"Qué diligente de su parte," murmuró ella.
"Elizabeth, debe saber defenderse. Los hombres son unos canallas. Unos sinvergüenzas. Unos idiotas, todos ellos. "
"¿Incluido usted? "
"¡Sobre todo yo! ¿Tiene idea de lo qué intentaba hacer hace un momento mientras me inspeccionaba el ojo? "
Ella negó con la cabeza.
Sus ojos ardieron de furia y necesidad. "Si hubiera tenido un segundo más, solamente un bendito segundo más, habría rodeado su cuello con mi mano, y antes de que pudiera decir ‘Jesús’, habría estado sentada en mi regazo. "
Ella no dijo nada, lo que, por alguna necia razón no podía entender, lo enfureció. "¿Entiende lo qué le digo? " le exigió.
"Sí," dijo ella, con tranquilidad. "Y consideraré esta lección como una parte crucial de mi educación. Soy demasiado confiada. "
"Es condenadamente razonable al respecto," se quejó él.
"Por supuesto, esto presenta un interesante dilema con respecto a la lección de mañana. " Ella cruzó los brazos y lo contemplo evaluativamente. “Después de todo, me dijo que debía estudiar los, er, aspectos amorosos del cortejo. "
James tenía el presentimiento de que no iba a gustarle lo que venía a continuación.
"Me dijo que debo aprender a besar, y" – aquí le lanzó una mirada extremadamente dudosa- "me dijo que debía ser usted quien me enseñara. "
James no podía pensar nada que lo hiciera aparecer bajo una luz elogiosa, así que mantuvo la boca cerrada y trató de mantener la dignidad frunciendo el ceño.
"Y ahora me dice," siguió ella, " que no debo confiar en nadie. Así que, ¿por qué debería confiar en usted? "
"Porque deseo lo mejor para usted de corazón. "
"¡Ha! "
Como punto y final, era conciso, directo, y notablemente eficaz.
"¿Por qué me está ayudando? " susurró ella. "¿Por qué ha hecho esta extraña oferta de sus servicios? Porque es extraño, lo sabe. Seguramente debe haberse percatado de ello. "
"¿Por qué ha aceptado usted? " le respondió él.
Elizabeth hizo una pausa. No había forma de contestar su pregunta. Ella era una mentirosa terrible, y definitivamente no podía decirle la verdad. Oh, él estaría encantado de escuchar que con lo del aprendizaje ella quería conseguir pasar una semana, o si era afortunada una quincena completa, en su compañía. Quería oír su voz, y respirar su olor, y capturar su respiración mientras pudiera tenerlo cerca. Quería enamorarse y fingir que podría durar para siempre.
No, la verdad no era una opción.
"No importa por qué he aceptado," contestó finalmente.
Él se puso de pie. "¿No? "
Sin ni quiera darse cuenta, ella retrocedió un paso. Era mucho más fácil fingir una baladronada cuando él estaba sentado. Pero completamente de pie, era el espécimen masculino más intimidante con el que se había topado alguna vez, y toda su reciente divagación sobre sentirse tan cómoda en su presencia parecía bastante tonta y prematura.
Ahora era diferente. Estaba aquí. Estaba muy cerca. Y la quería.
El sentimiento de seguridad había volado- el que le permitió estar tan cómoda en su compañía, y decir lo que se le pasara por la cabeza sin temor a sentirse avergonzada. Había sido sustituido por algo infinitamente más excitante, algo que le robó el aliento, la razón y su misma alma.
Sus ojos no abandonaron los de ella. Su profundo tono castaño ardía y se oscureció cuando él redujo la distancia entre ambos. Ella no podía parpadear, ni siquiera podía respirar cuando él se acercó aún más. El aire se calentó, se electrificó, y entonces él se detuvo.
"Voy a besarla," susurró.
Ella no pudo emitir una palabra.
Una de sus manos se posó en la parte baja de su espalda. "Si no lo desea, dígamelo ahora, porque si no lo hace… "
Ella creyó que no se había movido, pero sus labios se separaron en silencioso asentimiento.
Su otra mano se deslizó detrás de su cabeza, y ella creyó oírlo murmurar algo cuando sus dedos se hundieron en la seda de su pelo. Sus labios se rozaron contra los suyos, una vez, dos veces, después se trasladaron a la comisura de su boca, donde su lengua embromó la sensible piel del borde de sus labios hasta obligarla a jadear de placer.
Y todo el tiempo, sus manos se movían arriba y abajo, acariciando su espalda, rozando delicadamente la parte posterior de su cuello. Su boca se movió a su oído, y cuando susurró, ella lo sintió tanto como lo oyó.
"Voy a acercarla más. " Su aliento, y sus palabras, se sentían ardientes contra su piel.
La parte apenas consciente de Elizabeth se percató de que la trataba con un respeto poco común, y logró encontrar la voz el tiempo suficiente para decir, “¿Por qué me lo dice? "
"Para darle la posibilidad de decir que no. " Su mirada -dura, ardiente, y muy masculina -cayo abruptamente sobre su cara. "Pero no quiere decirlo. "
Ella odió su arrogancia no estaba equivocado, odiaba no poder negarle nada cuando la sostenía entre sus brazos. Pero adoraba la crepitante percepción que recorría su cuerpo -la extraña sensación de que por primera vez en su vida, entendía su propio cuerpo.
Y cuando la apretó contra él, le encantó que su corazón galopara tan rápido como el de ella.
Su calor la abrasó, y no sintió nada más que a él, no oyó nada excepto el apresuramiento de su propia sangre, y un suavemente articulado, "Maldición".
¿Maldición?
Él la soltó bruscamente.
Maldición. Elizabeth trastabilló hacia atrás, haciendo plaf en una silla que estaba tras ella.
"¿Ha oído eso? " susurró James.
"¿Qué? "
Murmullo de voces. "Eso", siseó él.
Elizabeth se incorporó como un rayo. "Oh, no," gimió. "Es Susan. Y Lucas y Jane. ¿Estoy presentable? "
"Er, casi," mintió él. "Tal vez podría querer… " Hizo un vago gesto de recogerse el cabello alrededor de su cabeza.
"¿El pelo? " jadeó ella. "¡Mi pelo! ¿Qué le ha hecho a mi pelo? "
"No tanto como me hubiera gustado," refunfuñó él.
"Oh Dios, oh Dios, oh Dios. " Se apresuró hasta el fregadero, haciendo tan sólo una pausa para mirar por encima de su hombro y decir, "Tengo que ser un ejemplo. Juré a Dios hace cinco años que seria un ejemplo. Y míreme. "
Había estado haciendo poco más durante toda la tarde, pensó James con desánimo, y todo que lo había conseguido era sentirse frustrado.
La puerta de calle se cerró de golpe. Elizabeth dio un brinco. “¿Tengo el cabello muy desordenado? " preguntó frenéticamente.
"Bueno, no tiene el mismo aspecto que cuando llegamos," reconoció él.
Ella se paso las manos por la cabeza con movimientos rápidos y nerviosos. "No me da tiempo a recogérmelo. "
Él decidió no contestar. Según su experiencia era de sabios no interrumpir la toilet de una dama.
"Sólo puedo hacer una cosa," dijo ella.
James miró con interés como se mojaba la manos en un pequeño cubo de agua que había sobre el mostrador. Era el mismo cubo que había utilizado para mojar el trapo para su ojo.
Las voces de niños se oyeron más cerca.
Y entonces, Elizabeth, a quien consideraba como un ser humano sobrio y racional, levantó las manos, salpicando agua por toda partes, por su cabeza, su blusa, y, por todo él.
La cordura de ella, decidió mientras, despacio, sacudía el agua de sus botas, era una presunción que obviamente necesitaba ser revisada.
Capitulo 12
"Por las llaves de San Pedro," exclamó Susan. "¿Qué pasó? "
"Un pequeño accidente," contestó Elizabeth. Su mentira debería haber sido mejor, porque Susan puso inmediatamente los ojos en blanco y resopló de incredulidad. Lanzar el agua había sido un plan defectuoso, pero ciertamente inspirado. Si no podía conseguir que su pelo tuviera buen aspecto, entonces podía estropearlo del todo. Al menos, entonces nadie sospecharía que su desarreglo era debido a los dedos de James.
La pequeña cabeza rubia de Lucas se giró y contempló el desastre. "Parece como si hubiéramos sido visitados por la gran inundación. "