Una vez terminado el encuentro, el coronel se llevó a Sanderson y Hadlow a un lado.
– No me gusta ni un pelo este asunto de los pisos. Una oferta salida de la nada exige una explicación más detallada.
– Estoy de acuerdo -dijo Sanderson-, Mi instinto me dice que Syd Wrexall y su asociación de tiendas tratan de impedir que Charlie se apodere de toda la manzana antes de que sea demasiado tarde.
– No -dijo Charlie, que se había acercado a ellos-. No puede ser Syd, porque no tiene coche -añadió, en tono misterioso-. En cualquier caso, el límite de Wrexall y su pandilla no llega a las dos mil quinientas libras.
– Por lo tanto, usted cree que se trata de un comprador de fuera -dijo Hadlow-, que cuenta con planes propios para explotar Chelsea Terrace.
– Lo más probable es que se trate de un inversor con ganas de aguantar hasta que le paguemos un dineral por ello -argumentó Sanderson.
– No sé quién o qué se esconde detrás de todo ello -dijo Charlie-. Lo único que sé es que debemos pujar más alto.
– Estoy de acuerdo -dijo el coronel-. Sanderson, en cuanto cierre el trato hágamelo saber. He de irme. Voy a comer en el club con una dama muy especial.
– ¿La conocemos? -inquirió Charlie.
– Daphne Wiltshire.
– Dele un abrazo de mi parte -dijo Becky-, Dígale que los dos la esperamos a cenar el próximo miércoles.
El coronel saludó con el sombrero a Becky y se marchó. Dejó a sus cuatro colegas enfrascados en la discusión de sus diferentes teorías sobre quién podía estar interesado en los pisos.
El coronel sólo pudo tomar un whisky antes de encontrarse con Daphne en el reservado para señoras, pues la asamblea de la junta había terminado más tarde de lo que sospechaba. Había engordado un poco, pero estaba tan hermosa como siempre.
El coronel pidió un gin tonic para su invitada. Después, charlaron sobre la alegría de Estados Unidos y el calor de África, aunque él estaba seguro de que Daphne deseaba hablar sobre un continente muy distinto.
– ¿Cómo va la India? -preguntó el coronel.
– Bastante mal, me temo -dijo Daphne, haciendo una pausa para beber su gin-tonic-. Fatal, para ser exacta.
– Qué curioso, los nativos siempre me parecieron muy cordiales -comentó el coronel.
– El problema no reside en los nativos -replicó Daphne.
– ¿Trentham?
– Eso me temo.
– ¿No recibió tu carta?
– Oh, sí, pero los acontecimientos la superaron, coronel. Ahora, me arrepiento de no haber seguido su consejo y escrito la carta al pie de la letra, advirtiéndole de que, si me lo preguntaban, diría toda la verdad sobre Daniel.
– ¿Por qué? ¿Qué le ha hecho cambiar de opinión?
Daphne vació su vaso de un solo trago.
– Perdone, coronel, pero lo necesitaba. Bien, lo primero que nos dijo Ralph Forbes, el coronel del regimiento, cuando llegamos a Poona, fue que Trentham había presentado la dimisión.
– Sí, lo mencionabas en tu carta -exclamó el coronel. Dejó sobre la mesa el cuchillo y el tenedor y meditó sobre esta información-, Pero lo que quiero saber es por qué.
– Percy descubrió que hubo algún problema con la mujer de su ayudante, pero nadie deseaba entrar en detalles. Es un tema tabú, de esos en los que nadie quiere entremeterse.
– Maldito bastardo. Si pudiera…
– Estoy absolutamente de acuerdo con usted, coronel, pero le advierto que aún queda lo peor.
El coronel ordenó otro gin tonic para su invitada y un whisky para él, antes de que Daphne continuara.
– Al llegar a Ashurst el pasado fin de semana, el mayor Trentham me enseñó una carta que Guy había enviado a su madre, explicando los motivos por los que se había visto obligado a presentar su dimisión de los Fusileros. Afirmaba que la culpa era de usted, porque había escrito al coronel Forbes informándole de que él era el responsable de haber dejado embarazada a «ese pendón de Whitechapel». Reproduzco la frase exacta de su carta.
La rabia tiñó de púrpura las mejillas del coronel.
– Mientras tanto, el tiempo ha demostrado que Trentham era el padre del niño. En cualquier caso, ésa es la historia que Trentham va pregonando por todas partes.
– ¿Es que ese hombre carece de moral?
– En efecto, por lo que parece. La carta continuaba insinuando que Charlie Trumper le había comprado a usted para que mantuviera la boca cerrada. «Treinta monedas de plata» era la expresión exacta que utilizaba.
– Merece ser azotado.
– Hasta el mayor Trentham le daría la razón. Sin embargo, la persona que me preocupa más no es usted o Becky, sino Charlie.
– ¿Qué quiere decir?
– Antes de que partiéramos de la India, Trentham advirtió a Percy, cuando estaban solos en el club Overseas, que Charlie lo lamentaría durante el resto de su vida.
– ¿Y por qué le echa las culpas a Charlie?
– Percy le hizo la misma pregunta. La respuesta fue que Trumper le había informado a usted para saldar una vieja cuenta.
– Pero eso no es cierto.
– Percy también se lo dijo, pero no le escuchó.
– En cualquier caso, ¿qué quería decir con lo de «saldar una vieja cuenta»?
– Ni idea; excepto que aquella noche, Guy no paró de hacerme preguntas sobre un cuadro de la Virgen y el Niño.
– ¿No será el que está en la sala de estar de Charlie?
– Sí. Y cuando, por fin, admití que lo había visto, cambió de tema bruscamente.
– Ese hombre se ha vuelto completamente loco.
– Lo mismo me pareció a mí.
– Bien, menos mal que no puede salir de la India; aún tenemos tiempo para pensar en lo que debemos hacer.
– Me temo que no nos queda mucho tiempo -dijo Daphne.
– ¿Por qué?
– El mayor Trentham me dijo que Guy volverá el mes que viene.
Después de almorzar con Daphne, el coronel volvió a Tregunter Road. Seguía encolerizado cuando el mayordomo le abrió la puerta, pero aún no sabía qué debía hacer. El mayordomo le comunicó que un tal señor Sanderson le esperaba en el estudio.
– ¿Sanderson? ¿Qué querrá ahora? -masculló el coronel, antes de entrar en el estudio.
– Buenas tardes, señor presidente -dijo Sanderson, levantándose de la silla del coronel-. Me dijo que le informara en cuanto tuviera noticias sobre los pisos.
– Ah, sí. ¿Ha cerrado el trato?
– No, señor. Hice una oferta de tres mil libras a Savill's, tal como me habían indicado, pero me llamaron una hora después para decirme que la otra parte había ofrecido cuatro mil libras.
– Cuatro mil -repitió el coronel, incrédulo-. Pero ¿quién…?
– Dije que no podíamos igualar esa cantidad, y hasta pregunté con toda discreción quién era el cliente. Me informaron que la identidad de su cliente no era ningún secreto. Pensé que debía comunicárselo de inmediato, señor presidente, porque el nombre de Gerald Trentham carece de significado para mí.
CHARLIE
1919-1926
Capítulo 19
Sentado a solas en aquel banco de Chelsea Terrace, mirando la tienda que llevaba el apellido «Trumper» pintado en el toldo, un millar de preguntas cruzaron su mente. Después, vi a Rebecca Salmon; para ser preciso, pensé que debía ser Becky, por si se había transformado en una hermosa joven. ¿Qué había sido de aquel pecho plano, de aquellas piernas larguiruchas, por no mencionar el rostro martirizado por el acné? Habría dudado, de no ser por aquellos ojos pardos relampagueantes.
Entró sin vacilar en la tienda y habló con el hombre que actuaba como si fuera el director, le vi menear la cabeza; ella se volvió a continuación hacia las dos chicas situadas detrás del mostrador, que reaccionaron de la misma forma. Becky se encogió de hombros, antes de inclinarse sobre la caja, sacar la gaveta y examinar los ingresos del día.