Echó un trago de la botella de agua del almuerzo, pero no le ayudó a disolver el regusto acre en el fondo de la garganta, que permanecía arraigado y seco, probablemente como el regusto de la muerte y el asesinato, de los que llevaba saturado ya un mes largo. Tal vez necesitaba algo más fuerte para librarse de él.
Una copa de martini de neón le llamó la atención desde una ventana tintada. Giró hacia la izquierda para meterse en un aparcamiento y se aproximó a la garita blanca de los aparcacoches.
Los graves atronadores procedentes del coche que salía y el atuendo negro de arriba abajo de la pareja que entraba le indicó que, sin pretenderlo, había ido a un club y no a un bar. Le desagradaba la moda en la mayoría de sus manifestaciones, pero ya era tarde, y además, una copa era una copa.
Al bajar del coche, un muchacho con el pelo negro repeinado hacia atrás le entregó la mitad de un resguardo envuelto en una vaharada de colonia barata, se puso al volante y dobló la esquina con un chirriar de neumáticos. Tim echó un vistazo a las cinco plazas vacías que había delante del club y lanzó una mirada perpleja al otro aparcacoches.
– ¿Hay alguna razón para que no podáis dejar el coche ahí mismo?
El chico soltó una risilla.
– Pues sí. Es un modelo del noventa y siete.
Un gorila estaba a cargo de una cuerda de color granate delante de la puerta. Era un cachas mitad blanco y mitad asiático, guapo de cojones. Tim lo aborreció ciegamente de inmediato.
Se acercó y señaló con un ademán de la mano la puerta oscura, de la que salía humo de tabaco y una melodía saturada de metales. El gorila mantenía la cabeza levemente echada hacia atrás como si permaneciera en un estado constante de aburrimiento o contemplación.
– Ponte a la cola, colega.
Tim miró la entrada vacía.
– ¿Qué cola? -Ahí.
El gorila señaló una alfombra roja -idea de algún promotor nocturno- que llegaba hasta la misma cuerda. Tim suspiró y se colocó en la alfombra. Se aproximó a la cuerda, pero el gorila no se movió.
– ¿Quieres que espere aquí?
– Sí.
– ¿Aunque no hay nadie en la cola?
– Sí.
– ¿Qué pasa? ¿Es uno de esos programas con cámara oculta?
– Tío, no tienes ni puta idea. -Algo vibró en la cintura del gorila, que echó un buen vistazo a la colorida hilera de buscas que llevaba colgados del cinturón. Cogió el amarillo plátano y miró la pantallita iluminada-: ¿Cómo te has hecho eso en el ojo?
– Un curioso accidente jugando al bádminton.
El tipo volvió a asentar la cabeza levemente rezagada con respecto del cuello recio.
– ¿Vas a montar bronca en mi club?
– Si me dejas aquí fuera, es posible que sí.
La risotada del tipo olía a chicle.
– Me gusta tu estilo, tío. -Desenganchó la cuerda y se hizo a un lado, aunque no lo suficiente para que Tim no tuviera que ponerse de costado a la hora de sortearlo.
Entró y localizó un taburete junto a la barra. Cuando se acercaba, un tipo con vaqueros de color arcilla plagados de bolsillitos le lanzó una mirada desdeñosa.
– Bonita camisa, abuelete -dijo.
Detrás de la barra, una empinada ladera translúcida de estanterías brillaba con un tono azul fosforescente. Tim pidió un vodka con hielo de doce dólares a una atractiva camarera pelirroja con un chaleco de cuero lo bastante abierto como para enseñar pechuga.
Un par de chicas bailaban como locas encaramadas a un cubo iluminado en medio de la pista. El gentío se mecía de aquí para allá en torno a ellas, lanzando en dirección a Tim vaharadas de colonia de diseño y sudor limpio. En un reservado, una pareja tumbada se comía la cara a lametazos con el hambre atroz de sensaciones que provoca la química. El ambiente estaba cargado de sexo y exuberancia, denso como si anunciara tormenta, y en medio estaba Tim, inmóvil y erguido, observándolo todo como una carabina en un baile mixto. Vio que tenía la copa vacía e indicó a la camarera que le pusiera otra.
A su lado había una chica con los codos apoyados en la barra y la espalda arqueada, de cara al ruido. Cruzó la mirada con ella sin querer y asintió. La chica sonrió y se fue. Ocuparon su lugar dos tipos con las camisas arrugadas y las caras enrojecidas y húmedas de la pista de baile, que pidieron dos chupitos de tequila.
– … A Harry, mi antiguo jefe, se le notaba quemado por completo. Era el típico zoquete que apenas sigue ninguna pista para ayudar a sus clientes. Cuando entré a trabajar como abogado de oficio, había un tipo acusado de asesinato en segundo grado. Aseguraba que su coartada era una camarera a la que le había estado tirando los tejos toda la noche, una pelirroja estupenda en un garito a la salida de Traction. No sabía dónde. Harry fue a unos cuantos sitios, no averiguó una mierda y a la semana siguiente condenaron a su cliente. Entre quince y perpetua. Unos meses después entramos aquí, a saber por qué, igual resulta que el cuñado de Harry invirtió en este antro, o algo por el estilo, ¿y sabes qué? -El tipo señaló a la pelirroja del chaleco medio desabrochado de detrás de la barra-. Ahí la tienes. Y recordaba al cliente. El problema es que a nuestro hombre se lo habían cargado en el patio de Corcoran un par de días antes. -Lanzó un hondo suspiro-. Sólo hay justicia para los ricos. Si tienes una casa que hipotecar para pagar el diez por ciento de la fianza, puedes conseguir que te suelten, y si te ocupas de tu propio caso y pergeñas una buena coartada, no tienes de qué preocuparte. En cambio, si estás sin blanca y no recuerdas lo ocurrido, si tu abogado es incapaz de encontrar a una pelirroja a la salida de Traction…, bueno, entonces… -Se metió otro chupito entre pecho y espalda-. Ahora, cuando ando medio quemado, entro aquí. Me da fuerzas, me anima a cubrir todos los ángulos. -La camarera puso otra ronda y el tipo le dio un billete de veinte dólares doblado por la mitad-. Es mi musa.
– Vaya gilipollez de trabajo tenemos -comentó su amigo.
Tras la declaración, entrechocaron los vasos, engulleron los chupi- tos y menearon la cabeza con gesto acre. El charlatán vio que Tim los miraba y se inclinó hacia él para ofrecerle una mano sudorosa.
– Me llamo Richard. ¿Por qué no te tomas una con nosotros? -La música metía tal estruendo que apenas se le notaba la lengua pastosa.
– No, gracias.
– Sin ánimo de faltar, me parece que no tienes mucho más que hacer. -Richard se volvió hacia su amigo-. Bueno, Nick, creo que el colega no quiere hacernos compañía. Me parece que anda ocupado consigo mismo.
– No me caen muy bien los abogados de oficio -dijo Tim. El alcohol le había soltado la lengua. De pronto recordó por qué rara vez bebía.
– No sé por qué. Nos pagan una mierda, nos quemamos en plena juventud y representamos sobre todo a gilipollas impresentables. Un currículo impresionante, ¿no?
– Sí, bueno, yo me he encontrado en el otro extremo de la ecuación contra la que despotricas. He visto salir libre a gente que no se lo merecía.
– Deja que lo adivine. Eres poli. Primero disparas y luego preguntas. -Richard hizo un saludo marcial con ademán ebrio-. Bueno, agente, por muchos veredictos erróneos que haya visto usted, seguro que Nick y yo le llevamos la delantera. Hoy me ha llegado un chico…