– Una idea excelente -dijo Becky, ocultando su sorpresa ante tamaña demostración de iniciativa.
Se levantó de la silla, dando a entender que consideraba concluida la reunión.
– Según tengo entendido -dijo el señor Sanderson, mientras se dirigían hacia la salida-, el número 147 se ha hecho muy popular entre los habitantes de Chelsea.
– ¿Cómo lo sabe? -preguntó Becky, sorprendida por segunda vez.
– Mi esposa se niega a comprar las frutas y verduras en otro sitio, a pesar del hecho de que vivimos en Fulham.
– Su esposa es una dama muy inteligente.
– En efecto -corroboró el señor Sanderson.
Becky dio por sentado que los bancos reaccionarían con el mismo entusiasmo que el agente de bienes raíces y, tras seleccionar once que le parecieron factibles, descubrió enseguida que existía una diferencia considerable entre ofrecerse como comprador y postrarse para conseguir un préstamo. Cada vez que exponía sus planes (a alguien que Becky consideraba incapaz de tomar una decisión), sólo recibía un movimiento de cabeza negativo, incluyendo al banco donde la tienda tenía la cuenta. De hecho, como le contó a Daphne aquella noche, uno de los empleados del Penny Bank tuvo la desfachatez de insinuar que, si se casaba, les complacería en extremo hablar de negocios con su marido.
– ¿Con que te has dado de narices con el mundo de los hombres por primera vez, eh? -dijo Daphne, tirando la revista al suelo-. Sus camarillas, sus clubs. El lugar apropiado de una mujer es la cocina y, si es un poco atractiva, el dormitorio de vez en cuando.
Becky asintió de mal humor, mientras colocaba la revista en una mesa lateral.
– Debo confesarte que esa actitud mental nunca me ha preocupado -admitió Daphne, intentando embutir sus pies en unos zapatos puntiagudos-, pero yo no nací tan ambiciosa como tú, querida. Sin embargo, quizá ha llegado la hora de arrojarte un salvavidas.
– ¿Un salvavidas?
– Sí. Lo que necesitas para solucionar tu problema es un toque conservador.
– ¿No te parece una tontería?
– Puede que parezca algo desfasado, pero ése no es el punto. El dilema con el que te enfrentas es tu sexo…, por no mencionar el acento de Charlie, aunque casi he curado a nuestro querido muchacho de ese problema. Sin embargo, te aseguro que todavía no han descubierto la forma de cambiar el sexo de la gente.
– ¿A dónde quieres ir a parar?
– Eres tan impaciente, querida. Igualita que Charlie. Debes permitirnos a los mortales inferiores un poco más de tiempo para explicarnos.
Becky se sentó en una esquina del sofá y juntó las manos sobre el regazo.
– En primer lugar, has de comprender que todos los banqueros son unos presuntuosos terribles. De lo contrario, dirigirían un negocio como tú. Lo que necesitas para que vengan a comer en tu mano es un testaferro respetable.
– ¿Un testaferro?
– Sí. Alguien que te acompañe en tus visitas a los bancos siempre que resulte necesario. -Daphne se levantó y se miró en el espejo antes de continuar-. Es posible que tal persona no haya sido bendecida con tu inteligencia, pero, por otra parte, es preciso que no esté abrumado por tu sexo o por el acento de Charlie. Lo que sí debe poseer, no obstante, es alguna característica de la vieja escuela, un título, por ejemplo. A los banqueros les gustan los nobles, pero lo más importante es que debes elegir a alguien necesitado perentoriamente de dinero en efectivo. Por los servicios prestados, por ejemplo.
– ¿Existen tales personas? -preguntó Becky, escéptica.
– Desde luego. De hecho, hay más de esas de las que quieren trabajar. -Daphne sonrió para tranquilizarla-. Dama una semana o dos y te traeré una lista con tres. Ya lo verás.
– Eres fantástica.
– A cambio, espero que me hagas un pequeño favor.
– Cualquier cosa.
– Nunca emplees esas palabras cuando hagas tratos con una mantis religiosa como yo, querida. De todos modos, mi deseo es muy sencillo, y está en tus manos satisfacerlo. Si Charlie te pide que le acompañes al baile de su regimiento, debes aceptar.
– ¿Por qué?
– Porque Reggie Arbuthnot ha sido lo bastante estúpido para invitarme a tan absurdo acontecimiento y no me puedo negar, si deseo cazar un poco en su propiedad de Escocia el próximo noviembre. -Becky lanzó una carcajada-. No me importa ir al baile con Reggie, pero lo que no quiero es marcharme con él. Por lo tanto, si hemos llegado a un acuerdo, te proporcionaré el memo que necesitas y tú le dirás «sí» a Charlie cuando te invite.
A Charlie no le sorprendió que Becky accediera a acompañarle al baile del regimiento. Después de todo, Daphne ya le había explicado los detalles de la transacción. Lo que sí le dejó aturdido fue que, cuando Becky se sentó a la mesa, sus compañeros sargentos no le quitaron los ojos de encima en toda la noche.
La cena se había preparado en un enorme gimnasio, y los compañeros de Charlie no cesaban de contar anécdotas sobre sus primeros días de instrucción en Edimburgo. Sin embargo, allí terminaba la comparación, pues la comida era mucho mejor de lo que Charlie había tomado en Escocia.
– ¿Dónde está Daphne? -preguntó Becky, cuando depositaron frente a ella una porción de pastel de manzana cubierta de abundante crema.
– En la mesa del extremo, con todos los peces gordos -dijo Charlie, señalando con el pulgar por encima de su hombro-. No puede permitir que la vean con gente como nosotros, ¿verdad?
La cena concluyó con una serie de brindis, por todo el mundo, pensó Becky, excepto por el rey. Charlie le explicó que el regimiento fue dispensado de ese brindis en 1835 por el rey Guillermo IV, pues su lealtad a la corona era incuestionable. Sin embargo, alzaron sus copas por las fuerzas armadas, todos y cada uno de los batallones y, finalmente, por el regimiento, repetido con el nombre de su antiguo coronel. A cada brindis le sucedieron ruidosos vítores. Becky observó las reacciones de los hombres sentados a su alrededor, y comprendió por primera vez cuántos miembros de aquella generación se sentían afortunados por el mero hecho de seguir con vida.
El antiguo coronel del regimiento, sir Danvers Hamilton, baronet, DSO, CBE, monóculo en ristre, pronunció un emotivo discurso centrado en aquellos camaradas que, por una u otra razón, no se hallaban presentes aquella noche. Becky vio que Charlie se ponía rígido cuando mencionaron a su amigo Tommy Prescott. Al final, todos se levantaron y brindaron por los amigos ausentes. Becky se sintió inesperadamente emocionada.
El coronel se sentó. Las mesas se apartaron a un lado para que el baile diera comienzo. Daphne apareció desde la otra punta de la sala cuando sonó la primera nota emitida por la banda del regimiento.
– Ven, Charlie. No podía esperar a llevarte a la mesa de autoridades.
– Le aseguro que es un placer, señora -dijo Charlie, levantándose de su asiento-, pero ¿qué ha sido de Reggie como-se-llame?
– Arbuthnot. He dejado al pobre hombre colgado de una debutante de Chelmsford. No te puedes imaginar el miedo que sentía ella, te lo aseguro.
– ¿Y por qué tenía tanto miedo? -la imitó Charlie.
– Nunca pensé que llegaría el día en que Su Majestad permitiría que alguien de Essex fuera presentado en la corte. Pero lo peor era su edad.
– ¿Por qué? ¿Cuántos años tiene? -preguntó Charlie, bailando un vals con Daphne.
– Aún no estoy segura, pero tuvo la desfachatez de presentarme a su padre viudo.
Charlie estalló en carcajadas.
– No debes considerarlo divertido, Charlie Trumper, sino deplorable. Tienes mucho que aprender todavía.
Becky miró cómo Charlie bailaba con elegancia.
– Esa Daphne es estupenda -dijo el hombre sentado a su lado, que se había presentado como sargento Mike Parker, y resultó ser un carnicero de Camberwell que había servido con Charlie en el Marne.
Aceptó su opinión sin comentario, y cuando él se levantó y solicitó el honor de bailar con ella, aceptó. Procedió a transportarla por la sala de baile como si fuera una pierna de cordero camino de la cámara refrigeradora. También consiguió pisarle los pies a intervalos regulares. Por fin, devolvió a Becky a la seguridad relativa de la mesa manchada de cerveza. Becky se sentó en silencio, mientras miraba a todo el mundo divertirse, confiando en que nadie solicitaría el honor. Sus pensamientos se centraron en Guy, y en la cita que no podría seguir evitando si antes de dos semanas…