El sobre llevaba matasellos de Delhi. Lo abrió, nervioso. Daphne repetía lo mucho que estaba disfrutando su viaje, pero eliminaba cualquier mención a su problema de peso. Seguía diciendo que tenía nuevas e inquietantes noticias sobre Guy Trentham. Por lo visto, mientras se hallaban alojados en Poona, Percy se topó con él una noche en el club de oficiales, vestido de civil. Había adelgazado tanto que casi no le reconoció. Le dijo que se había visto obligado a presentar la renuncia y que sólo había un culpable de su ruina. Un cabo que había sembrado mentiras sobre él en el pasado. Un hombre al que complacía asociarse con delincuentes y que había llegado a robarle. En cuanto volviera a Inglaterra, Trentham tenía la intención de…
El timbre de la puerta sonó.
– ¿Puedes abrir, Danvers? -dijo Elizabeth, inclinándose sobre la balaustrada-. Estoy arriba arreglando las flores.
El coronel se hallaba todavía presa de rabia cuando abrió la puerta y encontró a Charlie y Becky esperando.
– Champagne, coronel -tuvo que decir Becky, al observar su aspecto sorprendido-, ¿O ya se ha olvidado de mi estado físico?
– Ah, sí, lo siento. Estaba distraído. -El coronel hundió la carta de Daphne en el bolsillo de la chaqueta-. El champagne ya debe estar a la temperatura perfecta -añadió, acompañando a sus invitados a la sala de estar.
– Acaban de llegar dos Trumper y medio -ladró a su esposa.
Capítulo 18
Al coronel siempre le divertía ver a Charlie pasar tanto tiempo corriendo de tienda en tienda, intentando vigilar a todo su personal mientras trataba de concentrar sus energías en cualquier establecimiento que no rindiera beneficios. Fueran cuales fuesen los variados problemas a los que hacía frente, el coronel sabía muy bien que Charlie no podía resistir la tentación de atender en la verdulería, la niña de sus ojos. Sin chaqueta, las mangas subidas y su peor acento de clase baja, Charlie, con el permiso de Bob Makins, fingía una hora al día que volvía a estar en la esquina de la calle Whitechapel Road, vendiendo en el carretón de su abuelo.
– Un cuarto de tomates, unas cuantas judías y el habitual medio kilo de zanahorias, señora Symonds, si no recuerdo mal.
– Muchas gracias, señor Trumper. ¿Cómo está la señora Trumper?
– Mejor que nunca.
– ¿Para cuándo espera el bebé?
– Para dentro de tres meses, según el médico.
– Ya no se le ve mucho por la tienda últimamente.
– Sólo cuando acuden las dientas importantes, cielo. Al fin y al cabo, usted fue una de las primeras.
– Ya lo creo. ¿Ya ha cerrado el trato de los inmuebles, señor Trumper?
Charlie se quedó mirando a la señora Symonds mientras le entregaba el cambio, incapaz de disimular su sorpresa.
– ¿Los inmuebles?
– Sí, señor Trumper, ya sabe: los números del 25 al 99.
– ¿Por qué lo pregunta, señora Symonds?
– Porque no es usted la única persona interesada en ellos.
– ¿Cómo lo sabe?
– Lo sé porque vi al agente de Savill's esperando a un cliente delante del edificio el domingo pasado por la mañana.
Charlie recordó entonces que los Symonds vivían en una casa situada al otro lado de la avenida, enfrente de la entrada principal a los pisos.
– ¿Y lo reconoció?
– No. Vi que se detenía un coche, pero mi marido consideró que su desayuno era más importante que mi curiosidad, y no vi quién salía.
Charlie continuó mirando a la señora Symonds mientras ésta cogía su bolsa, se despedía con un alegre gesto y salía de la tienda.
A pesar de la revelación de la señora Symonds y los esfuerzos de Syd Wrexall por pararle los pies, Charlie siguió planeando su próxima adquisición. Gracias a la diligencia del mayor Arnold, los conocimientos del señor Sanderson y los préstamos del señor Hadlow, Charlie se aseguró la propiedad de otra tienda (número 38, prendas de mujer) a finales de julio. Durante la siguiente asamblea de la junta que se celebró en agosto, Becky recomendó que el mayor Arnold fuera ascendido a director gerente suplente de la empresa, con el encargo de vigilar todo cuanto sucediera en Chelsea Terrace.
Charlie necesitaba con desesperación desde hacía tiempo un par de ojos y oídos suplementarios, y como Becky seguía trabajando todo el día en Sotheby's, Arnold cumplió su cometido a la perfección. Al coronel le complació solicitar a Becky que constara en el acta el nombramiento del mayor. La asamblea mensual continuó sin problemas hasta que el coronel preguntó:
– ¿Algún otro tema?
– Sí -dijo Charlie-. ¿Qué pasa con los pisos?
– Hice una oferta de dos mil libras, tal como se me había indicado -dijo Sanderson-, Savill's dijo que recomendaría a sus clientes aceptar la oferta, pero hasta el momento no he podido cerrar el trato.
– ¿Por qué? -preguntó Charlie.
– Porque Savill's me ha telefoneado esta mañana para informarme de que han recibido otra oferta mucho más generosa de lo que esperaban por esta propiedad. Me dijeron que llamara la atención de esta asamblea acerca del tema.
– Hicieron bien -dijo Charlie-, ¿A cuánto asciende esta otra oferta? Eso es lo que quiero saber.
– Dos mil quinientas -dijo Sanderson.
Pasaron varios segundos antes de que alguien volviera a hablar.
– ¿Cómo demonios esperan obtener beneficios con tal inversión? -preguntó por fin Hadlow.
– Es imposible -señaló Sanderson.
– Ofrézcales tres mil libras.
– ¿Qué has dicho? -preguntó el presidente.
Todos se volvieron para mirar a Charlie.
– Ofrézcales tres mil -repitió Charlie.
– Pero Charlie, estuvimos de acuerdo hace unas semanas en que dos mil eran más que suficientes -indicó Becky-. ¿Cómo es posible que los pisos se hayan revalorizado de repente en un treinta y tres por ciento?
– Valen lo que alguien quiera pagar por ellos -replicó Charlie-. De modo que no nos queda elección.
– Pero señor Trumper… -empezó Hadlow.
– Si llegamos a ser dueños de toda la manzana, pero se nos escapan esos pisos, todos mis esfuerzos se irán al carajo. No quiero correr ese riesgo por tres mil libras o, tal como lo veo yo, quinientas.
– Sí, pero ¿podemos permitirnos ese desembolso en este preciso momento? -preguntó el coronel.
– Siete tiendas rinden beneficios ya -dijo Becky, examinando su inventario-. Dos se mantienen igualadas y sólo una sufre pérdidas importantes.
– Entonces, hemos de tener la valentía de seguir adelante -dijo Charlie-. Compremos los pisos, derrumbémoslos y construyamos inedia docena de tiendas en su lugar. Obtendremos beneficios antes de que alguien pueda decir «Bob es tu tío».
Sanderson les concedió unos momentos para asimilar la estrategia de Charlie.
– Bien, ¿cuáles son las instrucciones de la junta? -preguntó.
– Propongo que ofrezcamos tres mil libras -dijo el coronel-, Como ha señalado el director gerente, hemos de planear a largo plazo, siempre que el banco se sienta dispuesto a respaldarnos. ¿Señor Hadlow?
– A duras penas pueden permitirse ese desembolso en el momento actual -dijo el director del banco, examinando las cifras-. Estiraría su crédito hasta el límite máximo, lo cual significa que no podrán comprar más tiendas en el futuro.
– No nos queda otra elección -dijo Charlie, mirando a Sanderson-. Hay alguien que va detrás de esos pisos, y no podemos permitir que ningún rival nos los arrebate.
– Bien, si ésas son las instrucciones de la junta, intentaré cerrar el trato hoy por tres mil libras.
– Creo que eso es, precisamente, lo que la junta desea que haga -confirmó el presidente, paseando la mirada alrededor de la mesa-. Bien, si no hay más temas, declaro concluida la asamblea.