La respuesta de Malcolm fue otro bufido.
"Bestia. Nadie se cree que me bufas. Sólo lo haces cuando estamos solos. "
El gato sonrió con satisfacción. Elizabeth lo habría jurado.
Todavía discutía con el maldito gato cuando pasó junto a los establos. Malcolm gruñía y bufaba con total despreocupación, y Elizabeth lo señalaba con el dedo y le exigía que se callara, que fue, probablemente, por lo qué no oyó los pasos que se acercaban.
"Señorita Hotchkiss. "
Levantó la cabeza bruscamente. Sir Bertram Fellport -el Adonis rubio, con cara de ángel – estaba parado justo delante de ella. Demasiado cerca, en su opinión. “Oh, buenos días, sir. " Dio un discreto y, esperó, inocente paso atrás.
Él sonrió, y Elizabeth casi esperó ver aparecer sobre su cabeza un coro de querubines, cantando como los ángeles. "Soy Fellport," dijo él.
Ella hizo una inclinación de cabeza saludándolo. Ya lo sabía, pero no encontró ninguna razón para hacérselo saber. “Encantada de conocerlo. "
"¿Encontró su libro? "
Debió haber escuchando su conversación con Lady Danbury. "No", contestó ella, "no lo encontré. Pero estoy segura de que pronto aparecerá. Estas cosas siempre pasan así. "
"Sí," murmuró él, con sus ojos celestes estudiándola con incomoda intensidad. "¿Lleva mucho tiempo trabajando para Lady Danbury? "
Elizabeth retrocedió lentamente otro pasito. "Cinco años. "
Él extendió la mano y acarició su mejilla. "Debe ser una existencia solitaria. "
"En absoluto," dijo ella, muy tiesa. "Si me disculpa. "
Su mano salió disparada y se cerró sobre su muñeca con dolorosa intensidad. "No la disculpo. "
"¿Sir Bertram," dijo ella, de alguna manera, consiguiendo mantener la voz firme a pesar de lo fuerte que le latía el corazón, "puedo recordarle que es usted un invitado en casa de Lady Danbury? "
Él dio un tirón a su muñeca, obligándola a acercarse. “¿Y puedo recordarle yo que es una empleada de Lady Danbury, y, por lo tanto, está obligado a preocuparse por la comodidad de sus invitados? "
Elizabeth miró directamente aquellos ojos increíblemente azules y vio algo muy feo y frío. Su estómago se retorció, y comprendió que tenia que escaparse ya. El tiraba de ella hacia los establos, y una vez que la tuviera fuera de la vista, no habría escapatoria posible.
Soltó un grito, pero fue acallado por el cruel estrechamiento de su mano sobre su boca. “Vas a hacer lo que te diga," siseó él en su oído, "y después, dirás, ‘Gracias’. "
Elizabeth vio como sus peores temores se hacían realidad cuando sintió que la arrastraba dentro de los establos.
Capitulo 15
James paseaba con las manos en los bolsillos en dirección a los establos. Se estaba regodeando en un raro ataque de abatimiento; no solía tener que renunciar a algo que realmente deseaba, y el tener que aplazar su persecución de Elizabeth lo había puesto de muy mal humor.
El aire fresco no había conseguido nada, así que decidió llevar la idea al siguiente nivel e ir a cabalgar. Una vertiginosa e infernal cabalgada, de las que el viento lo azota a uno y convierte el cabello en un maraña de nudos. Como administrador de Agatha tenía libre acceso a los establos, y si era irregular que un administrador galopara como un salvaje, bueno, James tenia la intención de ir demasiado rápido para que alguien pudiera reconocerlo.
Pero cuando llegó a los establos, Malcolm estaba erguido sobre sus patas traseras, arañando como un loco la puerta y maullando como un endemoniado.
"Dios santo, gato. ¿Qué te ha poseído? "
Malcolm aulló, retrocedió unos pasos, y embistió la puerta con la cabeza.
Fue entonces cuando James notó que las puertas de los establos estaban cerradas, lo cual era raro a estas horas del día. Incluso aún cuando los caballos de los invitados hubieran sido terminados de cepillar, y los mozos de hubieran marchado probablemente todos a la taberna a tomar una pinta de cerveza, uno creería que las puertas deberían estar abiertas. Era un día caluroso, después de todo, y los caballos necesitarían cualquier brisa que les llegara.
James empujó las puertas abriéndolas, estremeciéndose ante el ruidoso crujido de un gozne oxidado. Supuso que era una de sus obligaciones ocuparse de cosas así. O al menos encargarse de que alguien lo hiciera. Se dio unas palmaditas contra el muslo con la mano enguantada, y entonces se dirigió al armario de herramientas para buscar algo con lo que engrasar el gozne. No le llevaría demasiado tiempo hacerlo, y además, pensó un poco de sucio trabajo manual le vendría bien en estos momentos.
No obstante, cuando estaba llegando a la puerta del armario oyó un sonido extraño.
Algo parecido a un crujido, en realidad, pero que no sonó como originado por un caballo.
"¿Hay alguien aquí? " gritó James.
Sonaron más ruidos, y esta vez parecían más rápidos y frenéticos, acompañados por un extraño gruñido teñido de pánico.
La sangre de James se congeló.
Había docenas de caballerizas. El ruido podía proceder de cualquiera de ellas. Pero de alguna forma él supo de cual. Sus pies lo llevaron a la más alejada, y con un grito salvaje que le salió directamente del alma, arrancó la puerta de las bisagras.
Elizabeth supo que aspecto tenia el infierno. Ojos azules, pelo rubio, y una sonrisa malvada y cruel. Luchó contra Fellport con todas sus fuerzas, pero con poco mas de cuarenta y cinco kilos de peso, podría haber sido también una pluma para el poco esfuerzo que le costó arrastrarla a través del establo.
Aplastó su boca contra la de ella, y Elizabeth luchó para mantener sus labios cerrados. Él podía robarle la dignidad y el control, pero mantendría al menos una parte de ella a salvo de él.
Él separó la cabeza y la apretó contra un poste, clavándole los dedos sobre la parte superior de los brazos. "Acabo de besarla, señorita Hotchkiss," dijo él, con voz empalagosa. "Deme las gracias.”
Ella lo miró rebeldemente.
Él tiró de ella hacia si y luego la volvió a empujar contra el poste, sonriendo ampliamente cuando su cabeza se golpeó contra la dura y astillada madera. “Creo que quería decirme algo," ronroneó él.
"Váyase al diablo," le escupió ella. Sabía que no debería provocarlo; haciéndolo, sólo conseguiría que arremetiera contra ella, pero, maldito fuera, no le permitiría que controlase sus palabras.
Él la fulminó con la mirada, y durante un bendito momento, Elizabeth pensó que no la castigaría por su insulto. Pero entonces, con un furioso gruñido, la apartó del poste y la lanzó dentro de una caballeriza vacía. Aterrizó de espaldas sobre el heno y trató de ponerse en pie, pero Fellport era demasiado rápido, y demasiado grande, y cayó sobre ella con tal fuerza la dejo sin aliento.
"Déjeme en paz, usted – "
Su mano le tapó con fuerza la boca, y le torció dolorosamente la cabeza a un lado. Sintió el heno crujiente clavándose en su mejilla, pero no sintió ningún dolor. No sintió… nada. Empezaba a distanciarse de su cuerpo; de alguna manera su mente supo que el único modo de pasar por este horror era separarse, mirarlo desde encima, fingir que aquel cuerpo -del que estaba abusando Fellport-no era el suyo propio.
Y entonces, justo cuando la separación estaba casi completada, oyó un ruido.
Fellport lo oyó también. Su mano apretó aún más su boca y se quedó completamente quieto.
Era el chirrido de la puerta de los establos. El jefe de caballerizas había tenido la intención de arreglarlo ayer, pero lo habían enviado a hacer un tonto recado, y todos los demás habían estado ocupados hoy con tantos invitados.
Pero el crujido significaba que había llegado alguien. Y si alguien había llegado, entonces Elizabeth tenía una oportunidad.
"¿Hay alguien aquí? "
La voz de James.
Elizabeth empezó a revolverse como nunca antes. Encontró fuerzas que jamás había soñado poseer, gruñendo y chillando bajo la mano de Fellport.