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– ¿Insinúas que deberíamos adquirir Marshall Fields, a cambio de Chelsea Terrace, 147? -pregunté con ingenuidad.

– De momento no, coronel, pero si con el tiempo logro apoderarme de todas las tiendas de Chelsea Terrace, podríamos efectuar la misma operación en Londres, y hasta cambiar la primera línea de su anuncio habitual.

Sabía que me estaba exponiendo un proyecto, así que me limité a preguntarle qué decía la primera línea.

– «Los almacenes más grandes del mundo» -contestó Charlie.

– ¿Y tú qué piensas de todo esto? -pregunté, volviéndome hacia Becky.

– En el caso de Charlie -respondió-, debería ser el carretón más grande del mundo.

Capítulo 17

La primera asamblea general anual de «Trumper's» se celebró sobre la verdulería, en la sala de estar de Chelsea Terrace, 147. El coronel, Charlie y Becky tomaron asiento alrededor de una pequeña mesa de caballete, sin saber muy bien cómo empezar, hasta que el coronel abrió la sesión.

– Sé que sólo estamos los tres, pero aún así considero que esta asamblea debería conducirse de una manera profesional. -Charlie enarcó las cejas, pero no quiso interrumpir el discurso del coronel-. Me he tomado, pues, la libertad de confeccionar un orden del día, para no pasar por alto ningún tema importante. -El coronel pasó a sus socios una hoja de papel con cinco puntos escritos de su puño y letra-. A este fin, el primer punto del orden del día se titula «informe financiero», y empezaré pidiéndole a Becky que nos dé su punto de vista sobre nuestro actual estado de cuentas.

Becky había escrito su informe palabra por palabra, tras comprar el mes anterior dos gruesos libros encuadernados en piel, uno rojo y otro azul, en la papelería del 137. Se había levantado sólo unos minutos después de que Charlie se marchara a Covent Garden, para estar segura de que podría contestar a todas las preguntas que surgieran durante su primera asamblea. Abrió el libro rojo y empezó a leer poco a poco, refiriéndose en alguna ocasión al libro azul, igual de grande e impresionante. Llevaba la palabra «Cuentas» estampada en oro en la cubierta.

– A finales de 1921 contabilizamos un volumen de ventas entre las siete tiendas de mil trescientas once libras y cuatro chelines, con un beneficio de doscientas diecinueve libras y once chelines, el diecisiete por ciento de las ventas totales. Nuestra deuda actual con el banco se eleva a doscientas setenta y una libras, incluyendo la carga fiscal del año, pero el valor de las siete tiendas sigue reflejado en los libros como de mil doscientas noventa libras, el precio exacto que pagamos por ellas. Por lo tanto, no se refleja su valor actual en el mercado.

»He separado las cifras correspondientes a cada tienda para que las podáis examinar -dijo Becky, entregando las copias a Charlie y al coronel.

Ambos las examinaron con atención durante varios minutos antes de hablar.

– El colmado continúa siendo el número uno en ventas, según veo -dijo el coronel, recorriendo con su monóculo la columna de beneficios y pérdidas-. La ferretería se mantiene nivelada, y la sastrería se está comiendo nuestros beneficios.

– Sí -dijo Charlie-. Me metí en un buen vendaval cuando compré ésa.

– ¿Vendaval? -preguntó el coronel, perplejo.

– Berenjenal -dijo Becky, sin levantar la vista del libro.

– Me temo que sí -siguió Charlie-, Pagué un ojo de la cara por la propiedad, una barbaridad por las existencias y, para colmo, descubrí que el personal no servía de mucho. Sin embargo, las cosas han cambiado desde que su mayor Arnold llegó.

El coronel sonrió al saber que el fichaje de uno de sus antiguos oficiales se había saldado con éxito inmediato. Tom Arnold había vuelto a Savile Row nada más terminada la guerra, para descubrir que su antiguo puesto como subdirector de «Gieves y Hawkes» había sido ocupado por alguien desmovilizado unos meses antes que él. Se le intentó contentar con la categoría de empleado superior. No fue así. Cuando el coronel le ofreció la oportunidad de dirigir una tienda en Chelsea, Arnold no la desaprovechó.

– Debo decir -continuó Becky, examinando las cifras-, que la gente parece adoptar una actitud moral muy diferente en lo referente a pagar al sastre de la que aplica en otros ámbitos. Basta echar un vistazo a la columna de morosos.

– Estoy de acuerdo -dijo Charlie-, pero creo que la mejora no se hará notar hasta que el mayor Arnold logre sustituir a tres miembros, como mínimo, de la actual plantilla. No abrigo la esperanza de que alcance beneficios durante los próximos doce meses, aunque confío en que ganancias y pérdidas queden equilibradas hacia finales de 1923.

– Bien -dijo el coronel-. ¿Qué pasa con la ferretería? Veo que el 129 alcanzó unos beneficios decentes el año pasado. ¿Por qué han bajado tan en picado las cifras? Existe un descenso de sesenta libras sobre 1920, y se declaran pérdidas por primera vez.

– Me temo que la explicación es muy sencilla -indicó Becky-. Robaban el dinero.

– ¿Robaban?

– Temo que sí -contestó Charlie-. Becky empezó a darse cuenta en octubre del año pasado que la facturación semanal menguaba, un poco al principio y después en mayores cantidades.

– ¿Hemos descubierto quién es el culpable?

– Sí, resultó muy sencillo. Enviamos a Bob Makins cuando un empleado de la ferretería se hallaba de vacaciones, y enseguida descubrió al chorizo.

– Basta, Charlie -dijo Becky-. Lo siento, coronel, el ladrón.

– Resultó que el director, Reg Larkins, es adicto al juego -continuó Charlie-, y utilizaba nuestro dinero para cubrir sus deudas. Cuanto mayores eran, más necesitaba robar.

– Despediste a Larkins, por supuesto -dijo el coronel.

– El mismo día. Se puso un poco desagradable y trató de negar que hubiera robado ni un penique, pero no hemos vuelto a saber de él desde entonces, y en las últimas semanas hemos obtenido de nuevo pequeños beneficios. Sin embargo, continúo buscando un nuevo gerente, para que empiece lo antes posible. Le he echado el ojo a un joven que trabaja en «Cudsons», muy cerca de Charington Cross Road.

– Bien -aprobó el coronel-. Hasta ahí los problemas del último año, Charlie. Ahora, ya puedes asustarnos con tus planes para el futuro.

Charlie abrió el elegante maletín de piel que Becky le había regalado el 20 de enero y sacó el último informe de John D. Wood. Carraspeó teatralmente y Becky se llevó la mano a la boca para contener su risa.

– El señor Sanderson ha redactado un conciso informe sobre todas las propiedades de Chelsea Terrace.

– Por el cual nos ha cobrado veinte guineas, por cierto -dijo Becky, consultando el libro de cuentas.

– No me molesta, siempre que sea una buena inversión -terció el coronel.

– Ya lo ha sido -indicó Charlie. Les entregó copias del informe de Sanderson-. Como todos sabemos, hay treinta y seis tiendas en Chelsea Terrace, de las que ya poseemos siete. En opinión de Sanderson, otras cinco estarán disponibles a lo largo de los próximos doce meses. Sin embargo, como se encarga de subrayar, todos los tenderos de Chelsea Terrace conocen bien mis intenciones, y eso no contribuye precisamente a que los precios bajen.

– Imagino que debía suceder tarde o temprano.

– Estoy de acuerdo -dijo Charlie-, pero ha sucedido más pronto de lo que esperábamos. De hecho, Syd Wrexall, el presidente de la Asociación de Tiendas, está muy preocupado por nuestra causa.

– ¿Por qué el señor Wrexall en particular?

– Es el dueño de la taberna «El Mosquetero», en la otra esquina de Chelsea Terrace, y ha empezado a decir a sus clientes que mi objetivo a largo plazo es comprar todas las propiedades de la manzana y expulsar a los pequeños tenderos.