– El día en que sea el dueño de todas las tiendas de la manzana, querida -contestó él, volviéndose para mirarla-. ¿Cuándo nacerá el crío?
– El doctor opina que faltan unas cinco semanas.
– ¿Ya has preparado el piso para el nuevo inquilino?
– Sí, gracias a que Daphne me deja seguir viviendo en él.
– La echo de menos.
– Yo también, aunque nunca la había visto más feliz desde que Percy regresó del frente.
– Apuesto a que no tardarán mucho tiempo en anunciar su compromiso.
– Ojalá -dijo Becky, mirando al otro lado de la calle.
Tres letreros Trumper, dorado sobre fondo azul, resplandecían frente a ella. La verdulería continuaba produciendo buenos beneficios, y tenía la impresión de que Bob Makins había crecido desde que regresara del servicio militar. La carnicería había perdido algunos clientes tras la jubilación del señor Kendrick, pero se recuperó cuando Charlie contrató a Mike Parker para sustituirle.
– Ojalá sea mejor carnicero que bailarín -comentó Becky cuando Charlie le comunicó la noticia. En cuanto a la tienda de ultramarinos, el nuevo orgullo y gozo de Charlie, había florecido desde el primer día. Los empleados sospechaban que Charlie tenía el don de estar en las tres tiendas a la vez.
– Ha sido un golpe genial transformar la tienda de antigüedades en un colmado.
– De modo que ahora te consideras un tendero, ¿no?
– Por supuesto que no; soy un sencillo verdulero, como siempre.
– Me pregunto si le dirás lo mismo a las chicas cuando seas el dueño de toda la manzana.
– Aún tardaré bastante. ¿Qué indica el balance de las dos tiendas nuevas?
– Arroja una ligera pérdida durante el primer año.
– Pero rendirán beneficios -protestó Charlie-. El colmado va a…
– No chilles tanto. ¿Quieres que el señor Hadlow y sus colegas se enteren de que nos va mucho mejor de lo que habíamos previsto?
– Eres una mujer perversa, Rebecca Salmon, no cabe la menor duda.
– No dirás lo mismo, Charlie Trumper, cuando me necesites para ir mendigando el próximo préstamo.
– Si eres tan lista, explícame por qué no puedo apoderarme de la librería -dijo Charlie, señalando el número 141, donde una única luz era la prueba de que el edificio continuaba habitado-. Hace semanas que no entra un cliente, y si lo hace alguien es para preguntar el camino a Brompton Road.
– No tengo ni idea -rió Becky-, Ya he sostenido una larga charla con el señor Sneedles sobre la compra de la propiedad, pero no está interesado. Desde que su esposa murió, encargarse de la tienda ha sido su única razón de vivir.
– ¿Para hacer qué? ¿Quitar el polvo a libros viejos y ordenar en sus estanterías manuscritos antiguos?
– Se siente feliz leyendo a William Blake y a sus amados poetas bélicos. Se contenta con vender un par de libros al mes y mantener la tienda abierta. No todo el mundo desea ser millonario…, como Daphne no para de recordarme.
– Es posible. ¿Por qué no le ofreces al señor Sneedles ciento cincuenta guineas por la propiedad, y se la alquilas por diez guineas al año? De esta forma, quedará automáticamente en nuestras manos cuando muera.
– Cuesta mucho complacerte, pero si eso es lo que quieres, lo intentaré.
– Eso es lo que quiero, Rebecca Salmon, de modo que adelante.
– Haré lo que pueda, aunque tal vez no te hayas enterado de que voy a tener un niño y, al mismo tiempo, estudio para graduarme.
– Esa combinación no me parece muy acertada. De todos modos, también te necesito para que me des otro empujoncito.
– ¿Otro empujoncito?
– Fothergill's.
– La tienda de la esquina.
– Ni más ni menos. Ya sabes lo que siento por las tiendas que hacen chaflán, señorita Salmon.
– Desde luego, señor Trumper. También sé muy bien que no tienes ni idea de bellas artes, ni mucho menos de subastador.
– No mucho, lo admito, pero después de un par de visitas a la calle Bond, donde observé lo que sucede en Sotheby's, seguido de un corto paseo a St. James's para echar un vistazo a su único rival, Christie's, llegué a la conclusión de que tu título nos iba a servir de algo.
Becky enarcó las cejas.
– Ardo en deseos de saber cómo has planificado el resto de mi vida.
– Cuando hayas obtenido ese título -continuó Charlie, sin hacer caso del comentario-, quiero que solicites un empleo en Sotheby's o Christie's, me da igual cualquiera de los dos, donde pasarás de tres a cinco años, aprendiendo todo lo que hacen. Cuando pienses que estés preparada para marcharte, les robarás el empleado que consideres más capacitado y volverás para tomar las riendas del número 1 de Chelsea Terrace.
– Te sigo escuchando Charlie Trumper.
– Bien, Rebecca Salmon, tienes el cacumen de tu padre para los negocios. Espero que te guste la palabra. Combina eso con lo que siempre te ha gustado y con un talento innato, y el fracaso es imposible.
– Gracias por el cumplido, pero ¿puedo preguntarte, sin apartarnos del tema, cómo encaja el señor Fothergill en tu plan maestro?
– No encaja.
– ¿Qué quieres decir?
– Lleva tres años perdiendo dinero sin parar. En este momento, el valor de la propiedad y la venta de sus mejores existencias sólo servirían para cubrir las pérdidas. No durará mucho tiempo.
Una vez finalizado septiembre, hasta Becky empezó a aceptar que Guy no tenía intenciones de contestar a su carta.
En agosto, Daphne les dijo que se había encontrado con la señora Trentham en Goodwood. Le aseguró que Guy no sólo se lo pasaba bien en la India, sino que esperaba en cualquier momento ser ascendido a mayor. Daphne mantuvo a duras penas su promesa de guardar silencio sobre el estado de Becky.
A medida que se acercaba el día del parto, Charlie procuró que Becky no perdiera el tiempo yendo a la compra, y encargó a una dependienta del 147 que la ayudara a limpiar el piso. Becky les acusó a los dos de mimarla.
Llegado el octavo mes, Becky ni siquiera se preocupaba de examinar el correo de la mañana. La opinión de Daphne sobre el capitán Trentham, invariable desde el principio, empezaba a ganar visos de credibilidad. Le sorprendió la rapidez con que se borraba de su recuerdo, a pesar de que faltaba poco tiempo para que diera a luz a su hijo.
El hecho de que casi todo el mundo pensara que Charlie era el padre, agravado por la circunstancia de que él nunca lo negaba, sumía en la turbación a Becky.
Charlie no le quitaba el ojo a dos tiendas cuyos propietarios, en su opinión, no tardarían en ponerlas a la venta, pero Daphne no quería ni oír hablar de más negocios hasta que el niño naciera.
– No quiero que Becky se vea mezclada en ninguno de tus dudosos proyectos hasta que tenga el niño y termine sus estudios. ¿Me he expresado con claridad?
– Sí, señora -dijo Charlie, chocando los talones.
Calló que la semana anterior Becky había cerrado el trato con el señor Sneedles, y que la librería pasaría a su poder cuando el viejo muriera. Tan sólo una cláusula del acuerdo le desagradaba, porque no sabía muy bien cómo iba a desembarazarse de tantos libros.
– La señorita Becky acaba de telefonear -susurró Bob al oído del jefe una tarde, mientras Charlie atendía a una clienta-. Dice que si puede ir a buscarla ahora mismo. Cree que el niño está a punto de nacer.
– Pero si aún le faltan dos semanas -dijo Charlie, quitándose el delantal.
– Sólo dijo que se diera prisa.
– ¿Ha llamado a la comadrona? -preguntó Charlie, abandonando a un cliente cargado de artículos y cogiendo el abrigo.
– No tengo ni idea, señor.
– Bien, hágase cargo de la tienda, porque es posible que ya no vuelva.
Charlie dejó a la sonriente cola de compradores, corrió hacia el 97, subió la escalera como una exhalación, abrió la puerta y entro como una tromba en el cuarto de Becky.