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– De todos modos, creo que después de los resultados de Guy en Sandhurst…

– Logró situarse en la mitad superior -le recordó el mayor-. No puede afirmarse que obtuviera la Espada Honorífica, querida.

– Pero le concedieron la Cruz Militar en el campo de batalla, y una citación…

El mayor gruñó de una manera especial, dando a entender que ya había discutido el tema en ocasiones anteriores.

– Tengo la absoluta confianza -prosiguió la señora Trentham- de que Guy llegará a ser coronel del regimiento, y no me importa decirte que ya he elegido a la muchacha que le apoyará en esta empresa. Después de todo, las esposas pueden hacer o destruir una carrera, ¿no crees, Daphne?

– En eso estoy de acuerdo contigo, querida -masculló el mayor.

Volví a Londres, tranquilizada al pensar que, después de aquello, la relación de Becky con Guy se rompería. La verdad es que cada vez que le veía me gustaba menos.

Cuando volví al piso por la noche, encontré a Becky sentada en el sofá, temblorosa y con los ojos enrojecidos.

– Ella me odia -fueron sus primeras palabras.

– Todavía no te aprecia -le contesté, según creo recordar-, pero te aseguro que el mayor piensa que eres una chica estupenda.

– Es muy amable de su parte. Me enseñó toda la propiedad.

– Querida, trescientas cincuenta hectáreas no merecen el nombre de propiedad. Tal vez finca, pero propiedad no, desde luego.

– ¿Crees que Guy dejará de salir conmigo después de lo que ha ocurrido en Ashurst?

Quise decir «eso espero», pero conseguí morderme la lengua.

– Si es un hombre de carácter, no -repliqué diplomáticamente.

Y Guy salió con ella al día siguiente, pero jamás volvió a hablar de su madre o del infortunado fin de semana.

De todos modos, yo creía que mis planes a largo plazo para Charlie y Becky marchaban sobre ruedas, hasta que al volver a casa de un largo fin de semana descubrí, horrorizada, uno de mis vestidos favoritos tirado en el suelo. Seguí el rastro de prendas hasta llegar ante la puerta de Becky, que abrí con cuidado para descubrir más prendas de mi propiedad caídas a un lado de la cama, junto con las de Guy. Yo confiaba en que Becky habría descubierto desde tiempo atrás sus intenciones, antes de llegar a esta fase.

Guy inició su viaje a la India al día siguiente, y Becky, nada más partió él, empezó a decir que estaban prometidos a todo aquel que la escuchaba, aunque no llevaba el anillo correspondiente ni periódico alguno publicaba el anuncio que confirmara su versión de los hechos.

– La palabra de Guy me vale -nos aseguró.

Yo me quedé sin habla.

El domingo siguiente por la tarde me invité a tomar el té en casa de los Trentham. Según la madre de Guy, su hijo le había asegurado que no se había visto con la señorita Salmon desde su partida prematura de Ashurst, acaecida unos meses antes.

– Pero eso no es… -empecé, y no completé la frase al recordar que le había prometido a Becky no informar a la madre de Guy sobre sus asuntos.

Unas semanas más tarde, Becky me dijo que no le venía la regla.

Juré que guardaría el secreto, pero no dudé en informar a Charlie aquel mismo día. Se volvió loco al saber la noticia. Lo peor era que debía seguir fingiendo ignorancia cada vez que veía a la chica.

– Juro que mataré a Trentham si vuelve a Inglaterra -no dejaba de repetir, interrumpiendo uno de sus incesantes paseos por la sala de estar.

– Si vuelve a Inglaterra, se me ocurren al menos tres padres de chicas que yo conozco que se sentirán muy dichosos de ahorrarte la tarea.

– ¿Qué se supone que debo hacer? -me preguntó Charlie por fin.

– No gran cosa. Sospecho que el tiempo, y doce mil kilómetros de distancia, se convertirán en tus mejores aliados.

El coronel también entraba en la categoría de los que matarían alegremente a Guy Trentham a la menor oportunidad. En su caso, por el honor del regimiento y todo eso. Incluso llegó a murmurar algo siniestro sobre ir a ver al mayor Trentham y contarle la verdad al hijo de perra. Yo quise decirle que el «hijo de perra» no era el problema, pero dudaba que el coronel, aún con su gran experiencia en todo tipo de enemigos, se hubiera enfrentado con alguien tan tortuoso como la señora Trentham.

Fue por esa época cuando desmovilizaron a Percy Wiltshire de la Guardia Escocesa. Ya habían dejado de preocuparme las llamadas telefónicas de su madre. Siempre había dado por sentado, durante aquellos espantosos años de guerra, que un día llegaría un mensaje anunciando la muerte de Percy en el frente occidental, al igual que su padre y su hermano mayor antes que él. Pasarían años antes de que confesara a la marquesa viuda, siempre que llamaba, cuánto temía averiguar que se encontraba al otro extremo de la línea.

Un día, de repente, Percy me pidió que me casara con él. Temí desde aquel momento que la preocupación por nuestro futuro común y las visitas a sus múltiples parientes me impidieran cumplir mi deber hacia Becky, a pesar de que le había dado permiso para tomar plena posesión del piso. Empecé a sentirme culpable por verles tan poco, sobre todo teniendo tantas noticias que comunicarles. Después, casi sin darme tiempo a reaccionar, dio a luz al pequeño Daniel.

Un domingo por la noche, volviendo de pasar un fin de semana en el campo con la madre de Percy, decidí visitarles por sorpresa.

Cuando Charlie abrió la puerta para recibirme, observé que llevaba un periódico bajo el brazo, y que Becky parecía estar zurciendo un calcetín. El pequeño Daniel avanzó gateando hacia mí. Cogí al niño en brazos antes de que se lanzara de cabeza por la escalera.

– Me alegro muchísimo de verte, Daphne -dijo Becky, levantándose bruscamente-. Han pasado siglos. Deja que te prepare un poco de té.

– Gracias -dije, fascinada por la belleza del único cuadro que colgaba en la pared.

– Qué cuadro más hermoso -comenté.

– Tienes que haberlo visto muchas veces -dijo Becky-. Después de todo, estaba en el piso de Charlie…

– No, nunca lo he visto -contesté, sin saber bien de qué estaba hablando.

Capítulo 14

El día en que la tarjeta ribeteada de oro llegó a Lowndes Square, Daphne colocó la invitación entre la que solicitaba su presencia en la carrera real de Ascot y la orden de asistir a la fiesta que se celebraría en los jardines del palacio de Buckingham. Sin embargo, consideró que esta invitación en particular permanecería sobre la repisa de la chimenea para que todos la vieran, aun después de que Ascot y el palacio hubieran sido relegados a la papelera.

Aunque Daphne había pasado una semana en París, seleccionando tres vestidos para tres ocasiones diferentes, el más espléndido de todos lo iba a guardar para la ceremonia de graduación de Becky, que ahora describía a Percy como el gran acontecimiento.

Su prometido (si bien no se había acostumbrado aún a pensar en Percy de esa forma) también admitía que nunca le habían invitado a un acontecimiento semejante.

El general de brigada Harcourt-Browne sugirió que Hoskins les condujera en el Rolls a la Casa del Senado, y confesó cierta envidia por no haber sido invitado.

Cuando por fin llegó aquella mañana, Percy acompañó a Daphne a almorzar al Ritz, y tras repasar por enésima vez la lista de invitados y los himnos que se cantarían durante la ceremonia, dedicaron su atención a los detalles del vestido de la tarde.

– Espero que no me hagan preguntas raras -dijo Daphne-, porque te aseguro que no sabré la respuesta.

– Oh, estoy seguro de que no tendremos problemas, cariño -dijo Percy-, aunque nunca he acudido a una de esas fiestas. Los de Wiltshire no tenemos fama de molestar a las autoridades con estos temas -añadió, con una de sus risas que tanto recordaban a una tos.