"Tenemos que ser organizados. La organización hace accesible cualquier objetivo. "
Se quedo boquiabierta.
Él frunció el ceño. "¿Por qué me mira así? "
"Suena exactamente como Lady Danbury. De hecho, ella utiliza la misma frase. "
"¿De verdad? " James tosió, y luego se aclaró la garganta. Maldición, acababa de meter la pata. Algo en Elizabeth y en aquellos ojos azules de ángel suyos lo hizo olvidar que estaba de incógnito. Nunca debería haber usado una de las máximas favoritas de Tía Agatha. Habían sido machacadas en su cabeza con tanta frecuencia cuando era un niño que ahora eran también sus máximas.
Había olvidado que se dirigía a una persona que conocía cada uno de los matices del carácter de Agatha tan bien como él. "Estoy seguro de que es solamente una coincidencia," dijo, en tono firme. Según su experiencia la gente tendía a creer cualquier cosa que dijera mientras sonara como si supiera de lo que hablaba.
Pero, por lo visto, Elizabeth no. "Ella lo dice al menos una vez por semana. "
"Bien, entonces, estoy seguro que debo haberla oído en algún momento. "
Ella pareció aceptar aquella explicación, ya que abandonó el tema y en cambio dijo, "Decía algo sobre trazar un plan de estudios… "
“Correcto. Necesitaré una tarde para planearlo, pero quizás podríamos encontrarnos cuando haya acabado con Lady Danbury. La acompañaré a casa, y podemos comenzar por el camino. "
Ella sonrió débilmente. "Muy bien. Me encontraré con usted en la puerta principal a las cuatro y treinta y cinco minutos. Acabo a las cuatro y media," explicó ella, "pero me llevará cinco minutos llegar a la puerta. "
"¿No podemos simplemente encontrarnos aquí? "
Ella negó con la cabeza. “No, a menos que quiera que todos los criados de Danbury House chismorreen sobre nosotros. "
"Un razonamiento excelente. En la puerta principal, entonces. "
Elizabeth saludó con la cabeza y dejó el cuarto, sus piernas temblorosas apenas le alcanzaron para volver al banco almohadillado. Dios querido, ¿en que maldito lío se había metido?
Maullido.
Miró hacia abajo. Malcolm, el gato del demonio, estaba sentado a sus pies, contemplándola como si ella fuera un ratón.
"¿Qué quieres? "
El gato se encogió de hombros. Elizabeth no sabía que un gato pudiera hacerlo, pero claro, tampoco había creído jamás que se encontraría alguna vez sentada en el gran vestíbulo de Danbury House, hablando con su felina némesis.
"Piensas que soy ridícula, ¿verdad? "
Malcolm bostezó.
"He acordado dejar que el señor Siddons me entrene para encontrar marido. "
Las orejas del gato se irguieron.
"Sí, ya sé que te gusta más que yo. Todo el mundo te gusta más que yo. "
El gato se encogió de hombros otra vez, evidentemente poco inclinado a contradecir su declaración.
"Crees que no puedo hacerlo, ¿verdad? "
Malcolm movió su cola trazando un circulo. Elizabeth no tenía ni idea de cómo traducir esto, pero dado la bien documentada aversión del gato hacia ella, más bien pensaba que significaba, “Tengo mayores probabilidades de encontrar marido que tú. "
"¿Elizabeth? "
Se puso roja como una remolacha y volvió la cabeza hacia un lado. James había asomado la cabeza por la puerta de la biblioteca y la miraba socarronamente.
"¿Esta hablando con el gato? "
"No. "
"Podría haber jurado que la oí dirigiéndose al gato. "
"Bien, pues no lo hice. "
"Oh. "
"¿Por qué iba a hablarle yo al gato? Me odia. "
Los labios de James temblaron. "Sí. Me lo dijo. "
Trató de fingir que no se había dado cuenta de que sus mejillas ardían. "¿No tiene nada que hacer? "
"Oh, sí, el proyecto de lecciones. Le veré un poco más tarde de las cuatro y media. "
Elizabeth esperó hasta que oyó el chasquido de puerta de la biblioteca al cerrarse. "Dios santo," exhaló. "Me he vuelto loca. Completamente loca. "
Añadiendo el insulto a la herida, el gato asintió con la cabeza.
Capitulo 10
James se presentó en el sendero que conducía a la puerta principal a las cuatro y cuarto, sabiendo que llegaba ridículamente temprano, pero incapaz de detener a sus pies que lo llevaban al sitio de reunión acordado. Se había sentido agitado durante toda la tarde, tamborileando constantemente con sus dedos sobre las mesas y paseando marcando el paso a través de los cuartos. Había tratado de sentarse y escribir el plan de estudios del que se había jactado, pero las palabras no le venían.
No tenía ninguna experiencia sobre la educación de una señorita para su presentación en sociedad. La única señorita que realmente conocía era la esposa de su mejor amigo, Blake Ravenscroft. Y Caroline no había sido educada precisamente para ser presentada en sociedad ella misma. En cuanto a todos sus otros conocidos de sexo femenino – todas ellas eran justo de la clase de mujeres en que la señora Seeton trataba de moldear a Elizabeth. Justamente de la clase de hembras que lo habían hecho lanzar un aplastante suspiro de alivio al poder escapar de Londres.
¿Qué era lo que quería en una mujer? Su búsqueda para ayudar a Elizabeth pareció que comenzaba por aquí. ¿Qué era lo que quería en una esposa? Tenía que casarse; en este sentido no había discusión posible. Pero había sido condenadamente duro imaginar el pasar el resto de su vida con una tímida flor que tuviera miedo de expresar una sola opinión.
O peor, una tímida flor que no poseyera ni siquiera una opinión.
Y lo peor era que aquellas señoritas sin opinión invariablemente venían acompañadas de madres sumamente obstinadas.
No estaba siendo justo, se obligó a reconocer. Había conocido a algunas señoritas interesantes. No muchas, pero unas cuantas. Hasta podría haberse casado con una o dos de ellas sin temor a que le arruinaran la vida. Puede que no hubiera sido un matrimonio por amor, y no habría habido nada de magnífica pasión, pero él podría haber sido pasablemente feliz.
Así que, ¿ qué era lo que estas señoritas -las que habían atraído fugazmente su atención- poseían? Una cierta alegría de vivir, amor por la vida, una sonrisa que parecía sincera, una luz en los ojos. James estaba seguro de que él no era el único hombre que había notado estas cosas – todas las señoritas en cuestión habían sido rápidamente pedidas en matrimonio, por lo general por hombres que le gustaban y a los que respetaba.
Amor por vida. Tal vez eso era todo. Se había pasado toda la mañana leyendo Como casarse con un Marqués, y con cada edicto, había imaginado como se apagaba un poquito más cada vez aquella incomparable luz de zafiro en los ojos de Elizabeth.
No quería que la moldearan como algún predeterminado ideal de joven mujer inglesa. No quería que andara con ojos abatidos, tratando de ser misteriosa y recatada. Quería que fuera ella misma.
Elizabeth cerro la puerta de Danbury House tras ella y echó a correr camino abajo. Su corazón latía acelerado, tenía las manos húmedas, y aunque, exactamente, no se sentía avergonzada que James hubiera descubierto su desesperado secreto, estaba sumamente nerviosa.
Había pasado toda la tarde reprochandose el aceptar su oferta. ¿No se había pasado toda la noche anterior sollozando hasta dormirse, y todo porque pensaba que podría amarlo – ¿a un hombre con el que no podía casarse nunca? Y ahora, deliberadamente, se había colocado a si misma en su compañía, permitiéndole bromear con ella, y coquetear, y-
Dios santo, ¿y si quería besarla otra vez? Dijo que iba a entrenarla para atraer a otros hombres. ¿Implicaba eso besos? Y si era sí, ¿debería dejarle hacerlo?
Gimió. Como si fuera a ser capaz de pararlo. Siempre que estaban en el mismo cuarto juntos, sus ojos vagaban hasta su boca, y recordaba lo que experimentaba al sentir aquellos labios sobre lo suyos. Y Dios le ayudara, quería sentirlo de nuevo.
Un ultimo vislumbre de felicidad. Tal vez eso era lo que era todo esto. Iba a tener que casarse con alguien a quien no amaba, tal vez incluso alguien que no le gustara demasiado. ¿Era tan malo desear unos últimos días de risa, de miradas secretas, de este embriagador zumbido de deseo recién descubierto?