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Semanas atrás, el conservador del Museo Imperial de Guerra me había invitado a ser miembro del consejo, pero, con franqueza, la oferta de Trumper era la única otra que había recibido desde que el año anterior había colgado las espuelas. Como el conservador evitó mencionar la remuneración, colegí que ésta no existía y, a juzgar por las actas del último consejo, que me habían enviado para echarles un vistazo, deduje que sus exigencias no me quitarían más de una hora a la semana.

Tras considerables exámenes de conciencia y bufidos alentadores de Elizabeth -a quien no hacía la menor gracia que me pasara todo el día rondando por casa-, envié una nota a la señorita Salmon, informándola de que yo era su hombre.

A la mañana siguiente descubrí con toda exactitud en qué me había dejado involucrar, cuando la dama en cuestión apareció en Tregunter Road para aleccionarme sobre mi primera misión. Era cojonuda, mucho mejor que cualquier oficial bajo mi mando, no les quepa la menor duda.

Becky (me dijo que dejara de llamarla «señorita Salmon», ahora que éramos «socios») me indicó que considerase nuestra primera visita a Child's de la calle Fleet como un «ensayo», porque el pez que en realidad quería pescar no estaría preparado hasta la semana siguiente. Sería entonces cuando nosotros «entraríamos a matar». Solía utilizar expresiones que para mí no tenían ni pies ni cabeza.

Les aseguro que sudé a mares aquella mañana de nuestra entrevista con el primer banco y que, para ser sincero, estuve a punto de escabullirme de primera línea antes de que dieran la orden de cargar. De no ser por aquellos dos jóvenes rostros expectantes que me esperaban fuera del banco, juro que habría renunciado a toda la campaña.

Bien, a pesar de mis temores, salimos del banco menos de una hora después, habiendo lanzado con gran éxito nuestro primer ataque. Puedo decir, con toda sinceridad, que no bajé la guardia. No es que pensara mucho en Hadlow, que me pareció de lo más extravagante, pero tampoco podría describir a los «Buffs» como una tropa de primera clase. Para más inri, el muy maldito no les había visto ni por el forro, lo cual siempre define a un sujeto, en mi opinión.

Desde aquel momento decidí vigilar de cerca las actividades de Trumper, e insistí en encontrarles semanalmente en el piso para estar al día de lo que ocurría. Hasta me sentí con ánimos para aconsejarles o alentarles de vez en cuando. A nadie le gusta cobrar por no hacer nada.

Ya desde el principio, todo parecía ir como una seda. De hecho, el balance trimestral fue impresionante. A finales de mayo de 1920, Trumper solicitó una entrevista en privado. Sabía que le había echado el ojo a otro establecimiento de Chelsea Terrace, y supuse que quería comentar el asunto conmigo.

Accedí a visitar a Trumper en su piso, pues nunca parecía estar cómodo cuando le invitaba a mi club o a Tregunter Road. Cuando llegué aquella noche le encontré muy alterado, y di por sentado que alguno de nuestros tres establecimientos le causaba preocupaciones, pero él me aseguró que ése no era el caso.

– Bien, adelante con ello, Trumper -dije.

– Para ser sincero, señor, me resulta un poco violento -contestó, de modo que me callé, confiando en que así se tranquilizaría y soltaría lo que llevaba dentro.

– Se trata de Becky, señor -dijo con brusquedad.

– Excelente muchacha.

– Sí, señor, estoy de acuerdo, pero me temo que está embarazada.

Confieso que la propia Becky me había dado la noticia unos días antes, pero yo le prometí no decir nada a nadie, incluyendo a Charlie. Fingí sorprenderme. Aunque soy consciente de que los tiempos han cambiado, sabía que Becky había sido educada con rectitud y que, en cualquier caso, nunca me había parecido esa clase de chica.

– Querrá usted saber quién es el padre, por supuesto -siguió Charlie.

– Había supuesto… -empecé, pero Charlie sacudió la cabeza al instante.

– No soy yo. Ojalá lo fuera. Entonces, podría casarme con ella y me ahorraría molestarle a usted con el problema.

– En tal caso, ¿quién es el culpable? -pregunté, fingiendo aún que no lo sabía.

– Guy Trentham, señor -dijo, tras un momento de vacilación.

– ¿El capitán Trentham? Está en la India, si no recuerdo mal.

– Eso es cierto, señor. Para empeorar las cosas, Becky no quiere informarle de lo ocurrido. Dice que arruinaría su carrera.

– Pero si no le dice la verdad, arruinará su vida -dije, irritado-. Al fin y al cabo, él lo averiguará tarde o temprano.

– Pero no por ella, ni por mí.

– ¿Está ocultándome algo que yo debiera saber, Trumper?

– No, señor.

Lo dijo con demasiada rapidez para resultar convincente.

– En ese caso, tendré que hacerme cargo yo del problema. Entretanto, siga ocupándose de las tiendas, pero cuando se haga del dominio público dígamelo, no quiero ir por ahí con cara de no saber nada.

Me levanté para marcharme.

– Todo el mundo lo sabrá dentro de poco -dijo Charlie.

Yo había dicho «tendré que hacerme cargo del problema» sin tener ni la menor idea de lo que iba a hacer, pero aquella noche hablé del problema con Elizabeth. Me aconsejó que charlara con Daphne, cuya información sería más amplia que la de Charlie. Sospeché que estaba en lo cierto.

Elizabeth y yo invitamos a Daphne dos días después a tomar el té en Tregunter Road, donde nos confirmó todo cuanto había dicho Charlie y colocó una o dos piezas más en el rompecabezas.

En opinión de Daphne, Trentham había sido el primer romance serio de Becky y sabía a ciencia cierta que no se había acostado con ningún otro hombre antes de conocerle, y sólo una vez con Trentham. Nos aseguró que éste no podía vanagloriarse de la misma reputación.

El resto de sus noticias no auguraban una solución sencilla al problema, pues no se podía confiar en que la madre de Guy le insistiera para que hiciera lo único decente respecto a Becky. Todo lo contrario, Daphne sabía que la mujer ya había preparado el terreno para lograr que nadie creyera responsable a Trentham.

– ¿Y el padre de Trentham? -pregunté-. ¿Cree que yo podría hablar con él? Estuvimos en el mismo regimiento, pero nunca en el mismo batallón.

– Es el único miembro de la familia al que aprecio -admitió Daphne-. Es diputado del Partido Liberal por Berkshire West.

– Por ahí podría abordarle. No comparto sus ideas políticas, pero no creo que eso le impida discernir la diferencia entre el bien y el mal.

Otra carta enviada con el membrete del club produjo una respuesta inmediata del mayor, invitándome a tomar una copa en Chester Square el lunes siguiente.

Llegué a las seis en punto y me guiaron hasta un saloncito donde fui recibido por una encantadora dama, que se presentó como señora Trentham. No respondía en absoluto a la descripción de Daphne; de hecho, era una mujer bastante atractiva. Se deshizo en excusas; por lo visto, su marido se había visto obligado a quedarse en la Cámara de los Comunes, siguiendo instrucciones de su partido. Esto significaba que no podía abandonar el palacio de Westminster so pena de muerte. Tomé una decisión instantánea (ahora sé que equivocada). El asunto no podía dilatarse más y debía comunicar mi mensaje al mayor por mediación de su esposa.

– La situación me resulta bastante embarazosa -empecé.

– Hable con toda libertad, coronel. Le aseguro que mi marido confía plenamente en mí. No tenemos secretos el uno para el otro.

– Bien, para ser franco con usted, señora Trentham, el asunto que deseo comentar se refiere a su hijo Guy.

– Entiendo.

– Y a su novia, la señorita Salmon.

– Ella no es, ni ha sido nunca, su novia -dijo la señora Trentham, en un tono desconocido hasta el momento para mí.

– Pero según tengo entendido…