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Caminaron cogidos del brazo por Chelsea Terrace, y Becky pensó que cualquiera podía imaginar que eran amantes. Cuando llegaron a la entrada de la casa de Daphne, Charlie tuvo que hundir la mano hasta el fondo del bolso de Becky para encontrar las llaves. Consiguió abrir la puerta y sostener a Becky al mismo tiempo, pero las piernas de la joven fallaron y se vio obligado a sujetarla para que no cayera. La cargó en brazos hasta la primera planta. Necesitó ejecutar una contorsión para abrir la puerta del piso sin dejarla caer. Por fin, entró tambaleándose en la sala de estar y la depositó sobre el sofá. Se irguió y recuperó el equilibrio, dudando entre dejarla en el sofá o averiguar dónde estaba su dormitorio.

Charlie iba a marcharse, cuando ella resbaló hasta caer al suelo, murmurando incoherencias. La única palabra que captó fue «comprometidos».

Volvió al lado de Becky, pero esta vez la cargó sin vacilar sobre su hombro y atravesó una puerta, descubriendo que se hallaba en un dormitorio. La dejó con suavidad sobre la cama. Regresó de puntillas hacia la puerta, pero ella se dio la vuelta y Charlie tuvo que correr para empujarla hacia el centro de la cama antes de que cayera. Titubeó un momento, y después se inclinó para alzarla un poco y desabrocharle los botones de la espalda con su mano libre. Después, la recostó en la cama y levantó las piernas de Becky con una mano, mientras tiraba del vestido hacia abajo, poco a poco, hasta quitárselo. La abandonó un momento para colocar el vestido sobre una silla.

– Charlie Trumper -susurró, mirándola-, eres ciego, y has estado ciego durante un larguísimo tiempo.

Tiró hacia atrás de la manta y acomodó a Becky entre las sábanas, tal como había visto hacer a las enfermeras del frente occidental con los hombres heridos.

Encajó bien a Becky, asegurándose de que el proceso no se repetiría. Su gesto final fue inclinarse y besarla en la mejilla.

No sólo eres ciego, Charlie Trumper, sino que además eres tonto, se dijo mientras cerraba la puerta de la calle detrás de él.

– Estaré contigo dentro de un momento -dijo Charlie, poniendo algunas patatas sobre la báscula, mientras Becky esperaba pacientemente en un rincón de la tienda.

– ¿Algo más, señora? -preguntó a la cliente-, ¿Algunas mandarinas, tal vez? ¿Manzanas? Tengo unos pomelos acabados de llegar de Suráfrica.

– No, gracias, señor Trumper, eso es todo por hoy.

– Entonces, serán dos chelines y cinco peniques, señora Symonds. Bob, ¿puedes servir al siguiente cliente mientras hablo con la señorita Salmon?

– Sargento Trumper.

– Señor -fue la reacción instantánea de Charlie cuando oyó la resonante voz.

Se volvió hacia el hombre alto que se hallaba frente a él, tieso como un palo y vestido con una chaqueta de tweed Harris, pantalones de tela doble y un sombrero de fieltro de color pardo.

– Nunca olvido una cara -dijo el hombre.

Charlie habría continuado perplejo, de no ser por el monóculo.

– Santo Dios -dijo, poniéndose firmes.

– No, coronel es suficiente -rió el otro hombre-, Y ahórrese todos esos disparates. Aquellos días ya han pasado a la historia. Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que nos vimos, Trumper.

– Casi dos años, señor.

– A mí me ha parecido más -dijo el coronel con aire melancólico-. Tenía usted toda la razón sobre Prescott, ¿verdad? Era un buen amigo de él.

– Y él era un buen amigo mío.

– Y un soldado de primera. Mereció su M. M.

– No puedo estar más de acuerdo con usted, señor.

– Usted se merecía una, Trumper, pero Prescott se la llevó. Me temo que usted sólo fue mencionado en los despachos.

– Dieron la medalla al hombre adecuado.

– Una forma terrible de morir. Todavía lo recuerdo, ¿sabe? A unos escasos metros de la línea.

– No fue culpa suya, señor. En todo caso, fue mía.

– Si fue culpa de alguien, desde luego no fue de usted. Sospecho que es mejor olvidarlo -añadió, sin más explicaciones.

– ¿Cómo va el regimiento, señor? ¿Sobrevive sin mí?

– Y sin mí, me temo -respondió el coronel, introduciendo algunas manzanas en la bolsa de la compra que llevaba-. Se acaban de ir a la India, pero no antes de librarse de este caballo viejo.

– Lo lamento, señor. El regimiento era toda su vida.

– Cierto, a pesar de que incluso los Fusileros han de sucumbir bajo la guadaña. Para ser sincero con usted, soy un hombre de infantería, siempre lo he sido, y nunca me acostumbré a aquellos tanques de nuevo cuño.

– De haberlos tenido un par de años antes, señor, habrían salvado algunas vidas.

– Debo admitir que hicieron un buen trabajo. Me gusta pensar que yo también. -Tocó el nudo de su corbata a rayas-. ¿Nos veremos en la cena del regimiento, Trumper?

– No sabía que se celebrara, señor.

– Dos veces al año. La primera en enero, sólo los hombres, y la segunda en mayo, con las mensahibs, que incluye un baile. Proporciona a los camaradas una oportunidad de reunirse y charlar sobre los viejos tiempos. Sería estupendo que acudiera, Trumper. Este año soy el presidente del comité del baile, y confío en que tenga lugar una gran reunión.

– Puede contar conmigo, señor.

– Buen muchacho. Me encargaré de que la oficina se ponga en contacto con usted pronto, diez la entrada, barra libre para todos, cosa que le hará feliz, supongo -añadió el coronel, echando un vistazo a la abarrotada tienda.

– ¿Puedo servirle en algo, señor? -preguntó Charlie, consciente de que se estaba formando una larguísima cola.

– No, no, su hábil ayudante ya se ha encargado de mí de una forma excelente y, como ve, ya he cumplido al pie de la letra las instrucciones escritas de la mensahib.

Alzó una delgada hoja de papel, con una lista de artículos y una cruz al lado.

– En ese caso, espero verle la noche del baile, señor -contestó Charlie.

El coronel asintió con la cabeza y salió a la calle sin decir nada más.

Becky se acercó a su socio, dándose cuenta de que Charlie se había olvidado por completo de que ella le esperaba.

– Todavía sigues firmes, Charlie -se burló ella.

– Era mi oficial en jefe, el coronel sir Danvers Hamilton -dijo Charlie con cierta pomposidad-. Estaba con nosotros en el frente, era un caballero, y todavía se acuerda de mi nombre.

– Charlie, si pudieras oírte. Es posible que sea un caballero, pero él ya no trabaja, mientras que tú diriges un negocio próspero. Sé cuál preferiría ser.

– Pero es el comandante en jefe. ¿No lo entiendes?

– Era -puntualizó Becky-, Y no dudó en señalar que el regimiento se había ido a la India sin él.

– Eso no cambia nada.

– Acuérdate de mis palabras, Charlie Trumper: el coronel terminará llamándote «señor».

Hacía casi una semana que Guy se había marchado y, en ocasiones, Becky era capaz de estar una hora sin pensar en él.

Becky se había pasado casi toda la noche en blanco, intentando escribirle una carta, aunque pasó de largo del buzón cuando se dirigió por la mañana a su primera clase del día. Había conseguido convencerse de que la culpa de no haber podido terminar la carta descansaba sobre los hombros del señor Palmer.

Becky se sintió decepcionada cuando el Times del día siguiente no anunció su compromiso, y se sumió en la desesperación al comprobar que no aparecía en toda la semana. Cuando llamó a Gerrard's el lunes siguiente, le informaron de que no sabían nada de un anillo encargado a nombre del capitán Trentham de los Fusileros Reales. Becky decidió que esperaría otra semana antes de escribir a Guy. Presentía que debía existir alguna explicación.

Guy continuaba presente en sus pensamientos cuando entró en las oficinas de John D. Wood, sitas en Mount Street. Tocó el timbre del mostrador y preguntó a un inquisitivo empleado si podía hablar con el señor Palmer.