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– Vamos a cenar al Café Royal, donde pasamos nuestra primera velada juntos -sugirió Guy el lunes anterior a su partida.

– No -dijo Becky-, No quiero compartirte con cien personas en nuestra última noche. -Vaciló antes de añadir-: Si eres capaz de afrontar la prueba de mi arte culinario, prefiero cenar en el piso. Al menos, así estaremos solos.

Guy sonrió.

Becky dejó de pasar a diario por la tienda cuando el negocio empezó a prosperar, pero no podía resistir la tentación de echar un vistazo por el escaparate cada vez que pasaba por delante del 147. Aquel lunes por la mañana en particular, le sorprendió no ver a Charlie detrás del mostrador. Eran las ocho en punto.

– Aquí -oyó que le gritaba una voz desde atrás.

Se volvió y vio a Charlie sentado en el mismo banco donde la había esperado el día de su regreso. Cruzó la calle para ir a su encuentro.

– ¿Qué significa esto? ¿Has tomado la jubilación anticipada antes de devolver nuestro préstamo?

– Por supuesto que no. Estoy trabajando.

– ¿Trabajando? Haga el favor de explicarme, señor Trumper, como puede calificarse de trabajo estar holgazaneando en un banco del parque el lunes por la mañana.

– Fue Henry Ford quien nos enseñó que «por cada minuto de acción, tiene que haber una hora de pensamiento» -dijo Charlie, con un levísimo rastro de su antiguo acento.

Becky no dejó de reparar en su pronunciación de la palabra «Henry».

– ¿Y a dónde te llevan esos pensamientos fordianos en este preciso momento?

– A esa fila de tiendas de la acera opuesta.

– ¿A todas ellas? -Becky contempló la manzana-, ¿Y a qué conclusión habría llegado el señor Ford, de haber estado sentado en este banco?

– Que representan treinta y seis maneras diferentes de hacer dinero.

– Nunca las he contado, pero acepto tu palabra.

– Pero ¿qué más ves cuando las miras?

Los ojos de Becky se volvieron hacia Chelsea Terrace.

– Montones de gente paseando arriba y abajo, sobre todo damas con sombrillas, niñeras empujando cochecillos de niño y ese curioso niño con su comba. -Hizo una pausa-. Bueno, ¿qué ves tú?

– Dos carteles de «En venta».

– Confieso que no me había dado cuenta.

– Porque miras con ojos diferentes -explicó Charlie.

– Primero, tenemos la carnicería de Kendrick. Bien, todos sabemos lo que le pasa, ¿no? Un ataque al corazón, y su médico le ha aconsejado que se jubile o no vivirá mucho tiempo.

– Y, a continuación, la tienda del señor Rutheford -dijo Becky, localizando el segundo cartel de «En venta».

– El anticuario. Oh, sí, el querido Julián quiere liquidar el negocio y reunirse con su amiguito en Nueva York, donde la ley es más complaciente con sus proclividades particulares… ¿Te gusta la palabreja?

– ¿Cómo has averiguado…?

– Información -dijo Charlie, tocándose la nariz-. El fluido vital de los negocios.

– ¿Otro principio fordiano?

– No, mucho más cercano -admitió Charlie-. Daphne Harcourt-Browne.

– ¿Y qué vas a hacer al respecto? -sonrió Becky.

– Voy a apoderarme de ambas.

– ¿Y cómo lo vas a hacer?

– Con mi inteligencia y tu diligencia.

– ¿Hablas en serio, Charlie Trumper?

– Más que nunca. -Charlie se volvió para mirarla-. Al fin y al cabo, ¿por qué Chelsea Terrace ha de ser diferente de Whitechapel?

– Tal vez en un decimal -sugirió Becky.

– Pues ya puede mover esa coma, señorita Salmon, porque ha llegado el momento de que dejes de ser un socio secreto y empieces a cumplir tu parte del trato.

– ¿Y mis exámenes?

– Utiliza el tiempo libre que tendrás cuando tu novio se vaya a la India.

– Se va mañana, de hecho.

– En ese caso, te concedo un día más de licencia. ¿No es así como los oficiales denominan un día de asueto? Pero mañana quiero que vuelvas a John D. Wood y conciertes una cita para ver a ese granuja de empleado… ¿Cómo se llama?

– Palmer.

– Sí, Palmer. Dale instrucciones para que negocie en nuestro nombre un precio por esas dos tiendas, y adviértele que nos interesa todo cuanto quede libre en Chelsea Terrace.

– ¿Todo lo que quede libre en Chelsea Terrace? -repitió Becky, que tomaba notas en la contraportada de su libro de texto.

– Sí, y también necesitaremos obtener casi todo el dinero que va a costar, de modo que visita varios bancos y ocúpate de conseguir buenas condiciones. Pasa de todo lo que exceda el cuatro por ciento.

– Nada que exceda el cuatro por ciento, pero… ¿treinta y seis tiendas, Charlie?

– Lo sé, podemos tardar muchísimo tiempo.

Cuando Becky llegó a la biblioteca del colegio Bedford intentó apartar a un lado los sueños de convertirse en el nuevo señor Selfridge que alimentaba Charlie, pues tenía la intención de terminar un ensayo sobre la influencia de Bernini en la escultura del siglo diecisiete. No obstante, su mente saltaba de Bernini a Charlie, y de éste a Guy. Incapaz de abordar lo moderno, Becky descubrió que su fracaso era todavía mayor con lo antiguo, y llegó a la desganada conclusión de que debería aplazar el ensayo hasta que tuviera más tiempo para concentrarse en el pasado.

A la hora de comer se sentó sobre el muro de ladrillo rojo que corría frente a la biblioteca. Mordisqueó una camuesa naranja Cox y siguió pensando. Comió un último bocado antes de tirar el corazón a una papelera cercana y todo lo demás al interior de su cartapacio, antes de emprender el viaje de vuelta a Chelsea.

Cuando llegó a la Terrace se detuvo en primer lugar en la carnicería, donde compró una pierna de cordero y expresó a la señora Kendrick su pesar por el estado de salud de su marido. Al pagar la cuenta reparó en que los dependientes, aunque bien aleccionados, mostraban una deplorable falta de iniciativa. Los clientes huían justo con lo que habían ido a buscar, cosa que Charlie jamás les hubiera permitido. Después, engrosó la cola formada frente a la tienda de Charlie e indicó a éste que le sirviera.

– ¿Algo especial, señora?

– Un kilo de patatas, medio de tomates, una col y un melón.

– Hoy está de suerte, señora. El melón está en su punto para esta noche -dijo Charlie, apretando la parte superior-. ¿Puedo servirla en algo más, señora?

– No, gracias, buen hombre.

– Entonces, serán tres chelines y cuatro peniques, señora.

– ¿Y no me regala una camuesa naranja Cox, como a las demás chicas?

– No, señora, lo siento, tales privilegios se reservan para nuestras dientas habituales. Le advierto, de todos modos, que podría convencerme, en el caso de que me invitara a compartir el melón con usted esta noche. Eso me daría la ocasión de explicarle con todo detalle mis planes respecto a Chelsea Terrace, Londres, el mundo…

– Esta noche no puedo, Charlie. Guy se va a la India por la mañana.

– Claro, qué tonto soy. Lo siento. Me había olvidado. -Parecía extrañamente turbado-. ¿Mañana, tal vez?

– Sí, ¿por qué no?

– Entonces, te llevaré a cenar, para variar. Te recogeré a las ocho.

– Trato hecho, socio -dijo Becky, intentando imitar a Sarah Bernhardt.

Charlie se distrajo cuando le tocó el turno a una señora gorda.

– Ah, lady Nourse -dijo Charlie, recobrando su acento de siempre-, ¿sus nabos y rutabagas de costumbre, o vamos a ser hoy un poco más atrevidos?

Becky se volvió para ver a lady Nourse, que no tenía ni un día menos de sesenta años, ruborizarse e hinchar de satisfacción su abundante pecho.

Becky entró en su piso y se dirigió de inmediato a la sala de estar para comprobar que estaba limpia y ordenada. Daphne aún no había regresado de su largo fin de semana en Harcourt Hall, y aparte de arreglar el extravagante cojín y correr las cortinas, no quedaba mucho por hacer.