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– No hay ningún principio fijo, eso es todo lo que me repite.

Charlie se levantó, atravesó la habitación y se volvió mostrando el cuadro de Cathy con una expresión de esperanza, pero ella se limitó a negar con la cabeza mientras contemplaba el paisaje de bosques.

– Estoy de acuerdo en que debo de haberlo pintado en algún momento, pero no tengo idea de dónde ni cuándo.

Charlie y Cathy estuvieron de regreso en Eaton Square alrededor de las cuatro de la mañana, habiendo acordado con Harrison que éste concertaría una entrevista cara a cara con la otra parte implicada tan pronto como ésta fuera posible. Cathy estaba absolutamente extenuada, pero el reloj del tiempo de Charlie no le permitió irse a dormir, de modo que se encerró en el estudio para continuar su búsqueda mental del eslabón perdido, demasiado consciente de la batalla legal que tenía por delante.

Al día siguiente Charlie acompañó a Cathy a Cambridge y ambos pasaron una tensa tarde en la pequeña consulta del doctor Miller en Addenbrooke. Por su parte, el médico parecía muchísimo más interesado en la carpeta de informes sobre Cathy proporcionada por la señora Culver, que en el hecho de que podría estar en cierto modo emparentada con la señora Trentham y ser por tanto candidata a heredar el fideicomiso Hardcastle.

La paseó lentamente por cada información que aparecía en la carpeta: clases de arte, méritos, mala conducta, partidos de tenis, colegio Queen Elizabeth, universidad de Melbourne; pero siempre se encontró con la misma respuesta: honda meditación, seguida de un lento movimiento negativo de la cabeza. Intentó con asociaciones de palabras: Melbourne, señorita Benson, cricket, barco, hotel, para las cuales recibió las respuestas: Australia, Hedges, marcador, Southampton, cansada.

Sus primeros recuerdos, explicó Cathy al doctor Miller, eran aún un largo viaje por un océano, un hotel de Londres y luego Trumper's. «Marcador», no lo sabía explicar. El nombre Guy Trentham no significaba nada en absoluto para ella. Ni el doctor Miller ni Charlie se refirieron a Daniel en ningún momento de aquella tarde, mientras Cathy trataba de ayudarlos a ensamblar los pequeños detalles de su pasado.

A las seis de la tarde Cathy ya estaba agotada. El doctor Miller llevó a Charlie a un lado y le advirtió que en su opinión era muy improbable que Cathy recordara alguna vez lo que ocurrió en su vida antes de llegar a Londres. Tal vez de vez en cuando recordaría hechos de poca trascendencia, pero nada de verdadera importancia.

– Lo siento, no te fui de mucha ayuda, ¿verdad? -dijo Cathy cuando Charlie la llevaba de regreso a Londres.

– Aún no estamos derrotados -la tranquilizó él tomándole la mano, aunque ya comenzaba a considerar demasiado optimista el pronóstico de cincuenta-cincuenta que le hiciera Trevor Roberts sobre la demostración de que Cathy era la verdadera heredera del fideicomiso Hardcastle.

Becky estaba allí para recibirlos y los tres cenaron apaciblemente juntos. Charlie no hizo ninguna referencia a lo sucedido en Cambridge aquel día hasta que Cathy se fue a acostar. Cuando Becky se enteró de las respuestas de Cathy al examen del doctor Miller insistió en que en adelante había que dejarla en paz.

– Perdí a Daniel por culpa de esa mujer -dijo Becky a su marido-, y no estoy dispuesta a perder también a Cathy. Si vas a continuar luchando por Trumper's, debes hacerlo sin implicarla.

Charlie se mostró conforme aunque sintió deseos de gritar: ¿Cómo se supone que voy a defender Trumper's de que me lo quite otro Trentham si no se me permite presionar a Cathy hasta el límite?

Justo antes de apagar la luz del dormitorio, sonó el teléfono. Era Trevor Roberts que llamaba desde Sydney, pero no para informar de ningún progreso en la causa. Walter Slade se había negado a proporcionar ningún dato nuevo sobre Ethel Trentham, negándose también a firmar un documento en el que reconocía haberla conocido. Una vez más Charlie se maldijo a sí mismo por la estúpida forma de llevar su entrevista con el anciano.

– ¿Y el banco? -preguntó sin demasiadas esperanzas.

– En el Banco Comercial de Australia dicen que no pueden permitir el acceso a los detalles de la cuenta personal de la señorita Benson a no ser que se demuestre que se ha cometido un delito. Lo que hizo a Cathy la señora Trentham bien se podría calificar de maldad, pero me temo que no fue estrictamente un delito.

– No ha sido hoy un buen día para ninguno de los dos -admitió Charlie.

– No olvide que la otra parte no sabe eso.

– Es cierto, pero ¿cuánto saben realmente?

– Mi tío me contó el lapsus de Birkenshaw al decir «ella», de modo que imagino que saben tanto como nosotros. En la entrevista con ellos suponga siempre que lo saben, y no deje de buscar al mismo tiempo el eslabón perdido.

Después de cortar la comunicación, Charlie se quedó despierto un buen rato, pero no se movió hasta estar seguro de que Becky se había dormido. Entonces se deslizó de la cama, se puso la bata y fue silenciosamente a su estudio. Abrió una libreta y comenzó a anotar todos los hechos que había reunido durante los últimos días, con la esperanza de que esto pudiera poner en marcha algún recuerdo. A la mañana siguiente Becky lo encontró desplomado sobre el escritorio profundamente dormido.

– No te merezco, Charlie -le susurró besándolo en la frente.

El se movió y abrió los ojos.

– Vamos a ganar -dijo él medio dormido e incluso se las arregló para sonreír, pero por la expresión de su cara se dio cuenta de que ella no le creía.

Los tres desayunaron juntos una hora más tarde y conversaron de todo menos del careo que se había concertado para esa tarde en las oficinas del señor Harrison. Cuando Charlie se incorporaba para dejar la mesa, Cathy dijo inesperadamente:

– Me gustaría estar presente en la confrontación.

– ¿Lo crees prudente? -le preguntó Becky mirando luego nerviosamente a su marido.

– No lo sé -repuso Cathy-. Pero lo que sí sé es que deseo estar allí cuando Charlie exponga mi caso, y no enterarme después de los resultados, de segunda mano.

– Buena chica -dijo Charlie-. La entrevista tendrá lugar a las tres en la oficina de Harrison, cuando tengamos la oportunidad de presentar nuestro caso. El abogado de Trentham se nos unirá a las cuatro. Te pasaré a recoger a las tres y media, pero si cambias de opinión antes, no me enfadaré lo más mínimo.

Becky se volvió a ver la reacción de Cathy ante esta sugerencia y tuvo una decepción.

Cuando Charlie entró en su oficina a las ocho y media en punto, ya estaban allí esperándolo Daphne y Arthur Selwyn, tal como se les había dicho.

– Café para tres y nada de interrupciones, por favor -dijo Charlie a Jessica, colocando frente a él sobre el escritorio el trabajo de la noche anterior.

– Así pues, ¿por dónde empezamos? -preguntó Daphne, y durante la hora y media siguiente ensayaron preguntas, declaraciones y tácticas que podrían emplearse ante Trentham y Birkenshaw, tratando de imaginar y adivinar cualquier situación que pudiera presentarse.

Cuando un poco antes de las doce les enviaron un ligero almuerzo, ya todos estaban agotados; nadie habló durante un rato.

– Es importante que tengas presente que esta vez tratas con un Trentham diferente -dijo Arthur Selwyn poniendo un terrón de azúcar en su café.

– Los dos son igual de malos por lo que a mí respecta -dijo Charlie.

– Quizá Nigel sea tan astuto como su hermano, pero no creo ni por un momento que tenga la implacable resolución de su madre, ni la capacidad de Guy para pensar con los pies en la tierra.

– ¿Qué quieres dar a entender, Arthur? -preguntó Daphne.

– Cuando se reúnan esta tarde, Charlie tiene que procurar que Nigel Trentham hable todo lo posible, porque con los años he notado que durante las reuniones de consejo Nigel siempre repite demasiado una frase y acaba derrotando él mismo su propia causa. Jamás olvidaré aquella vez en que se oponía a que el personal tuviera su propia cantina debido a la pérdida de ingresos que esto acarrearía, hasta que Cathy hizo notar que la comida venía de la misma cocina que la del restaurante y que finalmente acabaríamos sacando un pequeño beneficio de lo que podría haber sido comida desperdiciada.