– Por supuesto, querida -contestó el mayor con voz indiferente.
Guy se sentó junto a Becky y le cogió la mano en cuanto su madre salió.
– Se encontrará mejor por la mañana, cuando la migraña se haya calmado.
– Lo dudo -susurró Becky. Se volvió hacia el mayor Trentham-, Creo que tendrá que disculparme a mí también. Ha sido un día muy largo, y estoy segura de que ustedes dos tienen mucho de qué hablar.
Los dos hombres se pusieron en pie. Becky salió de la sala y subió por la larga escalera hasta su dormitorio. Se desnudó a toda prisa, se lavó en una palangana de agua casi helada, atravesó encogida la habitación desprovista de calefacción y se deslizó entre las sábanas de su fría cama.
Casi se había dormido cuando oyó girar el pomo de la puerta. Parpadeó varias veces y fijó la vista en el extremo opuesto de la habitación. La puerta se abrió poco a poco, pero sólo distinguió la silueta de un hombre que entraba y cerraba la puerta en silencio a su espalda.
– ¿Quién es? -preguntó Becky.
– Yo -dijo Guy-. Se me ocurrió pasar un momento y desearte buenas noches.
Becky se subió la sábana de arriba hasta el cuello.
– Buenas noches -dijo con brusquedad.
– Eso es muy poco cariñoso -respondió Guy, que había atravesado la habitación para sentarse en el borde de su cama-. Sólo quería comprobar que todo estaba bien. Me pareció que lo habías pasado bastante mal esta noche.
– Estoy bien, gracias -dijo Becky.
Cuando él se inclinó para besarla, la joven se apartó, y Guy sólo consiguió rozarle la oreja.
– Tal vez no sea el momento adecuado.
– O el lugar -añadió Becky, apartándose más, a punto de caer por el borde de la cama.
– Sólo deseaba darte un beso de buenas noches.
Becky permitió que la tomara en sus brazos y la besara en los labios, pero él la retuvo más tiempo del que Becky esperaba, y acabó deshaciéndose de su abrazo.
– Buenas noches, Guy -dijo con firmeza.
Al principio, Guy no se movió. Después, se puso en pie poco a poco.
– Tal vez en otra ocasión.
Al cabo de un momento, la puerta se cerró a su espalda.
Becky esperó unos momentos antes de saltar de la cama. Se acercó a la puerta, giró la llave en la cerradura y la quitó, antes de volver a la cama. Tardó un rato en dormirse.
Cuando Becky bajó a desayunar por la mañana, el mayor Trentham le informó de que, tras una noche inquieta, la migraña de su esposa no había desaparecido; se quedaría en la cama hasta que el dolor se hubiera disipado por completo.
Más tarde, cuando el mayor y Guy se fueron a la iglesia, Becky se quedó leyendo los periódicos dominicales en la sala de estar. Observó que los criados murmuraban entre sí cada vez que levantaba la vista.
La señora Trentham apareció a la hora de comer, pero no hizo el menor intento de unirse a la conversación que se desarrollaba al otro extremo de la mesa.
– ¿Cuál ha sido el texto escogido por el vicario esta mañana? -preguntó inesperadamente, cuando vertían el flan sobre el budín de frutas.
– «Trata a los demás como desees que te traten a ti» -replicó el mayor, con un ligero tono de irritación.
– ¿Qué le ha parecido el servicio de nuestra iglesia local, señorita Salmon? -preguntó la señora Trentham, dirigiéndose a Becky por primera vez.
– Yo no… -empezó Becky.
– Ah, ya, por supuesto, pertenece usted al pueblo elegido.
– No, soy católica.
– Oh -fingió sorprenderse la señora Trentham-, El apellido Salmon me hizo pensar que… En ese caso, no le hubiera gustado la iglesia de San Miguel. Está demasiado cercana a la tierra.
Becky empezó a preguntarse si la señora Trentham calculaba, o incluso ensayaba previamente, cada palabra que pronunciaba y cada gesto que llevaba a cabo.
Después de comer, la señora Trentham volvió a desaparecer y Guy sugirió que Becky y él saldrían a dar un paseo. Becky subió a su habitación y se puso los zapatos viejos, demasiado aterrorizada para insinuar que le prestasen un par de botas de montar de la señora Trentham.
– Cualquier cosa con tal de huir de la casa -le dijo Becky cuando bajó, y no volvió a abrir la boca hasta estar segura de que la señora Trentham no podía oírla-. ¿Qué espera de mí? -preguntó por fin.
– Vamos, no hay para tanto -insistió Guy-. Estás exagerando. Papá está convencido de que cederá con el tiempo y, en cualquier caso, si tuviera que escoger entre ella y tú sé exactamente a cuál de las dos concedo más importancia.
Becky le apretó la mano.
– Gracias, querido, pero no estoy segura de poder soportar otra velada como la de ayer.
– Podríamos marcharnos pronto y pasar el resto del día en tu casa -dijo Guy. Becky se volvió para mirarle, sin saber si estaba bromeando-. Será mejor que regresemos a casa -se apresuró a decir él-, o se quejará de que la hemos dejado sola toda la tarde.
Los dos aceleraron el paso.
Pocos minutos después subieron la escalera de piedra situada frente al vestíbulo. En cuanto Becky se puso los zapatos de estar por casa y comprobó su peinado en el espejo del vestíbulo se reunió con Guy en la sala de estar. Se quedó sorprendida al ver un servicio de té completo ya preparado. Consultó su reloj; eran sólo las tres y cuarto.
– Lamento que consideraras necesario hacer esperar a todo el mundo, Guy -fueron las primeras palabras que oyó Becky cuando entró en la sala.
– Nunca habíamos tomado el té tan pronto -afirmó el mayor desde el otro lado de la chimenea.
– ¿Toma usted té, señorita Salmon? -preguntó la señora Trentham, consiguiendo pronunciar su apellido como si fuera una afrenta insignificante.
– Sí, gracias -contestó Becky.
– Tal vez podrías llamar a Becky por su nombre -insinuó Guy.
Los ojos de la señora Trentham se posaron sobre su hijo.
– No puedo soportar esta costumbre moderna de dirigirse a todo el mundo por su nombre, en especial cuando te acaban de presentar a la persona. ¿Darjeeling, Lapsang o Earl Grey, señorita Salmon? -preguntó, sin darle tiempo de reaccionar a nadie. Esperó expectante la respuesta de Becky, pero ésta no se produjo porque Becky todavía no se había repuesto del anterior sarcasmo-. Es obvio que en Whitechapel no hay mucho donde elegir -añadió.
Becky acarició la idea de coger la tetera y derramar el contenido sobre la mujer, pero logró controlarse, pues sabía que el objetivo de la señora Trentham era sacarla de sus casillas.
– ¿Tiene hermanos o hermanas, señorita Salmon? -preguntó la mujer tras unos instantes de silencio.
– No, soy hija única.
– Me sorprende en extremo.
– ¿Por qué? -preguntó Becky con candor.
– Siempre había pensado que las clases inferiores se reproducían como conejos -dijo la señora Trentham, poniendo otro terrón de azúcar en el té.
– Madre, la verdad… -empezó Guy.
– Sólo ha sido una broma -le interrumpió su madre-. Guy me toma muy en serio a veces, señorita Salmon. Sin embargo, recuerdo que mi padre, sir Raymond, dijo una vez…
– Otra vez, no -dijo el mayor.
– … que las clases eran como el agua y el vino. Bajo ninguna circunstancia deben mezclarse.
– Pues yo pensaba que fue Jesucristo quien transformó el agua en vino -señaló Becky.
La señora Trentham decidió pasar por alto la observación.
– Por eso exactamente tenemos oficiales y otras jerarquías, porque Dios lo planeó así.
– ¿Y cree usted que Dios planeó que estallara una guerra, a fin de que esos mismos oficiales y otras jerarquías pudieran matarse mutuamente de forma indiscriminada? -preguntó Becky.
– No tengo ni la menor idea, señorita Salmon. Ya ve, no poseo la ventaja de ser una intelectual como usted. Soy una sencilla y llana mujer que dice lo que piensa. Pero lo que sí sé es que todos hicimos sacrificios durante la guerra.