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Por fortuna, los amigos de Charlie parecían más interesados en las interminables rondas de cerveza que en bailar. Becky gozó de tranquilidad hasta que un hombre alto que no conocía se inclinó hacia ella.

– ¿Me concede el honor, señorita? -dijo.

Todos los que estaban sentados a la mesa se pusieron firmes cuando el coronel del regimiento acompañó a Becky hasta la pista de baile.

Descubrió que el coronel Hamilton era un experto bailarín, así como un hombre divertido y gracioso, sin mostrar las tendencias paternalistas exhibidas por los directores de banco que había conocido en los últimos tiempos. Cuando terminó la pieza, invitó a Becky a la mesa de autoridades y le presentó a su esposa.

– Tengo que hacerte una advertencia -dijo Daphne a Charlie, mirando al coronel y a lady Hamilton-. Va a resultarte muy difícil ponerte a la altura de la ambiciosa señorita Salmon, pero mientras no te despegues de mí y me escuches con atención, le daremos una buena satisfacción a cambio de su dinero.

Daphne decidió, al cabo de dos bailes, que ya había cumplido su deber y que había llegado el momento de marcharse. Becky, por su parte, se alegró de escapar a las atenciones de todos los oficiales jóvenes que la habían visto bailar con el coronel.

– Tengo buenas noticias para vosotros -dijo Daphne a los dos, mientras un cabriolé recorría King's Road en dirección a Chelsea Terrace.

Charlie todavía se aferraba a su botella de champagne medio vacía.

– ¿Y cuál es, mi niña? -preguntó, eructando.

– No soy tu niña -le reprendió Daphne-, Es posible que me interese invertir en las clases inferiores, Charlie Trumper, pero no olvides que no carezco de educación.

– Bien, ¿cuál es la noticia? -preguntó Becky.

– Habéis cumplido vuestra parte del trato, así que yo debo cumplir la mía.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Charlie, medio dormido.

– Os voy a presentar una lista de tres posibles testaferros, para de esta forma, espero, solucionéis vuestro problema bancario.

Charlie recobró la sobriedad al instante.

– Mi primer candidato es el segundo hijo de un conde. Sin un céntimo, pero presentable. Mi segundo es un baronet, que se hará cargo del trabajo por unos honorarios de profesional, pero mi pièce de résistance es un vizconde, cuya suerte le abandonó en las mesas de Deauville y que ahora considera necesario rebajarse a participar en un vulgar trabajo comercial.

– ¿Cuándo les conoceremos? -preguntó Charlie, intentando pronunciar bien las palabras.

– En cuanto queráis -prometió Daphne-. Mañana…

– No será necesario -dijo Becky en voz baja.

– ¿Por qué, si se puede saber? -preguntó Daphne, sorprendida.

– Porque ya he elegido al hombre que será nuestro testaferro.

– ¿A quién tienes en mente, cariño? ¿Al príncipe de Gales?

– No. Al coronel sir Danvers Hamilton, baronet, DSO, CBE.

– Pero si es el coronel del regimiento -dijo Charlie, dejando caer la botella de champagne al suelo del cabriolé-. Es imposible, jamás accederá.

– Te aseguro que sí.

– ¿Por qué estás tan segura? -preguntó Daphne.

– Porque tenemos una cita para verle mañana por la mañana.

Capítulo 11

Daphne movió su sombrilla cuando un cabriolé se aproximó. El conductor detuvo el vehículo y se quitó el sombrero.

– ¿A dónde, señorita?

– Calle Harley, 172 -dijo ella.

Las dos mujeres subieron. El conductor volvió a quitarse el sombrero y, con un suave latigazo, dirigió el caballo hacia Knightsbridge.

– ¿Ya se lo has dicho a Charlie? -preguntó Becky.

– No, me da miedo -admitió Daphne.

Permanecieron en silencio mientras el cochero cambiaba de dirección y guiaba el caballo hacia Marble Arch.

– Tal vez no sea necesario decirle nada.

– Esperemos que no -dijo Becky.

Siguió otro prolongado silencio hasta que el caballo se internó en la calle Oxford.

– ¿Tu médico es un hombre comprensivo?

– Siempre lo ha sido, hasta el momento.

– Dios mío, estoy asustada.

– No te preocupes. Durará poco y enseguida sabrás a qué atenerte.

El cabriolé se detuvo ante el 172 de la calle Harley y las dos mujeres bajaron. Mientras Becky acariciaba las crines del caballo, Daphne pagó al conductor seis peniques. Becky se volvió al oír el golpe de la aldaba de metal, y subió los tres escalones para reunirse con su amiga.

Una enfermera ataviada con un severo uniforme azul, gorro y cuello blancos respondió a su llamada y pidió a las dos damas que la siguieran. Recorrieron un oscuro pasillo, iluminado por una única luz de gas, y desembocaron en una sala de espera vacía. Sobre la mesa que ocupaba el centro de la sala había ejemplares de Punch y Tatler, pulcramente alineados. Alrededor de la mesa se habían dispuesto varias sillas de aspecto cómodo. Tomaron asiento, pero ninguna habló hasta que la enfermera salió de la sala.

– Yo… -empezó Daphne.

– Sí… -dijo Becky.

Ambas lanzaron carcajadas forzadas que resonaron en la sala de alto techo.

– No, tú primero -invitó Becky.

– Sólo quería saber cómo le va al coronel.

– Escucho sus instrucciones como un soldado. Mañana tendremos nuestra primera entrevista oficial, con Child y Cía, en la calle Fleet. Le he dicho que se tomara todo el encuentro como un ensayo general, porque estoy reservando el que creo que cuenta con más posibilidades para la semana que viene.

– ¿Y Charlie?

– Es demasiado para él. Sigue pensando en el coronel como su comandante en jefe.

– Lo mismo te pasaría a ti si Charlie hubiera sugerido que tu profesor de contabilidad acudiera cada semana al 147 para revisar las cuentas.

– A ese caballero en particular no le veo mucho últimamente. Hago los deberes precisos para no recibir una reprimenda. Mis sobresalientes se han convertido en aprobados, y por los pelos. Si no logro graduarme cuando acabe todo esto, sólo habrá un culpable.

– Serás una de las pocas mujeres licenciada en letras. Tal vez deberías pedir que cambiaran esa denominación por otra.

– ¿Cuál?

– Solterona en letras.

Rieron de lo que ambas sabían era una excusa para no abordar la razón auténtica por la que estaban allí. De pronto, la puerta se abrió y la enfermera apareció de nuevo.

– El doctor la recibirá ahora.

– ¿Puedo acompañarla?

– Sí, estoy segura de que no habrá ningún problema.

Las dos mujeres se levantaron y siguieron a la enfermera por el mismo pasillo de antes hasta llegar a una puerta blanca, en cuyo centro una pequeña placa metálica rezaba: «Doctor Fergus Gould». Un «sí» respondió a la suave llamada de la enfermera. Daphne y Becky entraron juntas en la habitación.

– Buenos días, buenos días -saludó el médico con un suave acento escocés, antes de estrecharles las manos -. Tengan la bondad de sentarse. Las pruebas han terminado y tengo excelentes noticias para usted.

Volvió a la silla situada detrás del escritorio y abrió una carpeta. Las dos sonrieron, y la más alta se relajó por primera vez desde hacía días.

– Tengo el placer de comunicarle que se halla en perfectas condiciones físicas, pero como éste es su primer hijo -vio que las dos mujeres palidecían y le miraban con ojos implorantes-, deberá comportarse con sensatez durante los próximos meses. Si lo hace así, no habrá complicaciones en el parto. ¿Puedo ser el primero en felicitarla?