—¡Clary! ¡Detenlo! —gritó y, al volverse, ella vio a Mirek, que trataba de abrir una puerta en la parte trasera de la tienda.
Clary echó a correr, al mismo tiempo que se sacaba el cuchillo serafín del cinturón.
—¡Nakir! —gritó; saltó sobre el mostrador y luego saltó sobre él mientras su arma comenzaba a brillar con fuerza. Aterrizó sobre el demonio vetis, tirándolo al suelo. Uno de sus brazos de anguila trató de morderla, y ella lo cortó de un tajo con el cuchillo. Más sangre negra salió disparada. El demonio la miró con ojos rojos y aterrados.
—Para —resolló—. Puedo darte todo lo que quieras…
—Tengo todo lo que quiero —susurró ella, y bajó el cuchillo serafín. Lo hundió en el pecho del demonio, y Mirek desapareció con un grito hueco. Clary se golpeó con las rodillas en el suelo.
Al cabo de un instante, aparecieron dos cabezas por el lado del mostrador, mirándola: una rubia dorada y otra rubia plateada. Jace y Sebastian. Jace parecía asombrado; Sebastian, pálido.
—En nombre del Ángel, Clary —dijo a media voz—. El adamas…
—Oh, ¿esa cosa que querías? Está aquí.
La pieza había medio rodado del mostrador. Clary la alzó; era un luminoso pedazo de color plata, manchado donde las manos ensangrentadas de Clary lo habían tocado.
Sebastian maldijo aliviado y le sacó el adamas de las manos, mientras Jace saltaba por encima del mostrador y, de un solo movimiento, caía junto a Clary. Se arrodilló y la acercó mientras le pasaba las manos por encima, con los ojos oscuros de preocupación. Ella lo cogió por las muñecas.
—Estoy bien —le aseguró. El corazón le latía con fuerza y la sangre aún le cantaba en las venas. Abrió la boca para decir algo, pero se inclinó hacia él y le puso las manos sobre las mejillas, clavándole las uñas—. Me siento bien.
Lo miró, desarreglado, sudoroso y ensangrentado como estaba, y quiso besarlo. Quiso…
—Muy bien, vosotros dos —interrumpió Sebastian. Clary se apartó de Jace y miró a su hermano. Los miraba sonriendo con ironía, mientras hacía girar perezosamente el trozo de adamas en la mano—. Mañana usaremos esto —dijo indicando el metal con la cabeza—. Pero esta noche, en cuanto nos hayamos aseado un poco, vamos a celebrarlo.
Simon entró descalzo en el salón, Isabelle tras él, y se encontraron con un sorprendente panorama. El círculo y el pentagrama en el centro del suelo resplandecían con una brillante luz plateada, como mercurio. Se alzaba humo del centro, una alta columna de un rojo muy oscuro, acabada en blanco. Toda la sala olía a quemado. Magnus y Alec estaban fuera del círculo, y junto a ellos, Jordan y Maia, quienes, a juzgar por los abrigos y gorras que llevaban, debían de acabar de llegar.
—¿Qué está pasando? —preguntó Isabelle, mientras se estiraba bostezando—. ¿Por qué todo el mundo está viendo el Canal Pentagrama?
—Espera un momento —contestó Alec, sombrío—. Ya lo verás.
Isabelle se encogió de hombros y sumó su observación a la de los demás. Mientras todos miraban, el humo blanco comenzó a girar, cada vez más rápido, un minitornado que recorría el centro del pentagrama y formaba palabras con marcas requemadas.
«¿HABÉIS TOMADO UNA DECISIÓN?»
—Ayyy —exclamó Simon—. ¿Lleva toda la mañana haciendo esto?
Magnus alzó los brazos. Llevaba pantalones de cuero y una camisa con un rayo metálico delante.
—Y toda la noche.
—¿Y pregunta lo mismo todo el rato?
—No, dice cosas diferentes. A veces, palabrotas. Azazel parece estar pasándolo bien.
—¿Puede oírnos? —Jordan inclinó la cabeza hacia el lado—. Eh, hola, demonio.
Las letras de fuego fueron apareciendo.
«HOLA, LICÁNTROPO.»
Jordan dio un paso atrás y miró a Magnus.
—¿Esto es… normal?
Magnus parecía profundamente infeliz.
—Te aseguro que no es normal en absoluto. Nunca había invocado a ningún demonio tan poderoso como Azazel, pero incluso así… He revisado los libros, y no he encontrado ningún caso en que esto haya pasado antes. Esto se está descontrolando.
—Hay que enviar de vuelta a Azazel —repuso Alec—. De una forma permanente. —Meneó la cabeza—. Quizá Jocelyn tuviera razón. Nada bueno viene de invocar demonios.
—Estoy seguro de que yo vengo de alguien que invocó a un demonio —indicó Magnus—. Alec, lo he hecho cientos de veces. No sé por qué esta vez tiene que ser diferente.
—Azazel no puede salir, ¿verdad? —preguntó Isabelle—. Del pentagrama, me refiero.
—No —contestó Magnus—, pero tampoco debería ser capaz de hacer las otras cosas que está haciendo.
Jordan se inclinó hacia delante y apoyó las manos en las rodillas.
—¿Qué tal es estar en el Infierno, tío? —preguntó—. ¿Caliente o frío? He oído las dos cosas.
No hubo respuesta.
—Por Dios, Jordan —exclamó Maia—. Creo que lo has hecho enfadar.
Jordan tocó con el pie el borde del pentagrama.
—¿Puede predecir el futuro? ¿Qué, pentagrama, vamos a triunfar con el grupo de música?
—Es un demonio del Infierno, no una bola mágica, Jordan —replicó Magnus irritado—. Y aléjate del borde del pentagrama. Invoca a un demonio y atrápalo en un pentagrama, y no podrá hacerte daño. Entra en el pentagrama, y te pones a su alcance…
En ese momento, la columna de humo comenzó a condensarse. Magnus alzó la cabeza de golpe, y Alec se puso en pie, casi tirando la silla mientras el humo iba tomando la forma de Azazel. El traje apareció primero, uno de raya diplomática gris y plata, con elegantes gemelos, y luego pareció llenarlo; sus ojos llameantes fueron lo último en aparecer. Miró alrededor con evidente placer.
—Toda la banda está aquí —dijo—. ¿Habéis tomado una decisión?
—Sí —contestó Magnus—. Creo que no requeriremos tus servicios. Gracias de todas formas.
Se hizo el silencio.
—Ahora ya te puedes ir —añadió Magnus, agitando los dedos como despedida—. Va.
—Creo que no —repuso Azazel amablemente; sacó un pañuelo, lo sacudió y se pulió las uñas—. Creo que me quedaré. Me gusta estar aquí.
Magnus suspiró y le dijo algo a Alec, que fue a la mesa y volvió con un libro. Se lo pasó al brujo. Magnus lo abrió y comenzó a leer.
—«Espíritu maldito, aléjate. Regresa al reino del humo y las llamas, de cenizas y…»
—Eso no funciona conmigo —advirtió el demonio con voz cansina—. Pero inténtalo si quieres. Yo seguiré aquí.
Magnus lo miró con los ojos ardiendo de rabia.
—No puedes obligarnos a negociar contigo.
—Puedo intentarlo. No es que tenga nada mejor que hacer…
Azazel calló cuando una forma familiar entró corriendo en la sala. Era Presidente Miau, que perseguía lo que parecía un ratón. Mientras todos lo miraban sorprendidos y horrorizados, el gato cruzó el borde del pentagrama, y Simon, llevado por el instinto en vez de la razón, saltó dentro del pentagrama tras él y lo cogió en brazos.
—¡Simon!
Sin volverse supo que era Isabelle, que había soltado un grito instintivo. Se volvió para mirarla y la vio con la mano sobre la boca y contemplándolo con los ojos desorbitados. Todos lo miraban. Izzy palideció de horror, e incluso Magnus pareció inquieto.
«Invoca a un demonio y atrápalo en un pentagrama, y no podrá hacerte daño. Entra en el pentagrama, y te pones a su alcance.»
Simon notó que le tocaban en el hombro. Dejó caer a Presidente Miau mientras se volvía; el gato salió corriendo del pentagrama y fue a esconderse bajo el sofá. Simon alzó la mirada. El enorme rostro de Azazel estaba sobre él. A esa distancia, veía las grietas en la piel del demonio, como grietas en el mármol, y las llamas que ardían en el fondo de los hundidos ojos de Azazel. Cuando el demonio sonrió, Simon vio que cada uno de sus dientes acababa en una aguja de hierro.