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¡Querido Andrei! Ante todo, permíteme agradecerte de todo corazón la ayuda y el apoyo que he recibido continuamente por parte de tu periódico durante estos últimos meses decisivos. Ahora, como puedes ver, la situación ha variado de manera radical. Estoy seguro de que la nueva terminología y algunos excesos inevitables no te confundirán: las palabras y los medios han cambiado, pero los objetivos siguen siendo los de siempre. Toma el diario en tus manos, has sido designado su redactor jefe y editor, de manera permanente y con plenos poderes. Elige tus colaboradores según tu criterio, amplía la plantilla, exige nuevas capacidades tipográficas, te doy carta blanca en todos los sentidos. El portador de esta carta, el subadjutor Raymond Zwirik, ha sido designado representante político de mi dirección de información en tu periódico. Como te darás cuenta enseguida, se trata de un hombre de pocas luces, pero conoce bien su oficio. Te ayudará a ponerte al día en la política general, sobre todo en los primeros tiempos. En caso de posibles conflictos, dirígete, por supuesto, personalmente a mí. Te deseo éxitos. Les enseñaremos a esos liberales babosos cómo hay que trabajar. Cordialmente, Fritz.

Andrei leyó dos veces el mensaje personal y confidencial, después dejó caer la mano en la que sostenía la carta y miró a su alrededor. De nuevo, todos lo miraban, pálidos, decididos y tensos. Sólo Izya brillaba como un samovar recién pulido, y a espaldas de los presentes lanzaba besos imaginarios al espacio. El subadjutor (qué demonios querría decir aquella palabra, le parecía haberla oído... adjutor, coadjutor... algo histórico, o de Los tres mosqueteros), el subadjutor Raymond Zwirik también lo miraba, con severidad pero con aire protector. Y junto a las puertas, balanceándose sobre los pies, había unos tipos desconocidos con carabinas y brazaletes blancos en las mangas que también lo miraban.

—Pues bien —comenzó a decir Andrei, mientras doblaba la misiva y la guardaba en el sobre. No sabía por dónde comenzar.

—¿Se trata de sus colaboradores, señor Voronin? —preguntó el subadjutor, en tono práctico, tomando la iniciativa con un ademán.

—Sí —dijo Andrei.

—Hum —pronunció Raymond Zwirik, con vacilación en la voz, mirando fijamente a Izya.

—Y usted, ¿quién es? —le preguntó con brusquedad Kensi en ese momento.

El señor Raymond Zwirik clavó sus ojos en él y a continuación, con cierto asombro, miró a Andrei, que tosió un par de veces.

—Señores —pronunció—. Permítanme que les presente al señor Zwirik, subcoadjutor...

—¡Subadjutor! —lo corrigió Zwirik, airado.

—¿Qué? Ah, sí, subadjutor. No subcoadjutor, sino simplemente subadjutor... Representante político en nuestro periódico. Desde este momento.

De repente, sin que viniera a cuenta. Selma bostezó y se cubrió la boca con la mano.

—¿Representante de qué? —preguntó Kensi, sin reducir su hostilidad.

—¡Representante político de la dirección de información! —proclamó Zwirik, en tono muy airado, sin dar tiempo a Andrei a sacar el mensaje del sobre.

—¡Sus documentos! —dijo Kensi, bruscamente.

—¡¿Qué?! —los ojos enrojecidos del señor Zwirik parpadearon con enojo.

—Documentos, plenos poderes, ¿tiene algo más que su estúpida tunda?

—¡¿Quién es?! —gritó el señor Zwirik con voz penetrante, volviéndose de nuevo hacia Andrei—. ¡¿Quién es este hombre?!

—Es el señor Kensi Ubukata —se apresuró a explicar Andrei—. Vicerredactor jefe... Kensi, no se necesita documento alguno. Me ha traído una carta de Fritz.

—¿De qué Fritz? —dijo Kensi, con gesto de asco—. ¿Qué pinta aquí ese tal Fritz?

—¡Movimientos bruscos! —intervino Izya—. ¡Os ruego que no hagáis movimientos bruscos!

La cabeza de Zwirik se movía entre Izya y Kensi. Su rostro ya no brillaba y por momentos se ponía cada vez más rojo.

—Veo, señor Voronin —pronunció, finalmente—, que sus colaboradores no tienen todavía una idea clara de qué ha ocurrido hoy. ¡O al contrario! —Siguió alzando la voz—. ¡Se lo imaginan, pero de una manera extraña, torcida! Aquí veo papel quemado, veo rostros lúgubres, y no veo ninguna disposición para comenzar a trabajar. En el momento en que toda la Ciudad, todo nuestro pueblo...

—¿Y ésos, quiénes son? —le interrumpió Kensi, señalando hacia los hombres que portaban carabinas—. ¿Quiénes son, nuevos colaboradores?

—¡Pues, sí! ¡Señor ex vicerredactor jefe! Son los nuevos colaboradores. No puedo prometer que se trate de...

—Eso lo veremos —pronunció Kensi con una extraña voz chirriante y caminó hacia Zwirik—. No sé con qué fundamento...

—¡Kensi! —intervino Andrei, en tono de indefensión.

—Con qué fundamento viene aquí a dar órdenes —prosiguió Kensi, sin prestar la menor atención a Andrei—. ¿Quién es usted? ¿Cómo tiene la osadía de comportarse de esa manera? ¿Por qué no muestra sus documentos? Ustedes no son otra cosa que bandidos armados que han entrado aquí para cometer un asalto.

—¡Cállate, culo amarillo! —fue el grito salvaje de Zwirik, que se llevó la mano a la funda de la pistola.

Andrei se balanceó hacia delante para interponerse entre ellos, pero en ese momento lo empujaron con violencia por el hombro, y Selma se paró delante de Zwirik.

—¡Cómo te atreves a expresarte así en presencia de mujeres, canalla! —le gritó—. ¡Culo gordo asqueroso! ¡Ladrón!

Andrei estaba totalmente confuso. Zwirik, Kensi y Selma gritaban a la vez. De reojo. Andrei vio que los tipos de la puerta se miraron, indecisos, y comenzaron a levantar sus carabinas, pero junto a ellos apareció de repente Dennis Lee, que agarraba por una pata un pesado taburete con el asiento de hierro; pero lo más terrible e increíble de todo era la zorrita de Amalia que, encorvada como una fiera, mostrando sus largos dientes blancos de aspecto terrorífico en aquel rostro pálido como el de un muerto, se acercaba sigilosamente a Zwirik, levantando sobre el hombro derecho el atizador humeante, como si fuera un palo de golf.

—¡Me acuerdo muy bien de ti, hijo de perra, me acuerdo! —gritaba Kensi, sin ceder—. Robabas el dinero de las escuelas, miserable, y ahora te presentas como coadjutor...

—¡Os hundiré en la mierda, eso es lo que vais a comer! ¡Enemigos de la humanidad!

—¡Cállate, culo de puta! ¡Cállate antes de que te ponga la mano encima!

—¡Movimientos bruscos! ¡Os lo imploro...!

Andrei, como hipnotizado, incapaz de moverse, no apartaba los ojos del atizador humeante. Se daba cuenta, sabía, que ocurriría algo horrible, irreparable, y que ya no podría impedirlo.