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Por supuesto esto no explicaba por qué había traído el libro -el cual no había salido nunca antes de la casita de los Hotchkiss – con ella, en primer lugar.

Había esperado hasta casi las cuatro, cuando los invitados, probablemente, estarían disfrutando en el exterior de la cálida luz del sol de la campiña. Lady Danbury había mencionado el tenis y un té sobre el césped del jardín sur. No era precisamente la ruta que Elizabeth tenia que seguir a fin de recuperar su cuaderno, pero no había ninguna razón por la que no pudiera tomar ese camino para buscar a Lady Danbury y preguntarle si había visto su libro de cuentas.

Ninguna razón excepto su orgullo.

Dios, Elizabeth odiaba esto. Se sentía tan desesperada, tan codiciosa. Siempre que el viento soplaba, estaba segura de que eran sus padres desde el cielo, sintiendo nauseas de verla rebajarse. Se sentirían horrorizados de verla así, inventando débiles excusas solamente para asistir a una fiesta a la cual no la habían invitado.

Y todo esto solamente para conocer a un hombre que probablemente caminaba encorvado.

Gimió. Había permanecido de pie ante la verja delantera, con la frente apoyada contra la reja durante veinte minutos. Si se quedaba allí mucho más, acabaría por meter la cabeza entre los barrotes y quedarse encajada, justo como le sucedió a Cedric Danbury en el Palacio de Windsor.

No podía retrasarlo más. Alzando la barbilla y cuadrando los hombros, avanzó, rodeando resueltamente la zona cercana a la vivienda de James. Lo último que necesitaba en ese momento era encontrarse con él.

Se deslizo por la puerta principal de Danbury House, sus oídos atentos a cualquier sonido proveniente de la fiesta, pero todo lo que escuchó fue el silencio. El libro de cuentas estaba en la biblioteca, pero ella fingía que no lo sabía, así que deambuló por la casa hasta las puertas francesas que conducían hacia la terraza de atrás.

Efectivamente, una docena más o menos de señoras elegantemente vestidas y de caballeros estaban desperdigados sobre el césped. Un par de ellos llevaban raquetas de tenis, otros bebían a sorbos ponche, y todos reían y charlaban.

Elizabeth se mordió el labio. Incluso sus voces sonaban elegantes.

Salió a la terraza. Tenía la sensación de que parecía tan tímida como un ratón, pero en realidad no importaba demasiado. Nadie esperaría que la dama de compañía de Lady Danbury se introdujera con descaro en la fiesta.

Lady D presidía la fiesta sentada en el extremo más lejano de la terraza, sentada en un acolchado sillón azul, que Elizabeth reconoció como perteneciente al cuarto azul. La monstruosidad tapizada de terciopelo era la única pieza del mobiliario interior que había sido trasladada a la terraza, y definitivamente se asemejaba a un trono, lo cual, imaginó Elizabeth, había sido la intención de Lady D. Dos señoras y un caballero estaban sentados junto a ella. Las señoras asentían atentamente con la cabeza a cada palabra de ella y los ojos del caballero estaban vidriosos; nadie parecía extrañarse de que Malcolm estuviera tumbado sobre el regazo de Lady D, panza arriba con sus patas extendidas hacia fuera como un X. Pareció un cadáver, pero Lady Danbury le había asegurado a Elizabeth innumerables veces que su espina era increíblemente flexible y que realmente le gustaba esa posición.

Elizabeth se desplazó un poco más cerca, tratando de captar las palabras de Lady D de modo que pudiera interrumpir en el momento menos inoportuno. No era difícil seguir la conversación; era más un monólogo que otra cosa, con Lady Danbury de estrella principal.

Estaba a punto de dar un paso adelante con la intención de llamar la atención de Lady Danbury cuando sintió que alguien la agarraba del codo. Girándose, ella se encontró cara a cara con el hombre más guapo que había visto jamás. Cabello dorado, ojos azul celeste – "guapo" no alcanzaba para describirlo. Este hombre tenía la cara de un ángel.

"Más ponche, por favor," dijo, tendiéndole su taza.

"Oh, no, lo siento, no lo entiende. Yo… "

"Ahora. " Le dio un golpe en el trasero.

Elizabeth notó que se ruborizaba, y le dio un empujón al vaso rechazándolo. "Se confunde. Si me perdona. "

Los ojos del hombre rubio se entrecerraron peligrosamente, y Elizabeth sintió un estremecimiento de cautela recorrer su columna. Este no era un hombre al que contrariar – aunque uno pensara que ni siquiera la más colérica de las personas se enfadara tanto por un vaso de ponche.

Con un pequeño encogimiento de hombros, ella borró el incidente de su mente y se puso en camino hacia Lady Danbury, quien la miró con sorpresa. "¡Elizabeth! " exclamó. "¿ Qué haces tú aquí?"

Elizabeth compuso una expresión que esperaba que resultara encantadora, pidiendo disculpas con una sonrisa. Después de todo, tenía audiencia. "Siento terriblemente molestarla, Lady Danbury. "

"Tonterías. ¿Qué sucede? ¿Tienes algún problema en casa? "

"No, no, no es nada tan terrible. " Echo una miradita al caballero parado junto a Lady Danbury. Su aspecto era parecido a James en cuanto a color de pelo y ojos, y parecían ser de una edad similar, pero sus ojos de alguna forma, se veían muchos años más jóvenes.

James había visto cosas. Cosas terribles. Estaba ahí en sus ojos, cuando él creía que ella no lo miraba.

Pero tenia que dejar de fantasear sobre James. No había nada malo en este caballero. Mirándolo objetivamente, tuvo que confesar que era extraordinariamente hermoso. Y definitivamente no parecía encorvado.

Solamente que no era James.

Elizabeth se reprendió mentalmente. "Temo que olvidé mi libro de cuentas aquí," dijo, mirando de nuevo hacia Lady Danbury. "¿Lo ha visto usted? Es que lo necesito antes del lunes. "

Lady D negó con la cabeza mientras hundía su mano en el abundante pelaje de Malcolm y frotaba su vientre. "No puedo decir que lo haya visto. ¿Estás segura de que lo trajiste? Nunca te he visto traer algo así antes. "

"Estoy segura. " Elizabeth tragó, preguntándose por qué la verdad sonaba como una mentira.

"Lamento no poder ayudarte," dijo Lady Danbury, "pero tengo invitados. Espero que no te importe buscarlo tu misma. No pueden haber más de cinco o seis habitaciones donde pueda estar. Y los criados saben que puedes andar por donde quieras en esta casa. "

Elizabeth se enderezó y asintió. Había sido despedida. "Iré a mirar ahora mismo. "

De repente el hombre que está de pie al lado de Lady Danbury se adelantó de un brinco. "Estaría encantado de ayudarla. "

"Pero no puede marcharse," lloriqueó una de las señoras.

Elizabeth contempló la escena con interés. Estaba claro por qué las señoras parecían tan interesadas en permanecer junto a Lady D.

" Dunford," ladró Lady Danbury, "Estaba a punto de contarte mi audiencia con la Condesa Rusa. "

"Oh, yo ya la conozco," dijo él con una sonrisa maliciosa.

Elizabeth se quedó boquiabierta. Jamás había conocido a nadie que no se sintiera sumisamente intimidado por Lady Danbury. Y esa sonrisa -Dios santo, ella nunca había visto nada semejante. Estaba claro que ese hombre había roto muchísimos corazones.

"Además," continuó él, "me apetece más jugar a la caza del tesoro. "

Lady Danbury frunció el ceño. “Supongo que debería presentarlos, entonces. Señor Dunford, esta es mi dama de compañía, la señorita Hotchkiss. Y estas dos damas son la señorita y la señora Corbishley. "

Dunford rodeó con su brazo el de Elizabeth. "Excelente. Estoy seguro de que encontraremos en poco tiempo el errante libro de cuentas. "

"En realidad no tiene que… "

"Tonterías. No puedo resistirme a una doncella en apuros. "

"Tampoco está en apuros," dijo la señorita Corbishley con voz irritada. "Por el amor de Dios, tan sólo ha extraviado un libro. "

Pero Dunford ya se había llevado a Elizabeth lejos, a través de las puertas de la terraza hacia el interior de la casa.