– Tiene razón -dijo Becky.
– Tal vez, pero no me esperaba que fundara una cooperativa con el único propósito de vigilarnos. Confiaba en que «El Mosquetero» pasara a mis manos a su debido tiempo, pero cuando se suscita el tema se limita a decir: «Tendrá que pasar sobre mi cadáver».
– Eso es un golpe para tus proyectos -dijo el coronel.
– De ningún modo -contestó Charlie-, Siempre hay un momento de crisis en la vida. El secreto consistirá en verlo venir y actuar con rapidez. En todo caso, significa que, a partir de ahora, tendré que pagar más de la cuenta cuando un tendero decida que ha llegado el momento de vender.
– Sospecho que no podemos hacer mucho al respecto -dijo el coronel.
– Excepto desenmascarar a los farsantes de vez en cuando.
– ¿Desenmascarar a los farsantes? No estoy seguro de haberte entendido.
– Bien, hace poco hemos recibido ofertas de dos tiendas interesadas en vender, pero las rechacé.
– ¿Por qué?
– Pues porque pedían precios ofensivos.
– ¿Han reconsiderado su oferta?
– Sí y no. Uno ya ha vuelto con una oferta mucho más realista, pero el otro sigue aferrándose al precio que pidió.
– ¿Quién sigue aferrándose?
– La licorería del número 101. De momento no hace falta precipitarse, pues Sanderson dice que el propietario ha estado mirando varias propiedades en Pimlico, y nos tendrá informados de cualquier progreso que se produzca en ese sentido. Entonces, cuando se haya comprometido, le haremos una oferta sensata.
– Bien por Sanderson. Por cierto, ¿de dónde sacas toda tu información? -preguntó el coronel.
– Del señor Bales, que trabaja en la agencia de noticias, y del propio Syd Wrexall.
– Si no recuerdo mal, dijiste que el señor Wrexall estaba en nuestra contra.
– Y lo está, pero sigue dando su opinión sobre cualquier cosa por el precio de una pinta, así que Bob Makins se ha convertido en uno de sus clientes habituales. Tengo una copia de lo que se dice en la Asociación de Tiendas antes que los mismos socios.
El coronel lanzó una carcajada.
– ¿Y los subastadores del número 1? ¿Aún los tenemos bajo vigilancia?
– Desde luego, coronel. El señor Fothergill, el propietario, sigue hundiéndose en deudas, un año malo tras otro. Se las arregla para mantener la cabeza fuera del agua, por los pelos, pero le vaticino que el año que viene, a más tardar el otro, se hundirá por completo. Nosotros estaremos esperando en el muelle, dispuestos a lanzarle un salvavidas. Sobre todo si, para entonces, Becky ya se siente preparada para marcharse de Sotheby's.
– Estoy aprendiendo mucho -confesó Becky-, Me gustaría continuar hasta que sea posible. He pasado un año en Maestros Clásicos, y ahora intento trasladarme al departamento que ahora llaman Moderno o Impresionista. Como ve, creo que necesito acumular la mayor experiencia posible antes de que descubran mis intenciones. Asisto a todas las subastas que puedo, desde vajillas de plata a libros antiguos, pero preferiría que me concedierais más tiempo.
– Pero si Fothergill se hunde por tercera vez, tú eres nuestro bote salvavidas, Becky. ¿Y si la tienda se pone en venta?
– Supongo que podría encargarme de ella. Ya le he echado el ojo al hombre que podría ser nuestro director general, Simón Matthews. Lleva en Sotheby's doce años, y está harto de que le dejen de lado en los ascensos. También hay un aprendiz joven muy brillante, empleado desde hace tres años, que será el as de la próxima generación de subastadores, en mi opinión. Sólo es dos años más joven que el hijo del presidente, así que se sentiría muy feliz de trabajar para nosotros si le hiciéramos una oferta atractiva.
– Por otra parte, nos va muy bien que Becky se quede al menos un año más en Sotheby's -indicó Charlie-, porque el señor Sanderson ha puesto de relieve un problema con el que deberemos enfrentarnos en un futuro no muy lejano.
– ¿O sea? -dijo el coronel.
– Sanderson señala en la página nueve de su informe que los números del veinticinco al noventa y nueve, un bloque de treinta y siete pisos en plena Chelsea Terrace, uno de los cuales compartieron Daphne y Becky hasta hace un par de años, se pondrán a la venta dentro de algún tiempo. Los administra una institución de caridad que no está satisfecha con lo que reciben a cambio de su inversión, y Sanderson opina que se van a desembarazar de ellos. Si recordamos nuestro plan a largo plazo, sería prudente comprar el bloque lo antes posible, en lugar de esperar más años, porque deberíamos pagar un precio más alto o, en el peor de los casos, quedarnos sin nada.
– Treinta y siete pisos -dijo el coronel-, ¿Qué precio global calcula Sanderson?
– Cree que rondaría las dos mil libras. Sólo rinden un beneficio de doscientas diez libras al año, y si tenemos en cuenta las reparaciones y el mantenimiento, es posible que ese beneficio se desvanezca. Si la propiedad sale a la venta, y podemos adquirirla, Sanderson también recomienda que fijemos alquileres por un máximo de diez años, y tratemos de llenar las casas vacías con personal de embajadas o visitantes extranjeros, que nunca protestan por tener que marcharse inopinadamente.
– De modo que los beneficios de las tiendas servirían para pagar las casas -dijo Becky.
– Me temo que sí -contestó Charlie-, pero con un poco de suerte sólo ocurriría durante dos años. En cualquier caso, el trato tardará en cerrarse, si los miembros de la junta de caridad se meten por medio.
– De todos modos, una exigencia a nuestros recursos como ésta puede requerir otro almuerzo con Hadlow -dijo el coronel-. En fin, ya veo que, si necesitamos apoderarnos de esas casas, me quedan pocas alternativas. -El coronel hizo una pausa-. Para ser justo con Hadlow, también ha aportado un par de ideas interesantes, merecedoras de nuestra consideración. Por tanto, constituyen el punto siguiente de mi orden del día.
Becky dejó de escribir y levantó la vista.
– Empezaré diciendo que Hadlow está muy satisfecho con las cifras de nuestros dos primeros años, pero abriga la fuerte convicción de que, por razones fiscales, deberíamos dejar de ser una sociedad y fundar una empresa.
– ¿Por qué? -preguntó Charlie-, ¿Qué ventajas nos reportaría?
– Es por la nueva ley de presupuestos que se acaba de presentar en la Cámara de los Comunes -explicó Becky-, El cambio en las leyes fiscales podría redundar en nuestro beneficio, porque en este momento funcionamos como siete negocios diferentes, gravados con los impuestos correspondientes, mientras que si fundiésemos nuestras tiendas en una sola empresa podríamos enfrentar las pérdidas de, digamos, la sastrería y la ferretería a las ganancias del colmado y la carnicería, reduciendo así la carga fiscal. Sería especialmente beneficioso en un mal año.
– Me parece sensato -admitió Charlie-. ¿Por qué no lo hacemos?
– Bueno, no es tan sencillo -dijo el coronel, aplicándose el monóculo al ojo bueno-. Para empezar, si nos convertimos en una empresa, el señor Hadlow aconseja que contratemos directores nuevos para cubrir aquellas áreas en las que tenemos poca o ninguna experiencia profesional.
– ¿Por qué quiere Hadlow que hagamos eso? -preguntó Charlie con aspereza-. Nunca hemos necesitado intrusos en nuestro negocio.
– Porque estamos creciendo con mucha rapidez, Charlie. En el futuro, es posible que necesitemos a gente con la experiencia de la que nosotros carecemos para que nos aconseje. La compra de los inmuebles es un buen ejemplo.
– Para eso tenemos al señor Sanderson.
– Y tal vez sentiría una mayor responsabilidad hacia nuestra causa si estuviera a bordo. -Charlie frunció el ceño-. Entiendo tu postura -continuó el coronel-. Es tu empresa, y crees que no necesitas a extraños que te digan cómo administrar «Trumper's». Bien, aunque fundemos una empresa seguirá siendo tuya, porque todas las acciones irían a tu nombre y al de Becky, y todas las propiedades continuarían bajo vuestro control. Sin embargo, contarías con la ventaja de pedir consejo a directores no ejecutivos.