– Has de quitarte esa costumbre, Percy. Si quieres reír, ríe. Si quieres toser, tose.
– Lo que tú digas, cariño.
– Y deja de llamarme «cariño». Tengo veintitrés años y mis padres me dieron un nombre perfectamente aceptable.
– Lo que tú digas, cariño -repitió Percy.
– No has escuchado ni una palabra de lo que he dicho. -Daphne consultó su reloj -. Creo que es hora de ponernos en camino. Procuremos no llegar tarde esta vez.
– Muy bien -contestó él, y llamó a un camarero para que les trajera la cuenta.
– ¿Tienes idea de a dónde vamos, Hoskins? -preguntó Daphne, mientras el chófer le abría la puerta trasera.
– Sí, señora. Me tomé la libertad de estudiar la ruta mientras usted y Su Señoría se hallaban en Escocia el mes pasado.
– Buena idea, Hoskins -dijo Percy-. De lo contrario, podríamos pasarnos el resto de la tarde dando vueltas en círculo.
Mientras Hoskins ponía en marcha el coche, Daphne miró al hombre que amaba, y pensó en lo afortunada que había sido su elección. La verdad era que le había elegido a la edad de dieciséis años, y el convencimiento de que era el hombre adecuado nunca se debilitó…, a pesar de que él ignoraba el dato. Siempre había pensado que Percy era maravilloso, amable, considerado y cariñoso; distinguido, si bien no exactamente apuesto. Cada noche daba gracias a Dios porque hubiera escapado de aquella mierda de guerra con todos los miembros en su sitio. Desde el momento en que Percy le comunicó que se iba a Francia para servir con la Guardia Escocesa, Daphne pasó los tres años más desdichados de su vida. Dio por sentado que cada carta, cada mensaje, cada llamada telefónica era para informarle de su muerte. Otros hombres intentaron cortejarla durante su ausencia, pero todos fracasaron, pues Daphne, al igual que Penélope, aguardaba pacientemente el regreso de su amado. Sólo aceptó el hecho de que seguía con vida cuando le vio bajar por la pasarela del barco en Dover. Daphne siempre recordaría las primeras palabras que pronunció Percy al verla.
– Qué sorpresa verte aquí, cariño. Menuda coincidencia.
Percy jamás comentó el ejemplo dado por su padre, aunque el Times había dedicado media página al fallecimiento del marqués. Describían su acción en el Marne, al desmantelar una batería alemana sin ayuda de nadie, como «una de las grandes victorias de la guerra». Cuando, un mes después, el hermano mayor de Percy cayó muerto en Yprés, Daphne pensó en las numerosas familias que estaban padeciendo la misma y espantosa experiencia. Ahora, Percy había heredado el título: duodécimo marqués de Wiltshire. De décimo a duodécimo en cuestión de semanas.
– ¿Está seguro de que vamos en la dirección correcta? -preguntó Daphne cuando el Rolls se internó en la avenida Shaftesbury.
– Sí, señora -respondió Hoskins, que había decidido llamarla de esta forma a pesar de que aún no se había casado con Percy.
– Te está ayudando a acostumbrarte a la idea, cariño -sugirió Percy, antes de volver a toser.
Daphne se sintió muy complacida cuando Percy le dijo que había decidido renunciar a su destino en la Guardia Escocesa para responsabilizarse de las propiedades familiares. A pesar de lo mucho que le admiraba cuando le veía ataviado con el uniforme azul oscuro, con sus cuatro botones de metal, separados por idéntica distancia, las botas de caballería y el divertido gorro a cuadros rojos, blancos y azules, no quería casarse con un soldado, sino con un granjero. Pasar la vida en la India, África y las colonias nunca la había atraído.
Al doblar por la calle Maple, Daphne vio a un grupo de gente que subía unos escalones de piedra para entrar en un amplio edificio de estilo monumental.
Eso debe de ser el Senado -exclamó, como si se hubiera topado con una pirámide aún no descubierta.
– Sí, señora -contestó Hoskins.
– Acuérdate, Percy… -empezó Daphne.
– ¿Sí, cariño?
– De no hablar a menos que te hablen a ti. En esta ocasión no nos hallamos en terreno familiar, y me niego a que ninguno de los dos sea considerado un estúpido. Bien, ¿te acuerdas de la invitación y de los billetes especiales donde constan nuestros asientos?
– Los he guardado en algún sitio.
Empezó a rebuscar en sus bolsillos.
– Están a mano izquierda, en el bolsillo superior de su chaqueta, Su Señoría -dijo Hoskins, frenando el coche.
– Sí, claro -dijo Percy-, Gracias, Hoskins.
– Ha sido un placer, Su Señoría -recitó Hoskins.
– Sigue a la muchedumbre -le ordenó Daphne-, y aparenta que haces lo mismo cada semana.
Rebasaron a varios porteros y ujieres uniformados, hasta que un empleado examinó sus billetes y les acompañó a la fila M.
– Nunca me había sentado tan atrás -dijo Daphne.
– Sólo he estado tan atrás en un teatro una vez -admitió Percy-, y fue cuando los alemanes ocupaban el escenario.
Tosió de nuevo. Se quedaron sentados en silencio, la mirada clavada al frente, esperando que algo ocurriera. El escenario estaba vacío, a excepción de catorce sillas, dos de las cuales, situadas en el centro, casi podían describirse como tronos.
A las dos y cincuenta y cinco minutos, dos hombres y dos mujeres ataviados con lo que a Daphne le pareció largas batas negras, con bufandas escarlatas que colgaban de sus cuellos, aparecieron en el escenario uno tras otro, tomando asiento en sus respectivos lugares. Sólo los dos tronos siguieron vacantes. A las tres en punto, la atención de Daphne se desvió hacia la galería de los Cantores, al sonar una fanfarria de trompetas que anunciaba la llegada de los Visitantes. Todos los presentes se pusieron en pie cuando el rey y la reina entraron para ocupar sus puestos, en el centro del Senado. Todo el mundo, excepto la pareja real, permaneció en pie hasta que finalizaron los últimos acordes del himno nacional.
– Bertie tiene muy buen aspecto, dentro de todo -dijo Percy, sentándose.
– Cállate -dijo Daphne-. Nadie más le conoce.
Un anciano vestido con la larga bata negra, la única persona que continuaba de pie, esperó a que todo el mundo se acomodara antes de dar un paso adelante, dedicar una reverencia a la pareja real y dirigirse al público.
Después de que el vicecanciller, sir Russell Russell-Wells, hablara durante un tiempo considerable, Percy se volvió hacia su prometida.
– ¿Cómo va a aguantar uno esta sarta de disparates, teniendo en cuenta que renunció al latín el segundo año?
– Yo sólo sobreviví un año a esa asignatura.
– Entonces, tampoco serás de gran ayuda, cariño -susurró Percy.
Alguien sentado en la fila de delante se volvió y les dirigió una mirada feroz.
Daphne y Percy se esforzaron en guardar silencio durante el resto de la ceremonia, aunque Daphne consideraba necesario colocar de cuando en cuando una firme mano sobre la rodilla de Percy, que se removía en la incómoda silla de madera.
– Es perfecta para el rey -susurró Percy-, Tiene un almohadón de cuidado donde sentarse.
Por fin llegó el momento que ambos esperaban.
El vicecanciller, que continuaba leyendo en voz alta la lista de honor, había llegado por fin a las «tes».
– Señora de Charles Trumper, del colegio Bedford, licenciada en letras -anunció en aquel momento.
Los aplausos se redoblaron, como cada vez que una mujer había subido los peldaños para recibir su título de manos del Visitante. Becky se inclinó ante el rey mientras él colocaba sobre su vestido lo que el programa llamaba la «muceta de púrpura» y le hacía entrega de un rollo de pergamino. Ella volvió a inclinarse, retrocedió dos pasos y volvió a su asiento.
– Yo no lo habría hecho mejor -reconoció Percy, uniéndose a los aplausos-. No es difícil averiguar quién la ha aleccionado -añadió.
Daphne se ruborizó. Continuaron sentados mientras las us, uves, dobles uves e is griegas recibían sus diplomas, y por fin escaparon al jardín, donde se celebraría la fiesta.