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– ¿Mi hijo le hizo ciertas promesas a la señorita Salmon? Le aseguro, coronel, que no hay nada más alejado de la verdad.

Cogido por sorpresa, me sentí incapaz de pensar en una forma diplomática de comunicar a la dama el auténtico propósito que alentaba mi deseo de ver a su marido.

– Tanto si le hizo promesas como no, señora -me limité a decir-, creo que usted y su marido deberían saber que la señorita Salmon está embarazada.

– ¿Y qué tiene que ver eso con nosotros? -La señora Trentham me miró sin mostrar el menor temor en sus ojos.

– Que su hijo es, sin la menor duda, el padre.

– Sólo contamos con la palabra de esa chica, coronel.

– Es usted injusta, señora Trentham. Sé que la señorita Salmon es una muchacha decente y honrada. En cualquier caso, si no fue su hijo, ¿quién más pudo ser?

– Sólo el cielo lo sabe. Yo diría que un buen número de hombres, a juzgar por su reputación. Al fin y al cabo, su padre era un inmigrante.

– Y también el padre del rey, señora -le recordé-, pero él habría sabido cómo comportarse en una situación semejante.

– No sé a qué se refiere, coronel.

– Me refiero, señora, a que su hijo debe casarse con la señorita Salmon o, como mínimo, disponer los medios necesarios para que el niño reciba todo cuanto necesite.

– Por lo visto, debo aclararle una vez más, coronel, que esta lamentable situación no tiene nada que ver con mi hijo. Le aseguro que Guy dejó de salir con esa chica meses antes de zarpar hacia la India.

– Sé que ése no es el caso, señora, porque…

– ¿De veras, coronel? ¿Puedo saber qué papel juega usted en este asunto?

– La señorita Salmon y el señor Trumper son socios míos, nada más.

– Entiendo. Sospecho, pues, que no necesitará hacer muchas averiguaciones para descubrir quién es el auténtico padre.

– Eso es otra impertinencia, señora. La señorita Salmon es…

– Creo que no existen motivos para proseguir esta discusión, coronel -cortó la señora Trentham, levantándose de la silla-. Además -añadió, mientras se dirigía hacia la puerta, sin dignarse mirarme-, debo advertirle, coronel, que si vuelvo a escuchar esta calumnia en algún sitio, no vacilaré en ordenar a mis abogados que emprendan las acciones necesarias para defender la buena reputación de mi hijo.

La seguí hasta el vestíbulo, muy agitado, pero decidido a impedir que la cosa terminara allí. Ahora sabía que el mayor Trentham era mi última esperanza. Cuando la señora Trentham abrió la puerta para salir, le hablé con firmeza.

– ¿Debo suponer que relatará fielmente esta conversación a su esposo, señora?

– No suponga nada, coronel -fueron las últimas palabras que oí pronunciar a la señora Trentham antes de que me cerrara la puerta en la cara.

La última vez que una dama me trató de esta forma fue en Rangún, y debo añadir que la muchacha en cuestión tenía muchos motivos para sentirse ofendida.

Cuando repetí la conversación a Elizabeth, con la mayor fidelidad posible, mi esposa señaló, con su estilo claro y conciso, que sólo me quedaban tres alternativas. La primera era escribir al capitán Trentham, la segunda informar a su comandante en jefe de todo lo que yo sabía.

– ¿Y la tercera? -pregunté.

– No volver a hablar jamás del tema.

Medité sus palabras con gran detenimiento y escogí la segunda. Envié una nota a Ralph Forbes, un tipo de primera clase que me había sucedido como coronel. Seleccioné mis palabras con la mayor prudencia, consciente de que si la señora Trentham cumplía su amenaza de emprender acciones legales, el buen nombre del regimiento se vería perjudicado. Sin embargo, decidí al mismo tiempo cuidar de Becky como un padre, pues en estos momentos parecía empeñada en vivir a toda prisa. Preparaba sus exámenes al tiempo que trabajaba, sin recibir remuneración, como secretaria y contable de un modesto negocios próspero, mientras todo el mundo que pasaba por la calle ya debía saber a estas alturas que faltaban pocas semanas para que diera a luz.

A medida que pasaban las semanas, me preocupaba el hecho de que no sucediera nada en el frente de Trentham, a pesar de que Forbes me había contestado, asegurándome que había puesto en marcha una investigación. Interrogué a Daphne y Charlie sobre el particular, pero no parecían estar mejor informados que yo.

Daniel George nació a finales de aquel octubre. Me conmovió que Becky me invitara a ser padrino, junto con Bob Makins y Daphne. Aún me sentí más contento cuando Becky me comunicó que Charlie y ella iban a contraer matrimonio la semana siguiente.

Elizabeth y yo, además de Daphne, Percy, la señora Salmon, la señorita Roach y Bob Makins asistimos a la sencilla ceremonia civil en la oficina del Registro de Chelsea, seguida por una recepción en el piso de Charlie, sobre la tienda.

Empecé a pensar que todo marchaba a pedir de boca, pero Daphne me telefoneó unos meses después, solicitando una entrevista urgente conmigo. La llevé a comer al club, donde me enseñó la carta del capitán Trentham que había recibido aquella mañana. A medida que leía sus palabras, me di cuenta con pesar de que la señora Trentham debía haberse enterado de que yo había escrito una carta a Forbes. Debió advertirle de las consecuencias que acarrearía el litigio prometido, y tomar el asunto en sus manos. Creí que había llegado el momento de decirle a su hijo que no iba a salirse con la suya.

Dejé a mi invitada tomando café y me retiré a la sala de escribir. Empecé a escribir, con el auxilio de un enérgico coñac, una carta aún más enérgica, se lo puedo asegurar. Concluí que mi esfuerzo final abarcaba todos los puntos necesarios, del modo más diplomático y realista, dadas las circunstancias. Daphne me dio las gracias y prometió que enviaría la carta a Trentham sin cambiar ni una coma.

No volví a hablar con ella hasta que nos encontramos un mes después en la recepción ofrecida tras su boda, pero no era el momento más adecuado para sacar a colación el tema del capitán Trentham.

Cuando terminó la ceremonia me dirigí al jardín de Vincent Square, donde se iba a celebrar la recepción. Miré si la señora Trentham se encontraba presente, pues imaginaba que la habrían invitado. No tenía el menor deseo de sostener una segunda conversación con aquella dama en particular.

No obstante, me alegré de coincidir con Charlie y Becky en la amplia marquesina erigida especialmente para la ocasión. Nunca había visto a la chica tan radiante, y casi podría describir el aspecto de Charlie como elegante, con su levita, corbata gris y chistera. El magnífico reloj de cadena que colgaba de su chaleco resultó ser un regalo de boda de Becky, que había heredado de su padre, aunque el resto de la indumentaria, puntualizó Charlie, sería devuelto a «Hermanos Moss» a primera hora de la mañana.

– ¿No es hora ya, Charlie, de que te compres una levita? -insinué-, Al fin y al cabo, ocasiones como ésta se repetirán con frecuencia en el futuro.

– Desde luego que no -replicó-. Sería malgastar el dinero.

– ¿Puedo preguntar por qué? El costo de un…

– Porque tengo la intención de comprarme una sastrería. Le he echado el ojo encima al número 127 desde hace mucho tiempo, y el señor Sanderson me ha dicho que puede ponerse a la venta en cualquier momento.

No pude rebatir su lógica, aunque su siguiente pregunta me desconcertó por completo.

– ¿Ha oído hablar de Marshall Field, coronel?

– ¿Estaba en el regimiento? -pregunté, devanándome los sesos.

– No -sonrió Charlie-, Marshall Field son unos grandes almacenes de Chicago, donde se puede comprar de todo. Aún más, poseen seiscientos mil metros cuadrados de espacio para vender bajo un solo techo.

Jamás se me había ocurrido una idea tan atroz, pero no intenté detener la verborrea entusiasta del muchacho.

– El edificio ocupa toda una manzana -me informó-. ¿Se imagina unos almacenes que tengan veintiocho entradas? Según los anuncios se puede comprar de todo, desde un coche a una manzana, y tienen veinticuatro variedades de los dos. Han revolucionado el sistema de ventas en Estados Unidos, al convertirse en los primeros almacenes que dan facilidades de crédito. También afirman que te consiguen lo que no tienen en el plazo de una semana. El lema de Fields es: «Dar a la mujer todo lo que quiera».