– ¿El señor Palmer? El señor Palmer ya no trabaja con nosotros. Se marchó hace casi un año, señorita. ¿Puedo ayudarla en algo?
Becky se aferró al mostrador.
– Bien, me gustaría hablar con alguno de los socios -dijo con firmeza.
– ¿Puedo saber el motivo de su visita?
– Sí. He venido para informarme sobre las condiciones de venta de los números 131 y 135 de Chelsea Terrace.
– Ah, sí. ¿Puede decirme su nombre?
– Señorita Rebecca Salmon.
– Enseguida vuelvo con usted -le prometió el joven, pero tardó en regresar varios minutos.
Lo hizo acompañado de un hombre mucho mayor, que llevaba un largo abrigo negro y gafas de concha. Una cadena de plata colgaba del bolsillo del chaleco.
– Buenos días, señorita Salmon -saludó el anciano-. Me llamo Sanderson. Tenga la bondad de seguirme.
Levantó el tablero del mostrador y la invitó a pasar. Becky le siguió.
– Hace buen tiempo para esta época del año, ¿no cree, señora?
Becky miró por la ventana y vio paraguas circulando por la acera, pero decidió no comentar la opinión meteorológica del señor Sanderson.
– Esta es mi oficina -anunció el hombre con obvio orgullo cuando llegaron a un pequeño e insignificante despacho, situado en la parte posterior del edificio-. ¿Quiere tomar asiento, señorita Salmon? -Señaló una incómoda silla baja frente a su escritorio, que estaba apoyado contra la pared. El hombre se sentó en una silla de respaldo alto-. Soy socio de la firma, pero debo confesar que soy un socio menor. ¿En qué puedo servirla?
– Mi socio y yo queremos adquirir los números 131 y 135 de Chelsea Terrace.
– Muy bien -dijo el señor Sanderson, mirando su carpeta-, ¿Y será también en esta ocasión la señorita Daphne Harcourt-Browne…?
– La señorita Harcourt-Browne no participará en esta transacción. Si, por este motivo, considera que no debe tratar con el señor Trumper o conmigo, abordaremos a los vendedores directamente.
Becky contuvo el aliento.
– Oh, señora, no me malinterprete, por favor. Estoy seguro de que no habrá ningún problema en continuar haciendo negocios con ustedes.
– Gracias.
– Bien, empecemos con el número 135 -dijo el señor Sanderson, calándose las gafas sobre la nariz antes de examinar la carpeta que tenía frente a él-. Ah, sí, el querido señor Kendrick, un carnicero de primera. Por desgracia, está sopesando la posibilidad de tomar la jubilación anticipada.
Becky suspiró y el señor Sanderson la miró por encima de sus gafas.
– Su médico le ha dicho que no tiene otra opción, si confía en vivir más de unos pocos meses -indicó Becky.
– En efecto -corroboró el señor Sanderson, volviendo su atención a la carpeta-. Bien, parece que solicita un precio de ciento cincuenta libras por la propiedad, más cien libras por el prestigio del nombre.
– ¿Y cuánto aceptará?
– No estoy muy seguro de comprenderla, señora.
El socio menor enarcó una ceja.
– Señor Sanderson, antes de que desperdiciemos un minuto más de nuestro tiempo, creo que debo confiarle nuestra intención de adquirir, a un precio razonable, todas las tiendas disponibles de Chelsea Terrace, con el objetivo a largo plazo de poseer toda la manzana, aunque tardemos toda la vida. Con esa idea en la mente, no es mi intención visitar su oficina regularmente durante los próximos veinte años para jugar al gato y al ratón con usted. Para entonces, sospecho que usted ya será un socio mayoritario, y ambos tendremos mejores cosas que hacer. ¿Me he expresado con claridad?
– Totalmente -dijo el señor Sanderson, echando una ojeada a la nota que Palmer había añadido a la venta del 147. El muchacho no había exagerado su inmediata opinión sobre el cliente. Volvió a calarse las gafas sobre la nariz-. Creo que el señor Kendrick aceptaría ciento veinticinco libras, si ustedes le concedieran una pensión de veinticinco libras anuales hasta su muerte.
– Pero puede que viva eternamente.
– Creo que debería señalarle, señora, que no fui yo, sino usted, quien se refirió al actual estado de salud del señor Kendrick.
El socio menor se reclinó en su silla por primera vez.
– No tengo el menor deseo de robarle al señor Kendrick su pensión -replicó Becky-. Haga el favor de ofrecerle cien libras por la propiedad de la tienda y veinte libras anuales durante un período de ocho años como pensión. Soy flexible en la última parte de la transacción, pero no en la primera. ¿Lo ha entendido, señor Sanderson?
– Por completo, señora.
– Y si voy a pagarle una pensión al señor Kendrick, también espero en contrapartida que nos ofrezca su consejo siempre que se lo pidamos.
– Muy bien -dijo Sanderson, tomando nota de la petición en el margen.
– ¿Qué puede decirme sobre el 131?
– Ése es un problema espinoso -dijo Sanderson, abriendo una segunda carpeta-. No sé si usted conoce a fondo las circunstancias, señora, pero…
Becky decidió no ayudarle en esta ocasión, y se limitó a sonreír dulcemente.
– Hum, bien -continuó el socio menor-. El señor Rutheford se ha marchado a Nueva York con un amigo para abrir una tienda de antigüedades, en un lugar llamado el Village. -Vaciló.
– ¿Y su sociedad es de una naturaleza, digamos, inusual? -le auxilió Becky, tras un prolongado silencio-. Es posible que prefiera pasar el resto de sus días en un apartamento de Nueva York, antes que en una celda de Brixton.
– En efecto -dijo el señor Sanderson. El sudor perlaba su frente-. En el caso concreto de este caballero, desea llevarse todo cuanto contiene el local, pues considera que en Manhattan podría conseguir un buen precio por sus artículos. Por lo tanto, todo cuanto dejaría a su consideración sería la propiedad.
– En tal caso, es de suponer que no habrá pensión.
– Creo que la suposición es exacta.
– ¿Y podemos esperar, por tanto, que el precio será un poco más razonable, recordando las presiones a que está sometido?
– Yo no pensaría eso, teniendo en cuenta que la tienda es bastante más grande que las otras de Chelsea…
– Cuatrocientos veintiséis metros cuadrados, para ser precisos, comparados con los trescientos metros cuadrados del número 147, que adquirimos por…
– Un precio muy razonable en aquel momento, si me permite sugerirlo, señorita Salmon…
– Sin embargo…
– En efecto -dijo el señor Sanderson, nuevamente sudoroso.
– Por lo tanto, ¿cuánto confía ese hombre en obtener por la propiedad, habiendo llegado a la conclusión de que no exigirá una pensión?
– El precio que pide -dijo el señor Sanderson, con los ojos clavados en la carpeta- es de doscientas libras. No obstante, sospecho -añadió, antes de que Becky pudiera interrumpirle- que si usted pudiera cerrar la negociación lo antes posible, cedería la propiedad por la cantidad de ciento setenta y cinco. -Enarcó las cejas-. Según tengo entendido, se halla ansioso de reunirse con su amigo lo antes posible.
– Si tan ansioso está, sospecho que se sentirá muy feliz de rebajar el precio a ciento cincuenta y terminar cuanto antes, y hasta podría aceptar ciento sesenta, aunque tardara unos días más.
– En efecto -repitió el señor Sanderson. Sacó el pañuelo del bolsillo superior y se secó la frente. Becky observó que afuera seguía lloviendo-. ¿Algo más, señora? -preguntó el hombre, devolviendo el pañuelo a la seguridad del bolsillo.
– Sí. Me gustaría que vigilara todas las propiedades de Chelsea Terrace y se pusiera en contacto con el señor Trumper o conmigo en cuanto se entere de que alguna va a ponerse a la venta.
– Acaso lo más conveniente sería que llevara a cabo una completa investigación sobre toda la manzana, a fin de informarles cumplidamente por escrito a usted y al señor Trumper.