– ¿Y qué sacrificios hizo usted, señora Trentham? -inquirió Becky.
– Un número considerable, joven -replicó la señora Trentham, irguiéndose-. Para empezar, tuve que pasar sin un montón de cosas fundamentales para la existencia.
– ¿Como un brazo o una pierna? -dijo Becky, arrepintiéndose al instante de sus palabras, pues comprendió que había caído en la trampa de la señora Trentham.
La madre de Guy se levantó de su silla, caminó lentamente hacia la chimenea y tiró con virulencia de la campana que servía para llamar a los criados.
– No voy a tolerar que me insulten en mi propia casa -dijo. En cuanto Gibson apareció, se volvió hacia él-. Ocúpese de que Alfred saque las pertenencias de la señorita Salmon de su habitación. Regresará a Londres antes de lo que había planeado.
Becky se quedó en silencio junto al fuego, sin saber qué hacer. La señora Trentham la miró desafiante, hasta que Becky se acercó al mayor y le estrechó la mano.
– Me despediré, pues, mayor Trentham. Tengo el presentimiento de que no volveremos a vernos.
– Lo siento por mí, señorita Salmon -dijo, antes de besarle la mano.
Becky salió de la sala de estar sin mirar a la señora Trentham. Guy la siguió hasta el vestíbulo.
En el viaje de vuelta a Londres, Guy intentó disculpar por todos los medios imaginables el comportamiento de su madre, pero Becky sabía que ni siquiera él creía en sus propias palabras. Cuando el coche se detuvo frente al número 97, Guy salió y le abrió la puerta a Becky, acompañándola luego hasta la puerta.
– ¿Puedo subir? -preguntó-. Tengo que decirte algo.
– Esta noche no. Necesito pensar y estar sola.
– Es que quería explicarte lo mucho que te quiero -suspiró Guy-, y tal vez hablar de nuestros planes para el futuro.
– ¿Planes que incluyen a tu madre?
– Al infierno con mi madre. ¿Es que no comprendes lo que siento por ti? -Becky vaciló-. Anunciemos nuestro compromiso en el Times lo antes posible, haciendo caso omiso de lo que ella piense. ¿Qué me contestas?
Ella le echó los brazos al cuello.
– Oh, Guy, te quiero mucho, pero será mejor que no subas esta noche. Daphne puede volver en cualquier momento.
La decepción se reflejó en el rostro de Guy, pero la besó otra vez antes de desearle buenas noches; ella abrió la puerta de la calle y subió corriendo la escalera.
Becky entró en el piso y descubrió que Daphne aún no había regresado del campo. Tardó dos horas más en volver.
– ¿Cómo fue todo? -fue lo primero que dijo Daphne al entrar en la salita de estar.
– Un desastre.
– Entonces, ¿todo ha terminado?
– No, no exactamente. De hecho, tengo la sensación de que Guy se me declaró.
– ¿Y tú aceptaste?
– Yo diría que sí.
– ¿Mencionó la India, por casualidad?
A la mañana siguiente, cuando Becky sacó sus cosas del maletín, se quedó horrorizada al descubrir que faltaba el broche que Daphne le había prestado para el fin de semana. Imaginó que lo habría dejado en Ashurst Hall.
Como no tenía el menor deseo de volver a ver a la señora Trentham, envió una nota a Guy al comedor de oficiales para comunicarle su problema. Él telefoneó aquella noche para decirle que lo buscaría el fin de semana, cuando regresara a Ashurst.
Becky se pasó los cinco días siguientes preguntándose si Guy sería capaz de encontrar el objeto desaparecido; por fortuna, Daphne no dio muestras de reparar en su ausencia. Becky sólo deseaba devolver el broche a su caja antes de que Daphne tuviera ganas de ponérselo.
Guy le escribió el domingo por la noche para decirle que, pese al registro exhaustivo de la habitación de los invitados, no había localizado el broche; en cualquier caso, Nellie le había comunicado que recordaba claramente haber puesto en la maleta sus joyas antes de que se marchara.
La noticia desconcertó a Becky, pues recordaba que se vio obligada a hacer la maleta ella misma tras su terminante expulsión de
Ashurst Hall. Se quedó levantada hasta muy tarde, nerviosa, esperando que Daphne volviera del fin de semana en el campo para explicarle lo ocurrido. Empezó a temer que le costara meses, o incluso años, devolver el valor de lo que debía ser una joya familiar heredada.
Su amiga entró en Chelsea Terrace pocos minutos después de la media noche. Becky ya había bebido varias tazas de café y casi encendido uno de los cigarrillos que fumaba Daphne.
– ¿Qué haces levantada tan tarde, querida? -fue el saludo de Daphne-. ¿Falta tan poco para los exámenes?
– No -dijo Becky, y soltó de golpe toda la historia sobre la joya extraviada.
Terminó preguntándole a su amiga cuánto tiempo tardaría en devolverle el importe de su valor.
– Una semana, más o menos -contestó Daphne.
– ¿Una semana? -se extrañó Becky.
– Sí. Era quincalla… Hizo furor en su momento. Si no me acuerdo mal, costó la imponente suma de tres chelines.
Una tranquilizada Becky le contó a Guy durante la cena del martes por qué ya no era importante encontrar la joya extraviada.
Guy trajo el broche a Chelsea Terrace el lunes siguiente, y explicó que Nellie lo había encontrado bajo la cama de la habitación Wellington…
Capítulo 9
Becky empezó a notar pequeños cambios en los modales de Charlie, primero sutiles, y después más obvios.
Daphne no intentó ocultar su implicación en lo que ella describía como «el descubrimiento social de la década, mi propio Charlie Doolittle».
– Fíjate, este fin de semana le llevé a Harcourt Hall, y tuvo un éxito arrollador. Hasta mamá opinó que era fantástico.
– ¿A tu madre le gusta Charlie Trumper? -preguntó Becky, incrédula.
– Oh, sí, querida, pero mamá sabe que no tengo la menor intención de casarme con Charlie.
– Ve con cuidado. Yo tampoco tenía la intención de casarme con Guy.
– Querida, tú provienes de la clase romántica, mientras que yo he nacido en un medio social más práctico; por eso la aristocracia ha sobrevivido durante tanto tiempo. No, terminaré casándome con un tal Percy Wiltshire y no tendrá nada que ver con el destino o las estrellas, sino con el anticuado sentido común.
– ¿Y ya has informado a Percy de tus planes para su futuro?
– Por supuesto que no. Ni siquiera su madre se lo ha dicho.
– Pero ¿y si Charlie se enamorara de ti?
– Eso no es posible. Hay otra mujer en su vida, ¿sabes?
– Santo Dios. Nunca me lo ha dicho.
El balance semestral de la tienda mostró una mejora considerable sobre el primer trimestre, como Daphne descubrió cuando recibió el siguiente cheque. Le dijo a Becky que, a este paso, no confiaba en extraer ningún beneficio a largo plazo de su préstamo. En cuanto a Becky, pasaba cada vez menos tiempo pensando en Daphne, Charlie o la tienda, a medida que se acercaba la hora en que Guy partiría hacia la India.
India… Becky no había dormido la noche en que se enteró de que Guy había sido destinado durante tres años a aquel país, y habría deseado, sin duda alguna, conocer una noticia que desbarataba tanto su futuro de labios de Guy, y no de Daphne. Becky había aceptado en el pasado, sin discusión, que los deberes de Guy para con el regimiento le impedirían verle de una forma regular, pero, a medida que el momento de su partida se aproximaba, empezó a detestar las guardias, los ejercicios nocturnos y casi todas las operaciones de fin de semana en que debía tomar parte.
Becky temía que las atenciones de Guy se enfriarían después de su trascendental visita a Ashurst Hall, pero aún se mostró más ardiente y no paraba de repetir que todo sería muy diferente cuando estuvieran casados.
Los meses se convirtieron en semanas y las semanas en días, hasta que el temido círculo que Becky había trazado alrededor del 3 de febrero de 1920, en el calendario que tenía junto a la cama, se cernió sobre ellos.