Выбрать главу

—¿Cómo, cómo? —dijo Andrei.

—Informarás. Aquí. A mí, personalmente.

—¿Quieres mandarme a mí allí?

—¡Naturalmente! ¿Qué creías?

—Permíteme... —Andrei estaba confuso—. ¿Con motivo de qué? No tenía la intención de ir a ninguna parte. Tengo muchísimo trabajo, ¿a quién se lo dejo? ¡Y no quiero ir a ninguna parte!

—¿Cómo que no quieres ir? ¿Por qué me acosabas entonces? Si tú no vas, ¿a quién mando entonces?

—Dios mío —dijo Andrei—. ¡A quien se te ocurra! Pon al mando a Quejada, es un explorador muy experimentado... O a Butz, por ejemplo. —Calló, al percibir la mirada atenta de Geiger.

—Mejor no hablemos de Quejada ni de Butz —dijo Geiger, en voz baja.

Andrei no supo qué responder y se hizo un silencio incómodo. Geiger se sirvió un poco de café frío.

—En esta ciudad —comenzó a decir, con el mismo tono de voz—, confío únicamente en dos o tres personas, no más. De ellos, sólo tú puedes encabezar la expedición. Porque estoy seguro de que si te pido llegar hasta el final, tú llegarás hasta el final. No te echarás atrás a medio camino, y no le permitirás a nadie que lo haga. Y cuando presentes después el informe, podré confiar en él. También podría confiar, por ejemplo, en un informe de Izya, pero por desgracia es un administrador funesto, y como político no sirve para nada. ¿Me entiendes? Por eso, tú decides. O eres tú quien encabeza esa expedición, o no habrá expedición.

Volvió a reinar el silencio.

—Ojojojó —dijo Izya, sintiéndose violento—. ¿No será mejor que salga, administradores?

—Quédate ahí sentado —ordenó Geiger sin volverse—. Diviértete, come pasteles.

Andrei le daba vueltas febrilmente a todo aquello en su cabeza. «Dejarlo todo. A Selma. La casa. La vida tranquila y acomodada. ¿Para qué rayos me hace falta todo eso? Dejar a Amalia. Largarme quién sabe a dónde. Al calor. Al fango. Con comida asquerosa... ¿Me habré hecho viejo, o qué? Hace un par de años, esa propuesta me hubiera encantado. Pero ahora no quiero. De ninguna manera. Soportar diariamente a Izya, en cantidades industriales. A militarotes. Hordas de soldados. Y seguro que habrá que recorrer los mil kilómetros a pie, con una mochila en los hombros, que por supuesto no va a estar vacía... Y con un arma. Madre mía, quizá haya que disparar, quizá me vea obligado a hacerlo. ¿Qué puñetera falta me hace meterme bajo las balas? ¿Qué cono ando buscando ahí? Tendría que llevarme al tío Yura, sin falta, no confío para nada en esos militares. Calor, ampollas, mal olor... Y allá, bien lejos, seguro que habrá un frío asqueroso... Por lo menos tendremos todo el tiempo el sol a la espalda. Y me llevaré a Quejada, no me iré sin él, no me importa que no sea de fiar, con Quejada tendré asegurada la parte científica. Y todo ese tiempo sin mujer, yo ya no puedo, he perdido la costumbre. Pero me las pagarás. Tendrás que aumentarme la plantilla, en primer lugar, en la oficina, y en el departamento de psicología social... y no estaría mal en el de geodesia... En segundo lugar, tendrás que callar a Vareikis. Y, en general, no quiero ninguna de esas limitaciones políticas en la ciencia. En otros departamentos no es asunto mío. ¡Pero si allá lejos no hay agua! Por alguna razón, la Ciudad sigue desplazándose hacia el sur, al norte los manantiales se agotan. ¿Qué pretendes, que lleve el agua a la espalda? ¿Agua para mil kilómetros?»

—Entonces, ¿qué? —preguntó Andrei—. ¿Tengo que llevar el agua a la espalda? ¿El agua para mil kilómetros?

—¿Qué agua? —Sorprendido, Geiger levantó las cejas.

—Está bien —dijo Andrei, dándose cuenta de que no lo entendían—. Yo mismo escogeré a los militares, ya que insistes en que vayan. No sea que me mandes a algunos idiotas. ¡Y que haya un mando único! —exclamó, amenazante, levantando un dedo—. ¡El jefe seré yo!

—Tú, tú —dijo Geiger, tranquilizándolo. Sonrió y se recostó—. En general, tú los escogerás a todos. Te impongo sólo a una persona: a Izya. Los demás, los pones tú. Busca buenos mecánicos, elige a un médico.

—Por cierto, ¿tendré transporte?

—Lo tendrás —dijo Geiger—. Y de buena calidad. Del que nunca hemos tenido. No tendrás que cargar con nada, quizá sólo con un fusil... No te preocupes, ésas son cosas sin importancia. Todo eso lo discutiremos en detalle cuando hayas seleccionado a los jefes de destacamento. Quiero llamarte la atención sólo hacia una cosa: ¡la confidencialidad! Chicos, quiero que me la garanticéis. Por supuesto, es imposible ocultar semejante proyecto, habrá que hacer circular cierta desinformación, por ejemplo que habéis salido en busca de petróleo. Al kilómetro doscientos cuarenta. Pero los objetivos políticos de la expedición serán conocidos sólo por vosotros. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondió Andrei, preocupado.

—Izya, esto se refiere sobre todo a ti. ¿Me oyes?

—Aja —respondió Izya, con la boca llena.

—¿Y cuál es la razón de tanto secreto? —preguntó Andrei—. ¿Qué es lo que intentamos hacer para que haya que llevarlo a cabo con todo secreto?

—¿No lo entiendes? —preguntó Geiger, torciendo el gesto.

—No lo entiendo —dijo Andrei—. No veo absolutamente nada que sea una amenaza para el sistema.

—¡No es para el sistema, idiota! —dijo Geiger—. ¡Es contra ti! ¡La amenaza es contra ti! ¿Acaso no entiendes que ellos nos temen tanto como nosotros a ellos?

—¿Quiénes son ellos? ¿Esos habitantes de la Anticiudad de que hablas, o qué?

—Ellos mismos. Si por fin se nos ha ocurrido mandar exploradores, ¿por qué no suponer que ellos lo hayan hecho desde hace mucho? ¿O que la Ciudad está llena de espías suyos? ¡No sonrías, no sonrías, idiota! ¡No estoy bromeando! Si caes en una emboscada, os rebanarán la cabeza a todos como si fuerais pollitos.

—Está bien —dijo Andrei—. Me has convencido. Me callo.

Geiger siguió mirándolo atentamente durante unos momentos.

—De acuerdo —dijo a continuación—. Quiere decir que habéis entendido los objetivos. Y lo relativo a la confidencialidad. Entonces, eso es todo. Hoy firmaré el decreto de tu nombramiento como jefe de la operación... digamos...

- Noche y niebla-sugirió Izya, abriendo mucho los ojos con aire de inocencia.

—¿Qué? No... Demasiado largo. Digamos... Zigzag. Operación Zigzag.¿No suena bien? —Geiger sacó un pequeño bloc de notas del bolsillo de la chaqueta e hizo una anotación—. Andrei, puedes dar comienzo a los preparativos. Quiero decir, por ahora de la parte puramente científica. Elige a la gente, formula las tareas... haz los pedidos de equipamiento y pertrechos. Daré luz verde a tus pedidos. ¿Quién te sustituirá?