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Colegas convertidos en adversarios.

«Las autoridades locales buscan a ambos individuos. Dobbins ha sido ingresado en el Centro Médico Brotman, donde permanece estable.»Tim apagó la televisión y se sentó a la mesa. Tendría que dar a Dray al menos veinticuatro horas para que averiguara lo del coche. Lo de la llave de la caja de seguridad podía llevarle horas, pero también semanas.

Una vez volvió a pensar en su esposa, ya no pudo quitársela de la cabeza. Dray, que llevaba las uñas cortas y sin pintar. Dray, que siempre sostenía a los hijos de los demás un poco apartados de sí, como bolsas de basura que pudieran mancharla. Dray, capaz de coser a tiros una diana desde cuarenta y cinco metros con una Beretta.

Entrelazó las manos en el regazo y permaneció sentado en el silencio relativo porque, según tenía entendido, eso hacía la gente que buscaba paz y tranquilidad. Cerró los ojos, pero en plena oscuridad, como iluminada por un foco, destacaba la sierra arqueada de Kindell, con los dientes romos, todavía manchada de la sangre de Ginny. Se preguntó qué otros objetos le aguardaban en la oscuridad circundante.

Programó el vídeo para que grabara la rueda de prensa de las siete, por si no estaba de regreso. Bajó por la salida de incendios para coger práctica y también para que la cuña siguiera debajo de la puerta en su ausencia.

La luz de la habitación de Erika Heinrich estaba encendida. Tim aparcó a cuatro manzanas y se acercó a la casa con la misma precaución que la vez anterior. El estor de la ventana estaba levantado y las sombras blanquiazules de una pantalla de televisión se reflejaban borrosas en el vidrio superior. Se acuclilló debajo de la ventana justo en el momento en que empezaba a sonar la sintonía del informativo de KCOM.

Le llegaron fragmentos de la voz del jefe Tannino retransmitida por televisión:

«… Estos tres hombres… antiguos agentes de la ley que se han pasado al otro bando… Se les busca para interrogarlos en relación con los asesinatos de Jedediah Lañe y Buzani Debuffier… Repito: no se ha presentado ninguna acusación…»Tim fue incorporándose hasta tener los ojos a la altura del alféizar. Terrill Bowrick estaba sentado en la cama junto a Erika, los dos con la mirada fija en el pequeño televisor colocado encima de la cómoda. La pose adolescente de Bowrick le encorvaba la espalda, y tenía las manos colgando entre los muslos. Parecía más joven incluso de lo que Tim alcanzaba a recordar, la cara pálida salvo allí donde tenía granos, el cuello y los brazos delgados como los de una chica. Se le veía increíblemente alicaído, como si llevara días sin dormir.

Por comparación, la imagen televisada de Tannino, con su mejor traje -un modelo dos piezas de color azul marino- y su corbata de Regis Philbin, resultaba rígida. Su cabello, iluminado por docenas de flashes, daba la impresión de haber pasado más rato de lo debido bajo el secador. Señaló un atril en el que se veían fotografías ampliadas de Robert, Mitchell y el Cigüeña.

«Si alguien ha visto a cualquiera de estos tres hombres, debe ponerse en contacto…»No había fotografía de Tim. No se le había mencionado.

Lo más probable era que quisieran echar el guante con el mayor sigilo posible al agente que ostentaba una Medalla al Valor, para así ahorrar a los organismos policiales de Los Angeles otra debacle pública.

La boca de Bowrick, sobre la que crecía un ínfimo bigote, era fina y estaba entreabierta y levemente combada por las comisuras en un gesto que daba a entender que no andaba muy lejos de las lágrimas. Había palidecido extraordinariamente. Erika lo acariciaba entre los hombros en un gesto repetitivo que buscaba tranquilizarlo. Tanto su rostro como el de él reflejaban una suerte de calma exhausta, como si el miedo y la preocupación les hubieran minado toda la vitalidad.

La puerta que daba al cuarto de baño adyacente estaba entreabierta. Alicatado rosa. Las luces apagadas. Vacío. Había una silla apoyada contra la manilla de la puerta del dormitorio. Mami no tenía ni idea de que hubiera en casa un invitado tan especial.

«… Autores de atentados contra supuestos asesinos y pedófilos, sospechosos que quedaron impunes tras verse sometidos a un juicio.»Un revuelo de manos y bolígrafos en alto. Una explosión de preguntas, una que conseguía descollar:

«-¿Guarda alguna relación con ello la agresión sufrida hoy por Mick Dobbins?

»-Eso creemos, sí.

»-¿Cómo eligen a sus víctimas los Tres Vigilantes?»Tannino esbozó una sonrisa torcida al oír el sobrenombre.

«-No tenemos información al respecto.

»-Sabemos por fuentes fiables de UCLA que la muerte del profesor William Rayner y la de una profesora asociada podrían estar relacionadas con los hechos. ¿En qué medida estarían involucrados?

»-No voy a hacer ningún comentario al respecto.

»-¿Confirma el rumor de que Franklin Dumone, el renombrado sargento de la Policía de Boston que se ha suicidado hoy en Cedars, estaba implicado?

»-No. Otra pregunta.

»-¿Por qué trabaja en el asunto el Servicio Judicial Federal?

»-Este caso guarda relación con el asesinato de Lañe; es una prolongación del mismo, y aquella investigación estaba dentro de la jurisdicción federal.

»-Entonces, ¿por qué no está a cargo de la investigación el FBI?

»-Colaborarnos estrechamente con el FBI. -Tannino sabía mentir bien. En la intimidad, se refería al FBI como esos Fulleros Bordes Idiotas.

»-¿Tienen alguna idea de quién podría ser el siguiente de la lista?»Bowrick no movió los labios en absoluto, pero masculló:

– Ay, Dios.

En la tele, Tannino apartó la mirada apenas un segundo, pero eso lo habría delatado en una partida de póker.

«Ahora mismo no podemos darles más información.»Erika dejó de trazar círculos con la mano sobre la espalda de Bowrick.

Tim se levantó de un salto, se aferró al marco superior de la ventana y se introdujo en el dormitorio con las piernas dobladas para ir a caer de pie. Bowrick y Erika reaccionaron violentamente. Se apartaron de la cama y, de paso, se llevaron la colcha y las sábanas hasta el otro lado de la habitación. Se quedaron el uno junto al otro, encogidos de miedo, con la espalda apoyada en la puerta del armario.

La casa olía a bratwurst, lo que hizo pensar a Tim: «Vaya con los estereotipos.»Erika, temblorosa, se hincó de rodillas y cogió a Bowrick por la cintura. Él tenía una mano levantada, el antebrazo doblado como si se protegiera los ojos de una luz.

– No lo mates, ay, Dios, no… -La chica se vino abajo.

– Hay unos tipos que vienen a matarte -dijo Tim-. Tienes que esconderte mejor.

Tras un instante de incredulidad absoluta, Bowrick bajó la mano.

Tim se asomó y cerró las gruesas contraventanas de estilo germánico para que no los vieran desde la calle. Cuando se volvió de cara a los chicos, ambos tenían lágrimas en las mejillas.

– Pues que me cojan -dijo Bowrick-. Ya no me importa.

– ¿Es eso cierto?

Se sorbió la nariz y se la limpió con la manga.

– No.

Erika recuperó la voz.

– ¿Quién eres?

Tim hizo un gesto en dirección a la ventana, ahora cerrada.

– Eso es una estupidez. Es una estupidez haber venido aquí. Hay pistas que pueden conducirlos hasta esta casa.

– ¿Y qué tengo que hacer? -La saliva había formado una película cubierta de burbujas en la comisura de la boca de Bowrick.

– Esto, desde luego, no.

– No tengo adonde ir.

– Acude a la poli.

– Los putos polis me odian.

– Baja la voz.

– No van a mover un puto dedo para ayudarme, y si lo hacen, estar bajo vigilancia sería peor que estar aquí fuera. Hazme caso, lo sé.