"No me digas. "
Ella tamborileó con un dedo sobre su mejilla. "Estoy segura de que ella lo ha mencionado. Quiero decir que es su primo, o tal vez él es un sobrino. Ella tiene un montón de hermanos. "
James obligó a una esquina de su boca a alzarse en una sonrisa, pero dudó que fuera convincente.
“Podría preguntarle sobre él. Probablemente debería preguntarle por él. "
Tenia que cambiar de tema, y rápido.
"Después de todo," continuó Elizabeth, "ella querrá saber por qué Dunford se ha marchado tan repentinamente. "
James lo dudaba. Agatha había sido quién lo había perseguido y le había exigido que mantuviera a aquel libertino sin escrúpulos -así lo había llamado- lejos de Elizabeth.
"Quizás debería ir a buscarla ahora mismo. "
Sin perder un segundo, él comenzó a toser otra vez. La única otra manera de impedirle abandonar el cuarto era agarrarla y seducirla sobre el suelo, y sospechaba que ella no consideraría tal comportamiento apropiado.
Bueno, quizás no era la única otra forma, pero ciertamente era la que el consideraba más atractiva.
"¿James? " preguntó ella, la preocupación ensombrecía sus ojos de zafiro. "¿Estás seguro de que te encuentras bien? "
Él asintió, dejando escapar unas cuantas toses más.
"Pues no suenas bien. " Posó una cálida y suave mano sobre su mejilla.
James contuvo el aliento. Ella estaba cerca de él, demasiado cerca, y pudo sentir que su cuerpo se endurecía.
Ella movió la mano a su frente. "Pareces bastante raro," murmuró ella, "aunque no estás caliente. "
Él dijo, "Estoy bien," pero sonó más como un jadeo.
"Puedo pedir té. "
Negó con la cabeza rápidamente. "No es necesario. Estoy… " Tosió. "Estaré bien. " Sonrió débilmente. "¿Ves? "
"¿Estás seguro? " Ella retiró la mano y lo estudió. Con cada parpadeo, la mirada nublada y desenfocada iba desapareciendo de los ojos de ella, para ser sustituida por un enérgico aire de competencia.
Lástima. Una mirada nublada y desenfocada era el mejor preludio para a un beso.
"¿Estas seguro? " reiteró ella.
James asintió.
"Bien, en ese caso," dijo ella, con una voz que James encontró notablemente carente de preocupación, "me voy a casa. "
“¿Tan pronto? "
Encogió un hombro en un gesto simpático. "No voy a hacer nada más por hoy. El señor Dunford ha sido llamado de vuelta a Londres por ese misterioso marqués, y dudo que vaya a recibir una oferta del Adonis rubio que me confundió con una sirvienta. "
"¿Adonis?" Dios bendito, ¿esa era su voz? No sabía que podía sonar tan malhumorado.
"La cara de ángel," explicó ella. "Los modales de un buey. "
Él asintió, sintiéndose mucho mejor. "Fellport".
"¿Quién? "
"El señor Bertram Fellport. "
"Ah. El que bebe demasiado. "
"Exactamente. "
"¿Cómo es que conoces a esta gente? "
"Ya te lo dije, solía moverme en los círculos más altos. "
"¿Si eres tan amigo de esta gente, no quieres saludarles? "
Esa era una buena pregunta, pero James tenía una buena respuesta. "¿Y dejarles ver lo bajo que he caído? De ninguna manera. "
Elizabeth suspiró. Sabia exactamente como se sentía. Ella había soportado todas las murmuraciones del pueblo, que la señalaran con el dedo y las risas disimuladas. Cada domingo llevaba a su familia a la iglesia, y cada domingo se sentaba en el banco tiesa como una tabla, tratando de actuar como si le gustara vestir a sus hermanos con vestidos anticuados y pantalones peligrosamente desgastados en las rodillas. "Tenemos mucho en común, tú y yo," dijo ella quedamente.
Algo destelló en los ojos de James, algo parecido al dolor, o tal vez a la vergüenza. Elizabeth comprendió que tenía que marcharse, porque lo único que quería hacer era rodear con sus brazos sus hombros y consolarlo – como si una mujer tan pequeña como ella pudiera proteger de alguna manera a este hombre tan grande y fuerte de las miserias del mundo.
Era absurdo, por supuesto. Él no la necesitaba.
Y ella no le necesitaba a él. Las emociones eran un lujo que no podía permitirse en este momento de su vida.
"Me voy," dijo rápidamente, horrorizada por la tangible ronquera de su voz. Pasó apresuradamente por delante de él, estremeciéndose cuando su hombro rozó su brazo. Durante un breve segundo pensó que él extendería la mano y la detendría. Lo sintió vacilar, lo sintió moverse, pero al final él solamente dijo, “¿Te veré el lunes? "
Ella asintió saliendo rápidamente por la puerta.
James contempló durante varios minutos la entrada vacía. El olor de Elizabeth todavía flotaba en el aire, una vaga mezcla de fresas y jabón. Un aroma inocente, sin duda pero suficiente para que su cuerpo se endureciera y le doliera de anhelar sentirla entre sus brazos.
En sus brazos, y un cuerno. ¿A quién trataba de engañar? La deseaba bajo él, rodeándolo. La deseaba encima de él, a su lado.
Sencillamente la deseaba. Punto.
¿Qué demonios iba a hacer con ella?
Ya había arreglado que se expidiera un cheque bancario para su familia -anónimamente, por supuesto. Si no Elizabeth nunca lo aceptaría. Eso debería ser suficiente parar detener todas esas tonterías sobre casarse con el primer hombre disponible-y adinerado- que se lo propusiera.
Pero eso no solucionaba el lío en el que estaba metido. Cuando su tía lo había buscado esta tarde y le había dicho que Elizabeth se había marchado con Dunford, había sentido una oleada de celos como jamás había imaginado. Le había oprimido el corazón, envenenado su sangre, y lo convirtió en un ser irracional, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera alejar a Dunford de Surrey y hacerlo regresar a Londres.
Londres, y un cuerno. Si hubiese encontrado un modo de enviar a Dunford a Constantinopla lo habría hecho.
Trataba de convencerse de que ella era como cualquier otra mujer. Pero pensar en ella en los brazos de otro hombre lo hacia sentirse físicamente enfermo, y no iba a ser capaz de continuar con esta farsa de encontrarle un marido mucho más tiempo. No, cuando cada vez que la miraba casi lo vencía el deseo de arrastrarla hasta el armario más cercano y hacerle el amor.
James gimió con resignación. Era más evidente cada día que iba a tener que casarse con la chica. Seguramente esta era la única solución que brindaría un poco de paz a su mente y a su cuerpo.
Pero antes de poder casarse con ella, iba a tener que revelarle su verdadera identidad, y no podía hacer eso hasta que él hubiera dejado resuelto todo el asunto del chantaje de Agatha. Se lo debía a su tía. Seguro que podía posponer sus propias necesidades durante una miserable quincena.
Y si no era capaz de solucionar este enigma en dos semanas -bueno, entonces, no sabía que demonios iba a hacer. Sinceramente, dudaba de poder aguantar más de dos semanas en su actual estado de miseria.
Con una fuerte y poco halagadora maldición, dio media vuelta y salió fuera. Necesitaba aire fresco.
Elizabeth trató de no pensar en James mientras se escabullía por delante de su pequeña y acogedora vivienda. Por supuesto, no tuvo éxito, pero al menos no tuvo que preocuparse de tropezarse con él. Él estaba en el salón, probablemente, riéndose del modo en que ella había huido.
No, tuvo que admitir para si misma, no se estaría riendo de ella. Las cosas serian más fáciles si lo hiciera. Entonces ella podría odiarlo.
Como si el día no estuviera siendo lo bastante malo, Malcolm, por lo visto, había decidido que torturar a Elizabeth era más divertido que escuchar a Lady Danbury sermoneando a las Corbishley, y el inmenso gato trotaba en ese momento junto a ella, bufando con regularidad.
"¿Es esto realmente necesario? " exigió Elizabeth. "¿Seguirme solamente para bufarme? "