Becky decidió adelantar en lo posible la confección de la cena antes de darse un baño. Ya se estaba arrepintiendo de haber rechazado la oferta de Daphne, en el sentido de contratar un cocinero y un par de criadas de Lowndes Square para ayudarla, pero había decidido tener a Guy sólo para ella, aunque sabía que su madre desaprobaría que cenaran a solas en el piso.
Melón, pierna de cordero con patatas, col y un tomate; el menú merecería la aprobación de su madre, ciertamente, pero sospechaba que tal aprobación no abarcaría el gasto de dinero, ganado con tantos esfuerzos, en una botella de Nuit St. George 1912, que había comprado en la tienda del señor Cuthbert, número 101. Peló las patatas, untó con grasa el cordero y comprobó que quedara algo de menta, antes de quitar el troncho de la col.
Mientras descorchaba el vino, Becky decidió que, en el futuro, compraría todos los alimentos en el barrio, para mantenerse tan bien informada como Charlie. Antes de desnudarse también comprobó que quedara algo de coñac en la botella que le habían regalado por Navidad.
Permaneció sumergida en el agua caliente un rato, pensando en los bancos a los que acudiría y, sobre todo, en cómo presentaría su caso. Cifras detalladas, tanto de los ingresos de la tienda como del plazo que necesitarían para devolver cualquier préstamo… Su mente saltó de Charlie a Guy, y a la pregunta de por qué no se dirigían la palabra.
Cuando el reloj del dormitorio dio la media, Becky saltó de la bañera presa del pánico, consciente del tiempo que le habían robado sus reflexiones y de que Guy se plantaría ante la puerta a las ocho en punto. Como Daphne le había advertido, de los soldados sólo se podía confiar en su puntualidad.
Becky vació la mitad de sus cajones y los de Daphne, dejando el suelo de ambas habitaciones sembrado de prendas, en un intento desesperado por decidir qué ponerse. Al final, escogió el vestido que Daphne había llevado en el Baile de los Fusileros, sin volver a utilizarlo. Tras conseguir abrocharse el último botón se miró en el espejo. El reloj que descansaba sobre la repisa de la chimenea dio las ocho y el timbre de la puerta sonó.
Guy, ataviado con una chaqueta cruzada del regimiento, de tela tejida con líneas diagonales al estilo de la caballería, entró en el piso cargado con otra botella de vino tinto y una docena de rosas rojas. Una vez depositados ambos presentes sobre la mesa, tomó a Becky en sus brazos.
– Un vestido precioso -dijo-. Me parece que no lo había visto nunca.
– No, es la primera vez que lo llevo -contestó Becky, sintiéndose culpable por no haberle pedido permiso a Daphne.
– ¿No te ha venido a ayudar nadie? -preguntó Guy, paseando la vista a su alrededor.
– Bueno, Daphne se ofreció voluntariamente como carabina, pero no acepté, porque no quería compartirte con nadie en nuestra última noche juntos.
– ¿Puedo hacer algo? -sonrió Guy.
– Sí. Servir el vino mientras pongo las patatas.
– ¿Patatas de Trumper?
– Por supuesto -replicó Becky mientras volvía a la cocina y echaba la col en el agua hirviente de la olla. Vaciló sólo un momento antes de preguntar-: No te cae bien Charlie, ¿verdad?
Guy sirvió una copa de vino a cada uno, pero o no la oyó, o prefirió no contestar.
– ¿Cómo te ha ido el día? -preguntó Becky, entrando en la sala de estar y cogiendo la copa de vino que él le tendió.
– Llenando incesantes baúles para el viaje de mañana. En aquella mierda de país imaginan que debes tener cuatro ejemplares de todo.
– ¿De todo? -Becky probó el vino-. Hum, qué bueno.
– De todo. Y tú, ¿qué has hecho?
– He hablado con Charlie sobre sus planes para apoderarse de Londres sin necesidad de declarar la guerra; adjudiqué a Caravaggio un puesto de segunda fila, seleccioné algunos tomates, sin olvidarme de repasar las cuentas del día.
Becky colocó medio melón frente a Guy y la otra mitad en su plato, mientras Guy volvía a llenarle la copa.
A medida que la cena se alargaba, Becky iba tomando mayor conciencia de que, probablemente, ésta iba a ser su última noche juntos hasta dentro de tres años. Hablaron de teatro, del regimiento, de los problemas en Irlanda, de Daphne, incluso del precio de los melones, pero en ningún momento de la India.
– Podrías venir a visitarme -dijo Guy por fin, sacando a colación el tema tabú mientras servía a Becky otra copa de vino, vaciando casi la botella.
– ¿Una excursión de un día? -insinuó ella, sacando los platos vacíos de la mesa y llevándolos a la cocina.
– Creo que no pasará mucho tiempo antes de que sea posible.
Guy llenó su copa y abrió la botella que había traído.
– ¿Qué quieres decir?
– En avión. Después de todo, Alcock y Brown han cruzado el Atlántico sin hacer escala, así que la India se convertirá en el próximo destino de cualquier pionero.
– Tal vez podría ir sentada en un ala -dijo Becky cuando volvió de la cocina.
– No te preocupes -rió Guy-, Estoy seguro de que tres años pasarán en un abrir y cerrar de ojos, y podremos casarnos en cuanto vuelva.
Levantó la copa y vio que ella bebía de nuevo. Permanecieron un rato en silencio. Becky se levantó de la mesa, un poco mareada.
– He de poner la cafetera al fuego -explicó.
Al regresar, no advirtió que su copa volvía a estar llena.
– Gracias por una noche maravillosa -dijo Guy.
Becky temió por un momento que se fuera a marchar.
– Me temo que ha llegado el momento de lavar los platos, pues no tienes criadas y yo he dejado a mi ordenanza en los barracones.
– No te preocupes -hipó Becky-, Al fin y al cabo, puedo dedicar un año a lavar, otro a secar y el último a apilarlos.
El insistente silbido de la cafetera interrumpió la carcajada de Guy.
– Sólo tardaré un momento. ¿Por qué no te sirves una copa de coñac? -añadió Becky, desapareciendo en la cocina para elegir dos lazas que no estuvieran desportilladas. Volvió con ellas, llenas de café humeante. Se preguntó si se atrevería a bajar un poco la luz de gas, pero desistió. Colocó las dos tazas sobre la mesita cercana al sofá-. El café está tan caliente que hemos de esperar un poco a tomarlo -advirtió.
Él le pasó la botella de coñac, que estaba llena a medias. Levantó su copa y esperó. Ella vaciló, y después tomó un sorbo antes de sentarse a su lado. Guardaron silencio durante unos minutos, hasta que Guy, de repente, dejó la copa, la tomó en sus brazos y la besó con pasión, primero en los labios, después en el cuello y luego en sus hombros desnudos. Becky sólo opuso una tímida resistencia cuando sintió una mano que se deslizaba desde su espalda a un pecho.
– Tengo una sorpresa especial para ti -dijo Guy, apartándose-, que me había reservado para esta noche.
– ¿Cuál es?
– Nuestro compromiso será anunciado en el Times de mañana.
Becky se quedó tan estupefacta que le miró fijamente.
– Oh, querido, es maravilloso. -Becky le atrajo hacia sí y no ofreció ninguna resistencia cuando la mano de Guy se apoderó de su pecho-, ¿Cuál será la reacción de tu madre?
– Me importa una mierda su reacción -dijo Guy, besándola de nuevo en el cuello.
Desplazó la mano hacia el otro seno. Becky abrió los labios y sus lenguas se juntaron.
Notó que le desabrochaba los botones de la espalda, lentamente al principio y luego con mayor seguridad. Guy se apartó. Becky enrojeció cuando él se quitó la chaqueta y la corbata y las tiró por encima del sofá. Consideró la posibilidad de aclararle que ya había ido demasiado lejos.
Cuando Guy empezó a desabrocharse la camisa sintió pánico, e intuyó que estaba perdiendo el control de la situación.
Guy se inclinó hacia adelante y deslizó la parte superior del vestido de Becky por los hombros. Volvió a besarla, y Becky notó que su mano intentaba desabrocharle el sujetador.