Se sentó en la cama a su lado y le cogió la mano. Pasó algún tiempo antes de que ninguno de los dos hablara.
– ¿Has llamado a la comadrona? -preguntó él por fin.
– Por supuesto que lo ha hecho -dijo una voz detrás de él. Una enorme mujer entró en la habitación. Vestía un viejo impermeable negro, demasiado pequeño para su envergadura, y llevaba un bolso de piel negro. A juzgar por la agitación de sus pechos, subir la escalera le había costado un gran esfuerzo-. Soy la señora Westlake y trabajo en el hospital de San Esteban. Espero haber llegado a tiempo. -Becky asintió. La comadrona se volvió hacia Charlie-, Ponga agua a hervir, y rápido.
El tono de su voz indicaba que no estaba acostumbrada a que la cuestionaran. Charlie, sin decir palabra, saltó de la cama y salió del cuarto.
La señora Westlake depositó su amplio bolso Gladstone en el
– ¿Con qué frecuencia se producen las contracciones? -preguntó.
– Cada veinte minutos.
– Excelente. No tendremos que esperar mucho.
Charlie apareció en la puerta, cargado con un caldero de agua caliente.
– ¿Puedo ayudar en algo más?
– Sí, desde luego que sí. Necesito todas las toallas limpias que pueda transportar con ambas manos, y no le haría ascos a una taza de té.
Charlie salió corriendo de la habitación.
– Los maridos siempre se muestran patéticos en estas ocasiones -afirmó la señora Westlake-. Lo mejor es mantenerlos ocupados.
Becky iba a explicar la condición real de Charlie, cuando las contracciones se repitieron.
– Respire lenta y profundamente, querida -aconsejó la señora Westlake en tono cariñoso.
Charlie volvió con tres toallas y una olla. Sin volverse para ver quién era, la señora Westlake continuó.
– Deje las toallas en el aparador, vierta el agua en el cuenco más grande que tenga y vuelva a llenar la olla, para que tenga agua caliente a mano siempre que la necesite.
Charlie desapareció sin decir palabra.
– Ojalá me hiciera tanto caso a mí -dijo Becky, admirada.
– Oh, no se preocupe, querida. Mi marido no sirve para nada y leñemos siete hijos.
Charlie empujó la puerta con el pie al cabo de dos minutos, y dejó una olla de agua hirviente sobre el aparador.
– Sobre la mesilla de noche -indicó la señora Westlake-. Y procure no olvidarse de mi té. Después, necesitaré más toallas.
Becky exhaló un gemido.
– Cójame la mano y siga respirando profundamente -dijo la comadrona.
Charlie no tardó en reaparecer con otra olla de agua; se le ordenó que vaciara el caldero para volverlo a llenar.
– Espere fuera hasta que le llame -dijo la señora Westlake cuando Charlie completó su tarea.
Charlie salió del cuarto, cerrando la puerta a su espalda.
Tuvo la impresión de que preparaba incontables tazas de té y transportaba interminables ollas de agua, de un lado a otro, irrumpiendo siempre con la equivocada en el peor momento, hasta que ya no le dieron más órdenes y le dejaron pasear arriba y abajo de la cocina, sumido en aciagos presentimientos. Después, escuchó un débil llanto.
Becky miró a la comadrona sostener a su hijo por una pierna y darle un suave cachete en el culo.
– Es mi momento favorito -confesó la señora Westlake-. Me gusta traer algo nuevo al mundo.
Envolvió al bebé en una toalla y tendió el bulto a la madre.
– ¿Es…?
– Un niño, me temo -dijo la comadrona-. Así no es probable que el mundo progrese ni un ápice. Tendrá que fabricar una hija la próxima vez. Si él aún está en forma -añadió, señalando con el pulgar a la puerta cerrada.
– Pero es que él… -probó de nuevo Becky.
– Inútil, lo sé. Como todos los hombres. -La señora Westlake abrió la puerta del dormitorio y llamó a Charlie-. Todo ha terminado señor Salmon. Puede dejar de dar vueltas como un idiota y echar un vistazo a su hijo.
Charlie entró con tanta rapidez que casi derribó a la comadrona. Se inmovilizó en el extremo de la cama y contempló el bulto que Becky sostenía en brazos.
– Es muy feo, ¿no? -dijo Charlie.
– Bien, sabemos muy bien de quién es la culpa -replicó la comadrona-. Esperemos que éste no termine con la nariz rota. En cualquier caso, lo que usted necesita cuanto antes es una hija, como ya le he explicado a su esposa. Por cierto, ¿cómo van a llamarle?
– Daniel George -dijo Becky sin vacilar-. Por mi padre -explicó, mirando a Charlie.
– Y el mío -dijo Charlie, rodeando con el brazo a Becky y al niño.
– Bien, me voy, señora Salmon, pero volveré a primera hora de la mañana.
– No, es señora Trumper -dijo Becky-, Salmon era mi apellido de soltera.
– Oh -exclamó la comadrona, desconcertada por primera vez-. Han equivocado los apellidos al escribirlos. Bien, hasta mañana, señora Trumper -se despidió la comadrona, cerrando la puerta.
– ¿Señora Trumper? -preguntó Charlie.
– He tardado mucho tiempo en sentar la cabeza, ¿no cree usted señor Trumper?
DAPHNE
1918-1921
Capítulo 13
Confieso que, cuando abrí la puerta, tardé un poco en recordar quién era Becky Salmon. Después, me acordé de que en St. Paul's había una alumna extremadamente brillante, más bien llenita, que respondía a ese nombre. Poseía una reserva inagotable de bollos de crema. Si la memoria no me falla, lo único que le di a cambio fue un libro de arte que una tía de Cumberland me había regalado unas Navidades.
De hecho, cuando pasé a sexto superior, la precoz lumbrera ya estaba en sexto inferior, a pesar de que yo le llevaba dos años de diferencia.
Después de leer su carta por segunda vez, me resultó imposible imaginar por qué quería verme, y pensé que la única forma de averiguarlo era invitarla a tomar el té en mi piso de Chelsea.
Cuando vi a Becky, apenas la reconocí. No sólo había perdido sus buenos diez kilos, sino que se había convertido en la modelo ideal de aquellos anuncios de Pepsodent que llevaban los tranvías, esa chica de rostro lozano que exhibe una hilera de dientes perfectos. Tuve que admitir que me sentía envidiosa.
Becky me explicó que sólo necesitaba una habitación en Londres mientras acudiera a la universidad. Me sentí encantada de aceptarla. Después de todo, mi madre había declarado en varias ocasiones lo mucho que desaprobaba mi decisión de vivir sola en un piso, y no conseguía comprender qué tenía de malo el número 26 de Lowndes Square, la residencia londinense de la familia. Apenas pude esperar a comunicarle a mamá, y también a papá, la noticia de que había encontrado una compañera adecuada, como tantas veces me habían exigido.
– ¿Quién es esa chica? -inquirió mi madre cuando fui a pasar el fin de semana en Harcourt Hall-. ¿Es alguien que yo conozco?
– Creo que no, mamá -respondí-. Una antigua compañera de St. Paul's. Una empollona.
– ¿Quieres decir una marisabidilla? -remató mi padre.
– Sí, has captado la idea, papá. Estudia historia del Renacimiento en un lugar llamado colegio Bedford, o algo por el estilo.
– No sabía que las mujeres podían licenciarse -dijo mi padre-. Debe de encajar en la visión de la nueva Inglaterra que tiene ese maldito galés canijo.
– Deja de describir a Lloyd George de esa manera -le reprendió mi madre-. Al fin y al cabo, es nuestro primer ministro.
– Es posible que sea el tuyo, querida, pero no el mío. Toda la culpa es de esas sufragistas -añadió mi padre, abundando en una de sus muchas conclusiones erróneas.
– Querido, echas la culpa de casi todo a las sufragistas -le recordó mi madre-, incluida la cosecha del año pasado. Sin embargo, volviendo a esta chica, me da la impresión de que va a ejercer una influencia benéfica en ti, Daphne. ¿De dónde has dicho que son sus padres?