sólo un momento ha parpadeado en Venecia, y luego ha vuelto a desvanecerse.
«¿Cómo viaja tan rápido entre ciudades?»
—¿A través de un Portal? —Maryse se encogió de hombros—. No lo sé. Sólo sé que cada vez que el mapa parpadea, sé que está vivo… por ahora. Y es como si, por un momento, pudiera volver a respirar. —Cerró la boca con decisión, para que no le salieran más palabras: lo mucho que echaba de menos a Alec y a Isabelle, pero no podía soportar llamarlos para que volvieran al Instituto, donde se esperaría que, al menos Alec, se responsabilizara de la búsqueda de su propio hermano. Que aún pensaba en Max todos los días, y era como si alguien le hubiera vaciado los pulmones de aire y se llevaba las manos al corazón, temiendo morir. No podía perder a Jace, también.
«Lo entiendo.»
El hermano Zachariah se cogió las manos por delante. Se le veían jóvenes, no huesudas o retorcidas, con los dedos largos. A menudo, Maryse se había preguntado cómo envejecían los Hermanos y cuánto tiempo vivían, pero esa información era un secreto de la orden.
«Hay pocas cosas más poderosas que el amor de la familia. Pero lo que no sé es por qué has decidido enseñarme esto.»
Maryse respiró hondo y entrecortadamente.
—Sé que debería enseñárselo a la Clave —repuso—. Pero la Clave ya conoce el lazo que une a Jace con Jonathan. Los están buscando a los dos. Matarán a Jace si lo encuentran. Y sin embargo, guardarme esta información sin duda es traición. —Agachó la cabeza—. He llegado a la conclusión de que decíroslo a vosotros, los Hermanos, es algo que puedo soportar. Entonces, vosotros decidís si decírselo a la Clave. No… no podría soportar ser yo.
Zachariah guardó silencio durante un buen rato.
«Tu mapa te dice que tu hijo sigue vivo —le dijo después mentalmente, con amabilidad—. Si se lo das a la Clave, no creo que los ayude mucho, aparte de decirles que viaja muy de prisa y es imposible de rastrear. Eso ya lo saben. Conserva el mapa. Por ahora, no hablaré de él.»
Maryse lo miró anonadada.
—Pero… tú sirves a la Clave…
«Una vez fui un cazador de sombras como tú. Viví como tú vives. Y al igual que tú, estaban aquellos a los que amaba lo suficiente para anteponer su bienestar a todo lo demás, a cualquier juramento, a cualquier deuda.»
—¿Tuviste…? —Maryse vaciló un instante—. ¿Alguna vez tuviste hijos?
«No. Ningún hijo.»
—Lo siento.
«No lo hagas. E intenta impedir que el miedo por Jace te devore. Es un Herondale, y son unos supervivientes…»
Algo se quebró dentro de Maryse.
—No es un Herondale. Es un Lightwood. Jace Lightwood. Es mi hijo.
Hubo un largo silencio.
«No trataba de decir lo contrario —dijo al fin el hermano Zachariah. Separó las manos y dio un paso atrás—. Hay algo que debes saber. Si Jace aparece en el mapa durante más de unos segundos cada vez, tendrás que decírselo a la Clave. Debes prepararte para esa posibilidad.»
—No creo que pueda —repuso Maryse—. Enviarán a los cazadores tras él. Le prepararán una trampa. Es sólo un niño.
«Nunca ha sido “sólo” un niño», replicó Zachariah, y se marchó flotando de la sala.
Maryse no lo miró mientras se marchaba. Volvía a contemplar el mapa.
«¿Simon?»
El alivio se le abrió como una flor en el pecho. La voz de Clary, insegura pero familiar, le llenó la cabeza. Miró a un lado. Isabelle seguía durmiendo. La luz del mediodía se colaba por el borde de las cortinas.
«¿Estás despierto?»
Él se puso boca arriba y miró al techo.
«Claro que estoy despierto.»
«Bueno, no estaba segura. Estás ¿a cuánto?, seis o siete horas de diferencia de donde estoy yo. Aquí está atardeciendo.»
«¿Italia?»
«Ahora estamos en Praga. Es muy bonita. Hay un río muy grande y un montón de edificios con torres puntiagudas. Se parece un poco a Idris de lejos. Pero hace frío. Más frío que en casa.»
«De acuerdo, acaba con el informe del tiempo. ¿Estás a salvo? ¿Dónde están Sebastian y Jace?»
«Conmigo. Pero me he apartado un poco. He dicho que quería disfrutar de la vista desde el puente.»
«¿Así que soy la vista desde el puente?»
Ella se echó a reír, o al menos él notó algo como una risa en la cabeza, una risa suave y nerviosa.
«No me puedo entretener mucho. Aunque no sospechan nada. Jace… Jace seguro que no. Sebastian es más difícil de interpretar. Creo que no confía en mí. Ayer registré su habitación, pero no hay nada, absolutamente nada, que indique lo que están planeando. Anoche…»
«¿Anoche?»
«Nada. —Era curioso cómo ella podía estar dentro de su cabeza y él aún podía notar que le estaba ocultando algo—. Sebastian tiene en su cuarto la caja que había sido de mi madre. Con sus cosas de bebé dentro. No se me ocurre por qué.»
«No pierdas el tiempo tratando de averiguar las razones de Sebastian —le sugirió Simon—. No vale la pena. Averigua qué van a hacer.»
«Lo intento. —Parecía irritada—. ¿Sigues en casa de Magnus?»
«Sí. Hemos pasado a la fase dos de nuestro plan.»
«¿Ah, sí? ¿Cuál era la fase uno?»
«La fase uno era estar sentados a la mesa pidiendo pizzas y discutiendo.»
«¿Y cuál es la fase dos? ¿Sentarse alrededor de la mesa bebiendo café y discutiendo?»
«No exactamente. —Simon respiró hondo—. Hemos invocado al demonio Azazel.»
«¿Azazel? —La voz mental de Clary se alzó; Simon casi se tapó las orejas—. Así que de eso iba tu estúpida pregunta sobre Los pitufos. Dime que estás bromeando.»
«Hablo en serio. Es una larga historia. —Se la resumió lo mejor que pudo, mientras observaba a Isabelle respirar y la luz del exterior aumentaba de brillo—. Pensábamos que nos ayudaría a encontrar una arma que pudiera matar a Sebastian sin hacer daño a Jace.»
—Sí, ya, pero ¿invocar a un demonio? —Clary no parecía convencida—. Y Azazel no es un demonio cualquiera. Yo soy la que está aquí con el Equipo Malo. Vosotros sois el Equipo Bueno. No lo olvidéis.»
«Ya sabes que nada es así de sencillo, Clary.»
Fue como si pudiera notarla suspirar, un aliento que le recorrió la piel y le puso de punta el pelo de la nuca.
«Lo sé.»
Ciudades y ríos, pensó Clary mientras separaba los dedos del anillo de oro que llevaba en la mano derecha y se apartaba de la vista del puente Carlos para volver con Jace y Sebastian. Éstos se hallaban al otro lado del viejo puente de piedra, señalando hacia algo que ella no podía ver. El agua era del color del metal y fluía en silencio alrededor de los viejos puntales del puente; el cielo era del mismo color, y estaba salpicado de nubes negras.
El viento le azotaba el cabello y el abrigo mientras caminaba para unirse a Jace y a Sebastian. Todos siguieron adelante, los dos chicos conversando en voz baja; Clary supuso que se podría haber unido a la conversación si hubiera querido, pero había algo en la tranquila belleza de la ciudad, con sus agujas alzándose entre la niebla en la distancia, que le hacía querer permanecer en silencio, mirar y pensar.
El puente daba a una serpenteante calle adoquinada con tiendas para turistas a ambos lados, que vendían granates rojo sangre y grandes trozos de ámbar polaco dorado, pesado cristal de Bohemia y juguetes de madera. Incluso a esa hora, había tipos fuera de los clubes nocturnos repartiendo pases gratis o tarjetas de descuento en las bebidas; Sebastian los apartaba con un gesto de impaciencia, y replicándoles molesto en checo. La presión de la gente aminoró cuando la calle se abrió a una vieja plaza medieval. A pesar del frío, estaba llena de gente y kioscos donde se vendían salchichas y sidra caliente especiada. Se detuvieron para comer algo junto a una alta mesa destartalada mientras el enorme reloj astronómico del centro de la plaza comenzaba a dar la hora. Empezó a oírse el ruido metálico de la maquinaria y un círculo de muñecos danzantes de madera fueron apareciendo por las puertas a ambos lados del reloj: los doce apóstoles, les explicó Sebastian, mientras los muñecos daban vueltas y vueltas.