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"¿Cómo puede estar tan segura de eso? "

Lo miró boquiabierta. "¿Lo está? "

"No, por supuesto que no," le espetó él. "Pero eso no lo puede saber, ¿verdad? "

"¡Por supuesto que si! He trabajado para ella durante más de cinco años. ¿Cree realmente que Lady Danbury podría haberse comportado de forma sospechosa sin que yo lo notara? Santo cielo, solamente mire como reaccioné cuando ella comenzó a dormir la siesta. "

Él la fulminó con la mirada y sus ojos oscuros no admitían argumentos. "No se va a unir a la investigación de chantaje, y punto. "

Ella se cruzó de brazos en respuesta y no dijo nada.

"¿Elizabeth? "

Una mujer más cautelosa podría haber prestado atención a la dura advertencia de su voz, pero Elizabeth no se sentía demasiado prudente en aquel momento. "No puede impedirme que trate de ayudar a Lady Danbury. Ella ha sido como una madre para mí, y… " Se atragantó con sus palabras cuando él la empujó contra una mesa, sus manos agarrándola por los brazos con desmesurada intensidad.

"Te amarraré, te amordazaré. Te ataré a un maldito árbol si es lo que hace falta para que no metas la nariz donde no debes. "

Elizabeth tragó aire. Nunca había visto a un hombre tan furioso. Sus ojos chispeaban, su mano temblaba, y su cuello estaba tan tenso que pareció que el roce más diminuto podría separarlo de su torso.

"Bueno, bien" chilló ella, tratando de liberarse. El no parecía tener idea de lo fuertemente que la sujetaba- o ni siquiera de que la estaba sujetando. "No dije que iba a interferir exactamente, solamente que le ayudaría de alguna forma, una forma completamente segura, y… "

"Prométemelo, Elizabeth. " Su voz era baja e intensa, y era casi imposible no derretirse ante la ferocidad del sentimiento contenido en aquella única palabra.

"Yo… ah…" Oh, ¿dónde estaba la señora Seeton cuándo la necesitaba? Elizabeth había tratado de engatusarlo para despejar su furia -estaba casi segura de que eso se mencionaba en el Edicto Número veintiséis pero no había funcionado. James seguía furioso, sus manos aún se cerraban alrededor de sus brazos como tenazas, y que Dios le ayudara, pero Elizabeth no podía apartar sus ojos de la boca de él.

"Prométemelo, Elizabeth," repitió él, y lo único que ella podía hacer era contemplar cómo sus labios formaban las palabras.

Sus manos se apretaron más fuerte alrededor de sus brazos, lo que, combinado con alguna fuerza celestial, la sacó del trance, y movió sus ojos hasta encontrar los de él. "No haré nada sin consultarle primero," susurró.

"Eso no es suficiente. "

"Tendrá que serlo. " Se estremeció. "James, me hace daño. "

Bajó la mirada a sus manos como si fueran objetos extraños, entonces abruptamente la liberó. "Lo siento," dijo distraídamente. "No me di cuenta. "

Ella dio un paso hacia atrás, frotándose los brazos. "Está bien. "

James la miró durante un largo momento antes de jurar por lo bajo y darse la vuelta. Había estado tenso, y se había sentido frustrado antes, pero nunca esperó sentir la violenta inundación de emociones que ella había desatado. La mera idea de Elizabeth en peligro, y se convertía en un idiota farfullante.

La ironía era exquisita. Justamente el año pasado se había reído de su mejor amigo cuando él había estado en una situación similar. Blake Ravenscroft se había vuelto completamente desquiciado cuando su futura esposa había intentado participar en una operación del Ministerio de Defensa, James había encontrado toda la situación inmensamente divertida. Tenia claro que Caroline no corría verdadero peligro, y había pensado que Blake era un asno locamente enamorado por armar tal alboroto.

James podía ver la situación actual con la suficiente objetividad como para saber que Elizabeth corría incluso menos peligro aquí, en Danbury House. Y aún así, su sangre bullía de miedo y furia ante la sola mención de que se involucrara en el asunto del chantaje.

Tenía la sensación de que esto no era buena señal.

Esto tenia que ser alguna clase de obsesión enfermiza. No había hecho otra cosa que pensar en Elizabeth Hotchkiss desde que había llegado a Danbury House a principios de semana. Primero había tenido que investigarla como posible chantajista, y después se había encontrado asumiendo la desafortunada posición de maestro para encontrarle marido.

En realidad, él mismo se había ofrecido para aquel papel, pero decidió no profundizar demasiado en ese punto.

La cuestión era, que era muy natural que temiera por su seguridad. Él se había autonombrado su protector, y ella era una cosita tan diminuta; cualquier hombre se sentiría protector.

Y en cuanto a esa necesidad -esa que roía sus tripas y disparaba su pulso- bueno, él era un hombre, después de todo, y ella una mujer, y estaba aquí, y era realmente muy hermosa, al menos en su opinión, y cuando sonreía le hacía sentir cosas raras en su -

"Maldición," refunfuñó, "voy a tener que besarla. "

Capitulo 13

Elizabeth apenas tuvo tiempo de tomar aire antes de que sus brazos se cerraran alrededor de ella. Su boca encontró la suya con una aturdidora mezcla de poder y ternura, y ella se derritió -totalmente- en su abrazo.

De hecho, su último pensamiento coherente fue que la palabra "derretirse" surgía en su mente con bastante frecuencia. Algo en este hombre le provocaba eso. Una de esas intensas miradas suyas- de la clase que insinuaban cosas oscuras y peligrosas, cosas sobre las que ella no sabía nada- y estaba perdida.

Su lengua se introdujo entre sus labios, y sintió su boca abrirse bajo la de él. La exploró completamente, acariciándola profundamente, convirtiendo su aliento en el suyo.

"Elizabeth," dijo con voz áspera. "Dime que lo necesitas. Dímelo. "

Pero ella estaba más allá de las palabras. Su corazón latía desenfrenadamente, sus rodillas temblaban, y una pequeña parte de ella sabía que si decía las palabras, no habría vuelta atrás. Así que tomó la salida cobarde, y arqueó el cuello para otro beso, invitándolo silenciosamente a proseguir con su sensual exploración.

Su boca se deslizó por la línea de su mandíbula, después jugueteó con su oído, y luego se trasladó a la sensible piel de su cuello, y todo el rato sus manos se movían incesantemente. Una se deslizó hacia abajo a la curva de sus nalgas, ahuecándose sobre ellas con exquisita ternura mientras atraía y presionaba suavemente sus caderas contra su excitación. Y la otra se desplazaba hacia arriba, sobre sus costillas, hacia…

Elizabeth dejó de respirar. Cada nervio en su cuerpo se estremecía de anticipación, doliendo con una desgarradora necesidad que nunca había imaginado que existiera.

Cuando su mano envolvió su pecho, no importó que hubiera dos capas de tejido entre su piel y él. Se sintió arder, marcada, y ella supo que pasara lo que pasara, una parte de su alma pertenecería a este hombre para siempre.

James murmuraba algo, palabras de amor y necesidad, pero ella no entendía nada más que el fuerte deseo de su voz. Y entonces sintió que caía lentamente. Su mano en su espalda la sujetaba, pero ella descendía hacia la suave alfombra del suelo de biblioteca.

James gimió algo -algo que sonaba como a su nombre – y era más una plegaria que otra cosa. Y entonces se encontró tumbada sobre su espalda, y a él cubriéndola. Su peso era emocionante y su calor vertiginoso. Pero entonces él arqueó sus caderas hacía delante y notó la verdadera extensión de su deseo por ella, y su trance sensual se rompió.

"James, no," susurró. "No puedo. " Si no paraba esto ahora, no seria capaz de detenerlo después. No sabía cómo tenia ese conocimiento, pero era tan cierto como que se llamaba Elizabeth.

Sus labios se detuvieron, pero su respiración era irregular, y él no se quitó de encima de ella.

"James, no puedo. Desearía…- " Se calló en el último segundo. Dios mío, ¿había estado a punto de decirle que casi lamentaba no poder hacerlo? Elizabeth se ruborizó de vergüenza. ¿Qué clase de mujer era ella? Este hombre no era su marido y nunca lo sería.