– Oh, qué decepción, en especial porque Becky me ha llevado a creer que su difunto marido tenía una altísima opinión sobre él.
– Como experto en frutas y verduras, desde luego que sí. De hecho, me atrevería a decir que mi marido consideraba que llegaría a ser tan bueno como su abuelo.
– ¿Y eso qué quiere decir?
– Aunque yo no me mezclaba con esa clase de gente, como ya comprenderá, me dijeron, indirectamente, por supuesto, que era el mejor de toda la historia de Whitechapel.
– Bien. ¿Es honrado?
– Jamás oí lo contrario -admitió la señora Salmon-. Dios sabe que se pasaba todo el día trabajando, pero no creo que sea su tipo, señorita Harcourt-Browne.
– Pensaba contratar a ese hombre como responsable de la tienda, señora Salmon, no pedirle que me acompañara a las carreras de Ascot.
La señorita Roach reapareció en aquel momento con una bandeja de té, pastelillos de mermelada y relámpagos de chocolate bañados en crema. Eran tan deliciosos que me quedé mucho más tiempo del que había planeado.
A la mañana siguiente visité a John D. Wood y entregué un cheque por las noventa libras restantes. Después, fui a ver a mi abogado y le hice redactar un contrato.
– Tuve que inventar una estratagema cuando Becky se enteró de mi maniobra, porque yo sabía que se sentiría ofendida por mi intervención si no lograba convencerla de que me las había arreglado para sacar una buena tajada del negocio.
Después de convencerse, Becky me entregó de inmediato treinta libras, para reducir la deuda. Se tomó su nueva iniciativa con mucha seriedad, porque durante el siguiente mes consiguió contratar a un joven que trabajaba en una tienda de Kensington para llevar la nuestra hasta que Charlie volviera. Trabajaba durante horas que yo ni siquiera sabía que existían. Nunca conseguí que me explicara la necesidad de levantarse antes de que el sol saliera.
Y así, los habitantes del 97 recuperaron el equilibrio durante unas breves semanas…, hasta que Charlie fue desmovilizado.
Después de su vuelta, tardaron bastante en presentármelo oficialmente, pero cuando le conocí tuve que admitir: «No los hacen así en Berkshire». Sucedió durante la cena que celebramos en aquel espantoso restaurante italiano que hay en la misma calle de mi casa.
Para ser sincera, no podría calificar la velada de éxito descomunal, en parte porque Guy no hizo el menor esfuerzo para ser sociable, pero sobre todo porque Becky tampoco se esforzó en que Charlie participara en la conversación. Me descubrí formulando y respondiendo a la mayoría de las preguntas. En cuanto a Charlie, parecía un poco torpe.
Después de la cena, mientras volvíamos a casa, sugerí que dejáramos solos a Becky y Guy. Me invitó a entrar en su tienda, y no pudo resistir la tentación de detenerse para explicar cómo había cambiado todo desde que él había tomado las riendas. Su entusiasmo habría convencido al inversor más escéptico, pero lo que más me impresionó fue su conocimiento de un negocio al que yo no había dedicado, hasta el momento, ni un segundo de mi tiempo. Fue entonces cuando tomé la decisión de ayudar a Charlie en sus dos empresas.
No me sorprendió descubrir que el tipo estaba muy enamorado de Becky, y que, por su parte, Becky se hallaba tan fascinada por Guy que ni siquiera era consciente de su existencia. Empecé a forjar un plan para el futuro de Charlie durante uno de sus largos monólogos sobre las virtudes de la muchacha. Decidí que debía recibir otro tipo de educación, tal vez diferente de la de Becky, pero no menos valiosa para el futuro que él deseaba.
Le aseguré a Charlie que Guy pronto se hartaría de Becky, pues lo mismo había ocurrido con varias chicas que se habían cruzado en su camino anteriormente. Le dije a Charlie que debía ser paciente, y la manzana caería en su regazo tarde o temprano. También le expliqué quién era Newton.
Supuse que aquellas lágrimas de las que tanto hablaba mi niñera empezarían a derramarse en cuanto Becky fuera invitada a pasar un fin de semana en Ashurst con los padres de Guy. Me las arreglé para que los Trentham me invitaran a tomar el té el domingo por la tarde, con el propósito de darle mi apoyo moral a Becky en caso de que lo necesitara.
Llegué poco después de las tres y cuarenta minutos, una hora que siempre he considerado apropiada para tomar el té, y me encontré con la señora Trentham rodeada de cubiertos y vajillas de plata, pero completamente sola.
– ¿Dónde están los felices enamorados? -pregunté, entrando en la sala de estar.
– Daphne, si te refieres, con tu habitual grosería, a mi hijo y a la señorita Salmon, ya han marchado hacia Londres.
– Juntos, supongo.
– Sí, aunque te aseguro que no comprendo lo que ha visto mi querido muchacho en ella. -La señora Trentham me sirvió una taza de té-. Por lo que a mí respecta, la encuentro sumamente vulgar.
– Tal vez sea su aspecto y su inteligencia -insinué, justo cuando el mayor entraba en la sala.
Sonreí al hombre, que conocía desde niña y al que trataba como a un tío. El único misterio que me intrigaba de él era saber por qué había terminado casándose con Ethel Hardcastle.
– ¿Guy también se ha marchado? -preguntó.
– Sí, ha vuelto a Londres con la señorita Salmon -dijo la señora Trentham por segunda vez.
– Oh, qué pena. Parecía una chica muy interesante.
– Del tipo provinciano -dijo la señora Trentham -. Supongo que ésa es la definición que mejor le cuadra.
– Tengo la impresión de que a Guy se le cae la baba por ella -comenté, esperando una reacción.
– Dios le perdone -dijo la señora Trentham.
– Dudo que Dios tenga algo que ver con su relación -repliqué, disfrutando del desafío.
– Pues yo sí -saltó la señora Trentham-, No tengo la menor intención de permitir que mi hijo se case con la hija de un vendedor ambulante del East End.
– No entiendo por qué -intervino el mayor-. Al fin y al cabo, ¿no lo era también tu abuelo?
– Gerald, por favor. Mi abuelo fundó y estableció un próspero negocio en Yorkshire, no en el East End.
– Pues entonces, nuestra única divergencia reside en el emplazamiento -dijo el mayor-. Recuerdo bien que tu padre me dijo, con cierto orgullo, debería añadir, que su padre había fundado el negocio en la parte posterior de un cobertizo, cerca de Huddersfield.
– Gerald… Estaría exagerando.
– Nunca me pareció una persona propensa a la exageración -replicó el mayor-. Todo lo contrario, un hombre bastante sincero, y astuto, a mi entender.
– Debió ser hace mucho tiempo -dijo la señora Trentham.
– Aún más, sospecho que viviremos para ver a los hijos de Rebecca Salmon prosperar más que nuestros jodidos iguales.
– Gerald, no me gusta que utilices con tanta frecuencia la palabra «jodidos». Todos padecemos la influencia de ese dramaturgo socialista, el señor Shaw, y su espantoso Pigmalión, que me parece una obra sobre la señorita Salmon.
– No creo -intervine-. Después de todo, Becky saldrá de la universidad de Londres con una licenciatura en Letras, más de lo que toda mi familia ha logrado en su conjunto durante once siglos.
– Es posible -coincidió la señora Trentham -, pero no es el requisito que considero adecuado para impulsar la carrera militar de Guy, sobre todo ahora que el regimiento parte hacia la India para completar su servicio.
Esta información me pilló por sorpresa. Estaba segura de que Becky tampoco lo sabía.
– Y cuando vuelva a esta tierra -continuó la señora Trentham-, le buscaré una esposa de buena cuna, bastante dinero y hasta un poco de inteligencia. Es posible que Gerald haya fracasado, por culpa de mezquinos prejuicios, en llegar a coronel del regimiento, pero no permitiré que a Guy le pase lo mismo, te lo aseguro.
– Yo no era lo bastante bueno, eso es todo -gruñó Gerald-. Sir Danvers era más idóneo para el puesto y, en cualquier caso, tú eras la única que deseaba verme con los galones de coronel.