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Aunque había practicado la firma en secreto varias veces en Lowndes Square, aún vaciló antes de escribir las palabras «Daphne Wiltshire».

Marido y mujer salieron de la iglesia acompañados por un vigoroso repique de campanas y recorrieron las calles de Westminster bajo el brillante sol de la tarde. Llegaron a la amplia marquesina montada en el jardín de Vincent Square y empezaron a dar la bienvenida a sus invitados.

Daphne, empeñada en intercambiar una palabra con todos, casi se quedó sin probar el pastel de bodas. Justo después del primer bocado, la marquesa viuda se levantó y anunció que si no empezaban enseguida los discursos, perdería toda esperanza de zarpar con la última marea.

Algernon Fitzpatrick cantó las alabanzas de las damas de honor y brincó por el novio y la novia. Percy le respondió de una forma sorprendentemente ingeniosa y bien recibida. A continuación, Daphne se dirigió al 45 de Vincent Square, donde residía un tío lejano, para ponerse la indumentaria de viaje.

Las multitudes se precipitaron de nuevo para arrojar arroz y pétalos de rosas, mientras Hoskins esperaba para conducir a los recién casados a Southampton.

Media hora más tarde, Hoskins dejaba atrás Kew Gardens por la A30, mientras los invitados a la boda continuaban la fiesta sin la pareja.

– Bien, Percy Wiltshire, ahora estás atado a mí de por vida -dijo Daphne a su marido.

– Sospecho que todo fue tramado por nuestras madres incluso antes de conocernos -contestó Percy-. Qué tontería.

– ¿Tontería?

– Sí. Podría haber dado al traste con sus intrigas hace años, diciéndoles que no quería casarme con ninguna otra.

Daphne estaba pensando seriamente en la luna de miel por primera vez, cuando Hoskins detuvo el coche en el muelle, un par de horas antes de que los motores del Mauretania se pusieran en marcha. Procedió a descargar dos baúles del maletero del coche (otros catorce se habían enviado el día anterior) con la ayuda de varios mozos de cuerda. Daphne y Percy se encaminaron hacia la pasarela, donde les aguardaba el sobrecargo de la nave. Al adelantarse para recibir al marqués y a su esposa, alguien de la multitud gritó:

– ¡Buena suerte, señoría! Quisiera decir, en nombre de la señora y del mío propio, que la marquesa tiene un aspecto estupendo.

Ambos se volvieron y estallaron en carcajadas cuando vieron a Charlie y Becky, vestidos todavía de etiqueta, entre la muchedumbre.

El sobrecargo guió a los cuatro hacia el camarote Nelson, donde encontraron otra botella de champagne esperando ser abierta.

– ¿Cómo conseguisteis llegar antes que nosotros? -preguntó Daphne.

– Bien -contestó Charlie, con un fuerte acento de clase baja-, tal vez no tengamos un Rolls Royce, señora, pero nos las arreglamos para adelantar a Hoskins con nuestro utilitario por la otra parte de Winchester.

La sirena sonó tres veces, y el sobrecargo sugirió que los Trumper debían darse prisa en bajar del barco, pues imaginaba que no tenían la intención de acompañar a los Wiltshire a Nueva York.

– Hasta dentro de un año, más o menos -gritó Charlie, volviéndose para saludarles desde la pasarela.

– Para entonces, ya habremos dado la vuelta al mundo, cariño -confió Percy a su esposa.

Daphne agitó la mano.

– Sí, y sólo el cielo sabe qué habrán hecho esos dos cuando volvamos.

EL CORONEL HAMILTON

1920 -1922

Capítulo 16

Soy bastante bueno para las caras, así que cuando le vi pesando aquellas patatas supe al instante que le había reconocido. Después, recordé el letrero colgado sobre la puerta. Claro, el cabo Trumper. No, terminó de sargento, si no me acuerdo mal. ¿Cómo se llamaba su amigo, el que ganó la MM? Ah, sí, el soldado Prescott. La explicación de su muerte no resultó muy satisfactoria.

Cuando volví a casa para comer le dije a Elizabeth que había vuelto a ver al sargento Trumper, pero la mensahib no demostró demasiado interés hasta que le di las frutas y las verduras. Fue entonces cuando me preguntó dónde las había comprado.

– En la tienda de Trumper -le contesté.

Ella asintió con la cabeza, tomando nota del nombre y la dirección sin más explicaciones.

Al día siguiente ordené al secretario del regimiento que enviara dos invitaciones a Trumper para la cena y el baile anuales; después, me olvidé del tipo hasta que vi a los dos sentados en la mesa de los sargentos la noche del baile. Digo «los dos» porque Trumper iba acompañado de una muchacha muy atractiva. Yo no podía apartar mis ojos de ella. Sin embargo, Trumper pareció no hacer caso de ella en toda la noche, concediendo su atención a una joven cuyo nombre no conseguí recordar, y que había estado sentada en la mesa de autoridades, no muy lejos de mí. Cuando mi ayudante le preguntó a Elizabeth si quería bailar con él, no desaproveché la oportunidad, créanme. Atravesé como una exhalación la pista de baile, consciente de que la mitad del batallón no me quitaba el ojo de encima, me incliné ante la dama en cuestión y solicité que me concediera el honor. Descubrí que era la señorita Salmon, y que bailaba como la mujer de un oficial. Era brillante como un botón, y además alegre. No pude imaginar en qué estaba pensando Trumper, y así se lo habría dicho, pero no era asunto mío.

Cuando terminó la pieza presenté la señorita Salmon a Elizabeth, que pareció igualmente encantada. Más tarde, la mensahib me dijo que, según le habían informado, la chica estaba liada con el capitán Trentham de nuestro regimiento, ahora destinado en la India. Trentham, Trentham… Me acordé de un joven oficial del batallón que respondía a ese apellido (había ganado una MC en el Marne), pero había otra cosa relacionada con él que no logré recordar en aquel momento. Pobre chica, pensé, porque yo había sometido a Elizabeth a la misma prueba cuando me destinaron a Afganistán en 1882. Perdí un ojo por culpa de aquellos malditos afganos y, al tiempo, casi perdí a la única mujer que he amado en mi vida. En cualquier caso, es mal asunto casarse antes de llegar a capitán…, o después de llegar a mayor, para el caso.

No esperaba volver a tener noticias de Trumper ni de su bella invitada, hasta que, de improviso, la señorita Salmon me escribió unas líneas para preguntarme si ambos podían venir a verme por un asunto privado. Accedí a su petición, guiado sobre todo por la curiosidad, pues no se me ocurría qué podían querer de un viejo excéntrico como yo.

Llegaron a mi casita de Tregunter Road antes de que el reloj del abuelo terminara de dar las diez, y les hice pasar a la salita.

– ¿Qué desea de mí, sargento? -pregunté a Trumper.

No hizo el menor intento de responder, pues fue la señorita Salmon quien habló por los dos. Se lanzó sin más preámbulos, de la forma más convincente, a pedir que me uniera a su pequeña empresa y, aunque no tomé en consideración su propuesta, me interesó; su confianza en mí me conmovió y prometí que meditaría su ofrecimiento. Dije que les escribiría cuanto antes para comunicarles mi decisión.

Elizabeth se mostró de acuerdo conmigo, pero me aconsejó que inspeccionara un poco el terreno antes de decidirme.

Pasé cada día laborable de la semana siguiente merodeando por las cercanías de Chelsea Terrace, 147. Solía sentarme en el banco que había frente a la tienda, desde el cual, sin que me vieran, podía observar cómo llevaban el negocio. Elegí diferentes momentos del día para llevar a cabo mis observaciones, por motivos obvios. A veces, aparecía a primera hora de la mañana; en otras, a la hora de mayor actividad, e incluso a última hora de la tarde. En una ocasión, les vi cerrar la tienda, y descubrí al instante que el sargento Trumper no era amigo de mirar el reloj: el 147 era la última tienda en cerrar sus puertas al público. No me importa confesarles que tanto Trumper como la señorita Salmon me causaron una impresión muy favorable. Una extraña pareja, comenté a Elizabeth después de mi última visita.